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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Al menos, el teléfono o el comentario

José García Pérez
miércoles, 30 de septiembre de 2015, 22:19 h (CET)
Uno, que con seguridad es consciente de que no es tonto del todo, es sabedor que con idéntica medida a la tuya serás medido por los demás, lo que quiere decir, más o menos, que si tú no correspondes a los demás no esperes ser correspondido por ellos, ya que con la misma medida que tú ejerzas con el otro, serás medido por el mismo.

Pero resulta que uno, por aquello de la miserable edad con la que es medido, sabe de esta ley de la selva humana que dice e incrusta en su código que si no se es generoso en el halago al otro u otra no debes esperar nada a cambio, a excepción de Dely o algún fenómeno extraterrestre como es ella.

Viene esto a cuento por el tiempo incalculable que transcurre sin recibir una llamada telefónica de alguien que no sea de aquellos por los que transita la misma sangre, que bien pueden ser hija, hermana , algún mensaje de nietas y poco más, que viene a decir que la familia, o sea, los lazos de sangre es lo que consigue que no nos sintamos, me sienta, solos en esta selva, incluido un servidor.

Nunca sabrán ustedes, queridos lectores, lo que echo de menos aquellas llamadas de mi amigo Paco Basallote en las que hablábamos por conversar de sus cosas y las mías, y nos sentíamos testigos y protagonistas de pequeñas historias que nos hacían creer que éramos personas, y lo éramos, con nuestros problemas y afectos.

Ahora el teléfono es el testigo mudo de la soledad que embarga algunas vidas, desde luego que la mía, que han pasado al olvido para otros que consideran, o han considerado -tal vez un servidor también-, que cada uno tiene lo que se merece al tiempo que, por parecer o intentarlo, creen los otros y otras que uno es más fuerte que el resto.

Es entonces cuando se llora en soledad, porque llorar en público es algo así como claudicar ante la selva, pero no importa que se crea tamaña tontería porque sería señal de cierta sumisión al poder de una soberbia muy mal entendida.

Voy pues a realizar un último intento por ser persona normal, o sea: con capacidad de reconocer que con la misma medida que tú definas a los demás, serás definido.

No es malo sentirse solo, sino que lo realmente maldito es que lleven razón en que eso es lo uno se merece; pero no, porque uno es una bocana abierta a la mar donde recibe y da el aliento de la universalidad, y no el severo castigo de la mendacidad de un retorcido mundo de homenajes mutuos.

Ea, hoy he escrito de la vida, de política lo hice ayer.
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