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Etiquetas:   Internacional   Sahara   -   Sección:   Opinión

Sáhara Occidental como infructuosa campaña contra Marruecos

El problema del Sáhara Occidental lleva cuatro décadas siendo instrumentado para una falaz, grotesca e infructuosa campaña contra Marruecos
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
miércoles, 30 de septiembre de 2015, 06:07 h (CET)
Cuando a principios del año 2014 me dispuse a viajar para participar de la feria del libro de Casablanca, la más importante del África, me sorprendieron los prejuicios de mucha gente con respecto a Marruecos. Debo decir que tras permanecer por varias semanas en aquel país, constaté que esas habladurías eran absolutamente infundadas.

A pesar de que Sudamérica no es un paraíso de la justicia social, muchos viajeros de estas latitudes daban noticias de Marruecos que lo describían como un país inseguro para el turismo, un reino de la ilegalidad, un país sumido en el caos y la pobreza.

Sin embargo, apenas mi vuelo regular empezó a surcar el cielo marroquí, aún antes e desembarcar en el aeropuerto Mohamed V de Casablanca, pude advertir que en esas tierras reinaban la paz y la bonanza económica, así como la lealtad hacia las autoridades electas y la causa del Sáhara.

En Fez, una ciudad museo y corazón de Marruecos, vi gente tan evocadora como su ciudad. Aire contenido, personas pálidas. Delirio amoroso. Borrachera de música, reflejo de colores añiles, púrpuras y verdes apagados. Cármenes interiores, baños cerrados y jardines secretos. Ríos corriendo por las calles, casas que casi tropiezan por los techos, vías que suben en rampas, inverosímilmente estrechas, humedad que confiere pátina gris a las paredes de sus ensoñadoras callejuelas.

Corazones revueltos como las calles de la ciudad. Un abanico de pasajes abovedados con pequeñas puertas y ventanas con rejas pequeñas por fuera. Paredes desnudas, celosías tupidas. Pisos que salían sobre las cabezas y parecían colgar en el aire, todo en tinieblas, todo lleno de rincones.

El lujo y la comodidad estaban dentro, cada casa está edificada en un jardín.

Apenas pasado el zaguán, se goza de la delicia de las flores. Allí cualquier hombre común se sentiría un sultán de las Mil y Una noches. Techos de cedro oloroso, alfombras muy gordas y espesas, fuentecillas, perfumes mareantes de jazmines y rosas, bellas y amables mujeres, pebeteros que queman suaves inciensos, pastelillos de miel y almendra. Todo lujoso y dulzón. También asiento de la universidad más antigua del mundo, como guinda de la torta fundada por una mujer.

Sin equivocarse, los hermanos Jerome y Jean Tharaud, conocidos escritores franceses, han dicho que en Fez se conserva embalsamada en cedro toda la civilización de la Andalucía mora. Puertas increíbles hacia jardines secretos, mujeres misteriosas y sensuales que parecían salidas de los perturbadores cuentos eróticos de la literatura árabe, almenas medievales y terrazas que se chocaban en los techos maravillaron mis ojos.

En Volubilis, a pocas decenas de kilómetros, pude apreciar las Ruinas de un Imperio, y el pasado de una civilización. Al partir en dos la Tartesia agregaron los romanos el Norte de Marruecos al trozo tartesio, llamado desde entonces Bética..

A corta distancia de Volubilis conocí el epicentro espiritual de Marruecos, la ciudad santa de Moulay Idris, donde se encuentra su tumba sagrada. En los territorios aledaños se recoge el sonido y la huella del Marruecos indómito, el de los guerreros legendarios como el Rogui Bu Hamara o Abdelkrim.

El espíritu rebelde de un pueblo tan misterioso como indoblegable.

El pueblo que convirtió al Rif en el Vietnam de los españoles, y determinó con sus victorias militares sobre la orgullosa potencia colonial europea la caída de la monarquía.

Ya durante esa etapa histórica, interrumpida por la Primera Guerra Mundial y reanudada en 1919, los españoles pudieron comprobar en carne propia la complejidad del dilema marroquí, pues se enfrentaban a una población que ni en tiempos del Imperio Romano, ni en épocas de la mayor expansión islámica, habían sentido el peso de autoridad alguna y se mostraban reacios a acatarla.

Allí Abdelkrim dirigió un ejército que los españoles consideraban constituido por bárbaros zarrapastrosos, campesinos y bandoleros. Sin embargo, aquellos hombres enviaron a todo el grueso del moderno y orgulloso ejército colonial español diezmado y derrotado a Melilla.

En verdad era un ejército moderno pero de soldados miserables, reclutados en las levas forzadas entre los desposeídos de la Gran Málaga. La derrota tenía su lógica, si se considera que los invasores provenían de ciudades españolas que en su momento habían sido taifas musulmanas bajo imperio marroquí.

Tal vez ese antecedente explique el porqué, apenas nos adentramos a una emoción hispana fundamental y se encuentra a Marruecos en la puerta. Porque Marruecos es en lo geográfico, el cimiento y base de una alta construcción monumental que es la hispanidad.

En lo histórico, porque Marruecos es la raíz del árbol frondoso de la raza hispana, ya que el origen de la vida peninsular está en esos marroquíes a quienes se llamaba íberos. Y porque la misma nacionalidad española actual se edificó sobre la base del episodio conocido como España musulmana. Etapa no comprendida hasta que los sabios arabistas descubrieron que se trataba de una España genuina disfrazada con turbante. Que la España de los moros era un partido político-religioso-militar más que una invasión extranjera. Y que los constructores de la Alhambra eran abuelos de los españoles actuales y de los actuales marroquíes, no abuelos de los musulmanes que viven hoy en Oriente.

No pueden extrañar demasiado las chilabas y las babuchas, porque Marruecos es, simplemente, casi un museo vivo donde se pueden ver las casas, las ropas y los viejos usos de la España Medieval. Aquella patria vieja de los Omeyas amigos de los cristianos, y los reyes de la familia de San Fernando amigos de los musulmanes.

Marruecos fue para España aún más. Fue la llave del estrecho de Gibraltar; el camino de las Canarias, las colonias y la hispanidad americana; el camino a los mundos entrelazados de los árabes y el islam, y la obsesión de los imperialistas españoles.

Así lo entendieron los militares del sector denominado « los africanos » del ejército español, que se aferraron a esa insensata presencia colonial en África, y generaron un conflicto que ha servido por cuatro décadas solo para una campaña tan injusta como infructuosa contra Marruecos.
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