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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El poema de la esperanza en el espíritu humano

Víctor Corcoba
domingo, 27 de septiembre de 2015, 22:18 h (CET)
Nunca las noticias son diabólicas por sí mismas, puesto que al final se revelan por si solas. Es verdad que nos alegra más el alma recibir mensajes esperanzadores, pero tampoco hay que dejarse abatir por una realidad enlutada, fruto de un intelecto soberbio, desbordado por las guerras y los sufrimientos. Claro está, no podemos caer en la tentación de una cultura putrefacta, que todo lo confunde adrede, porque no hay mayor mentira que la verdad mal servida. Hoy más que nunca, ante estos entornos corruptos, precisamos reflexionar, escuchar mucho para entender más, y no dejarnos asustar por el dogma de los que dicen saberlo todo, poderlo todo, controlarlo todo, explotarlo todo en definitiva.

A los auténticos endiosados del poder, afanados en convertir el planeta en un mercado, son a los que debemos frenar con una actitud más combativa. Este camino no es para acomodarse, sino para amasar justicia y ofrecer futuro a las nuevas generaciones. Por eso, nos alegra que Naciones Unidas, como parte de la adopción de la nueva agenda de desarrollo para 2030, haya lanzado un aluvión de anhelos, entre ellos una ambiciosa campaña de salud mundial para combatir las muertes evitables de seres humanos, o que se subraye la importancia de la educación como un objetivo prioritario entre los moradores. Celebramos, pues, estas apuestas encaminadas a la erradicación de la pobreza, la superación de la desigualdad y la lucha contra el cambio climático. Ahora hay que hacerlas valer entre todos, entre toda la humanidad, sin oportunismos, y con la cautela de que nada se consigue de inmediato. Únicamente la constancia es el complemento indispensable para llevarlas a buen término. Pensemos en la gota de agua que cae sobre la roca, al final se desmorona totalmente.

Cualquier éxito no se logra de la noche a la mañana, hemos de persistir, ya no solo con un trabajo de perseverancia, también de método y de organización. Lo mismo que para conseguir que una lámpara esté siempre llameando, no debemos de dejar de ponerle carburante, también nosotros necesitamos energía para hacer visible, aquello con lo que nos hemos comprometido de palabra. Nuestra mayor fuerza, efectivamente, es mantener el coraje de la esperanza, para construir unidos un mundo más inclusivo y generoso. La generosidad es vital hasta para perdonarse uno mismo los tropiezos de la propia vida, máxime en un planeta cuajado de conflictos en triste expansión. Obviamente, hay que buscar formas nuevas para restablecer legitimidades internacionales, capaces de proteger, este clima de global desolación que soporta, al presente, todo el orbe.

En todo caso, hemos de vivir con alegría. No podemos ser pesimistas. Hemos de cultivar la esperanza de que estos ídolos pasajeros corrompidos, dejarán de gobernar el mundo más pronto que tarde, ya que al final los intereses mundanos destierran sus privativos andares. Desde luego, la responsabilidad de protegernos, de solidarizarnos, ante tantos falsos derechos es más que obligada, para acabar con esta tremenda deshumanización que nos desvirtúa como especie pensante. Una sociedad destructiva de sí misma no puede durar mucho tiempo. De ahí, la importancia, en este momento, de ser personas de acción responsable, justamente para que cesen todos estos abusos de los mundanos dioses. Por todo esto, resulta indispensable la unión y la unidad, sobre todo en cuanto a facilitar a toda la ciudadanía: un techo para descansar, un trabajo digno y debidamente remunerado, una alimentación adecuada y agua potable, así como un ambiente favorable, donde cada persona pueda cultivarse y crecer en auténtica libertad de raciocinio y discernimiento.

