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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Un niño afgano de 9 años intenta suicidarse en un campamento de Croacia

“Un cuerpo débil debilita al espíritu” J. J. Rouseau
Miguel Massanet
sábado, 26 de septiembre de 2015, 07:39 h (CET)
En ocasiones, señores, uno debe descabalgarse de su montura vital para notar el polvo debajo de las suelas de sus zapatos, advertir el aliento de los caminantes que transitan junto a él y comprobar que, en este mundo, a ras de suelo, existe un inframundo de miseria, dolor, desgracia, hambre y desesperación del que, subidos en nuestra cabalgadura de ciudadanos acomodados, somos incapaces de apercibirnos y, si lo hacemos, nuestra propia ceguera de personas “civilizadas” nos impide valorar el enorme drama que se esconde detrás de la indiferencia, el egoísmo y la maldad de la raza humana, incapaz de ver más allá de sus propias narices.

Es posible que, entre los adultos, entre personas dominadas por fanatismos religiosos absurdos o, sometidos por el instinto del poder, la destrucción y el asesinato; se hayan desarrollado deformaciones mentales que los hayan conducido a emprender guerras, a masacrar a inocentes o, en nombre de imaginarias deidades, a someter y esclavizar a todos aquellos que no se allanen a entrar a formar parte de sus creencias. La invasión que nos llega de Oriente, este cúmulo de cientos de miles de personas que intentan entrar en Europa utilizando, para ello, todos los medios, todos sus recursos y todos sus bienes; abandonando sus casas, sus ciudades, sus trabajos y familiares, para emprender una peregrinación de incierto resultado, en manos de traficantes, bandidos y explotadores que les roban, les engañan y, en ocasiones los conducen a la muerte como triste epílogo a tanto sufrimiento; no es más que la locura colectiva de unos locos trastornados.

Pero, junto a este peregrinaje de hombres y mujeres que huyen temerosos de quienes asaltan sus casas, violan a sus mujeres o asesinan a sus familiares, hay otros seres, seres inocentes, débiles e incapaces de entender que los hayan sacado de sus colegios, los hayan apartado de sus amigos y los hayan arrastrado a una ventura que los lleva a través de cientos de kilómetros a tierras extraña, a fronteras llenas de alambradas que los hieren o a reductos insalubres, sin agua ni lugares donde guarecerse y donde, conseguir un pedazo de pan para saciar el hambre puede significar el jugarse la vida o ser apaleado sin compasión. Estas caravanas de niños harapientos, de la mano de sus padres o caminando solos, siguiendo a la multitud hacia su incierto destino, habiendo dejado tras de sí los cadáveres de sus familiares, víctimas de la violencia y la brutalidad de las bandas asesinas a las que no les importa dejar huérfanos y, en ocasiones, sacrificar a niños y, todo ello, en nombre de un dios cruel y malvado que se alimenta de la sangre de aquellos que no se someten a su sádico dominio.

En el mejor de los casos a los que ha recogido, in extremis, un hermano mayor, un tío o un primo o, quizá, un vecino piadoso que se ha compadecido del destino de aquella pobre criatura, les espera un triste peregrinaje. Unos niños privados del amor de los suyos, desorientados e incapaces de comprender que haya personas que son capaces de matar por el gusto de hacerlo y que no tiene compasión de sus semejantes, a los que consideran, por el mero hecho de pertenecer a otra etnia o practicar otra religión, carne de horca. Niños que, cuando son internados, junto a los mayores, en campos de acogida, si es que se puede llamara así a unas explanadas sin ninguna vivienda, servicios sanitarios, evacuatorios o comedores para ser alimentados; en los que quienes los tienen retenidos, cuando se acuerdan de ellos, les entregan algunos mendrugos de pan y unas botellas de agua para que puedan seguir subsistiendo, aunque sea de forma precaria.

Intentan sobrevivir y reunirse en grupos para proporcionarse el calor de su mutua compañía y sentir el consuelo de no ser los únicos que van arrastrando su desgracia por los caminos de un mundo que se niega a reconocerlos como seres humanos y criaturas de este Dios, en nombre del cual, en un infame sacrilegio, los bárbaros se dedican a degollar a cuanta criatura se les pone delante. Y entre ellos, uno, un niño de edad indefinida, esta edad en la que un rapaz que lleva cientos de kilómetros a sus espaldas, pasando calamidades, huyendo de los que intentan alejarlos de las fronteras, sin poderse lavar ni comer adecuadamente, ya tiene la apariencia de un ser derrotado, con el rostro marcado por la desconfianza y el miedo y sus miembros desnutridos que, apenas, son capaces de mantenerlo de pie; un niño obligado a crecer a la fuerza y asumir su cuidado sin más ayuda que su voluntad de vivir y su instinto de supervivencia.

Este niño, sin más apoyo que un familiar, un tío que lo rescató de su casa cuando sus padres habían muerto, está reunido con otros compañeros en un lugar del campamento, en el que se permite que los niños, durante una hora, tengan unos momentos de solaz y puedan jugar entre ellos. Pero el niño, no se sabe su nombre y tampoco importa mucho porque, en definitiva, no es más que uno más de los miles que pululan en sus mismas circunstancias por aquellas cárceles naturales; no piensa en juegos, es probable que ni se de cuenta del juego de cartas con el que se entretienen sus amigos. Está absorto, mira sin ver y por su cabeza pasa la película de los últimos días de su existencia: su tío pasó a recogerles a él y su hermana para huir de la ciudad en la que habitaban. Se estremece, una vez más, ante el horror de recordar cuando, en la huida perdieron a su hermana y ya no la volvieron a saber nada de ella. Levanta la cabeza y mete su mano derecha en el bolsillo de su maltrecho pantalón. El roce hiriente del metal le lacera los dedos, pero él insiste en manosear aquel pedazo de hojalata afilada como si se tratara de un tesoro estimado. Tiene varias de ellas. Tapas de latas muy afiladas que fue recolectando intuitivamente.

Alguien, sin que él se de cuenta, un hombre que formaba parte del personal de la UNICEF del campo de internamiento, lo estaba mirando curioso. El niño va perdiendo la noción del tiempo mientras distraídamente dibuja en el suelo al tiempo que, con la otra mano, agarra con fuerza la tapa. Su mente va dando vueltas al mismo razonamiento. “Estoy solo, nadie se preocupa de mí, mi tío no puede ayudarme y sin mis padres y hermanos no voy a poder vivir. Sí, es mejor que me vaya a reunir con ellos, porque no puedo más y me