Todo espíritu humano precisa de este poema ilusionante, tanto para alentar sus habitaciones interiores, como para sustentarse en la esperanza de cohabitar en la misma naturaleza compasiva. Las nefastas consecuencias de una globalización seducida por la ambición de lucro y de poder, ha excluido sin escrúpulos, y con total abandono de los gobiernos, a personas que son tan necesarias como ese linaje de predilectos y mimados, que nos manejan a sus oportunos dictados. Hemos de empeñarnos por un mundo hermanado, sin armas, con la ética de la construcción como horizonte y con el brío de la estética como camino. Podemos entendernos. Nada es imposible. Con la esperanza como lenguaje, el fruto del sosiego se encarnará por todas las esquinas del hábitat, a poco que nos dejemos entusiasmar por una cultura comprensiva injertada en la poética de la naturaleza creada.

El futuro es de los valientes, de los que saben amar de corazón, de los que toman decisiones globales esperanzadoras, para que disminuyan el número de excluidos y marginados. Las loables labores de las organizaciones internacionales han de continuar perfeccionándose, en parte porque todas las obras humanas son imperfectas, pero también avanzando en ánimo de donarse, sin esperar otra recompensa que una conciencia tranquila, por haber contribuido con desvelo al bien colectivo. Al final lo que da sosiego es la hoja de servicios del alma, una hoja respetuosa con toda vida y su diversidad, activando lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano, sabiendo de que nada puede destruirnos salvo nosotros mismos. Para desgracia nuestra, en ocasiones, somos nuestro peor enemigo.

A propósito, decía Mahatma Gandhi, de que podían existir muchas causas por las cuales estaba dispuesto a morir, pero ninguna por la cual estuviese dispuesto a matar. Con justicia se celebra, motivado por el aniversario de su nacimiento, el día internacional de la no violencia (2 de octubre). A mi juicio, su referente es primordial para sembrar un mensaje armónico al mundo, capaz de generar conciencia pública. Su filosofía de vida fue un verdadero altar conciliador y reconciliador. Sirva como ejemplo, su advertencia, que perdurará en todo tiempo y época: "ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego". Cuánta razón en su verbo, y cuánta esperanza en su sentir. Su referencia nos ayuda a recapacitar sobre lo vivido y sobre aquello que nos queda por vivir. Para empezar aún no hemos aprendido las nuevas formas de vivir unos con otros y con el planeta. Podríamos continuar hablando sobre la marginación, motivada por la esperpéntica exclusión económica, que pasa inclusive del Estado social, y por ende, de la fraternidad humana. En consecuencia, hemos de poner de moda la concordia en todos los pueblos y naciones, aunque cada día tengamos menos líderes preparados para respaldarla.

Hay que exigir la paz, la libertad y la justicia, si en verdad queremos un planeta más habitable para todos. No se puede tolerar una situación en la que un solo hombre, mujer o niño, siga condenado a sufrir hambre en prósperas regiones, donde suele haber alimentos suficientes para todos y medios para acabar con la exclusión. Tampoco se puede soportar que buena parte de la población muera cada día en un clima de desesperación, mientras los privilegiados hacen bien poco por consolarlos. Pienso que es el momento, por tanto, de dejarnos sumergir por el océano del amor infinito, y tratar de pensar en los demás, sin encerrarse en el propio yo. Esta concepción de la vida unida, orientada hacia la comunidad, lo que hace es cohesionarnos para poder sobrevivir. También dicen que la historia se repite, pero lo cierto es que sus enseñanzas no las aprovechamos. Dejar de lado nuestras raíces y nuestro destino es como renegar de la vida, de una existencia poéticamente sociable, bajo el timbre de la convivencia. Por consiguiente, sociedad que no sabe pensar, o no le dejan o no quiere, difícilmente puede subsistir mucho tiempo. Es cosa de cada uno pensar en sí, pero a la vez en los semejantes. Los planes de estudio deberían reflexionar sobre todo esto; porque una humanidad divorciada, amén de aborregada, es una humanidad que se suicida.
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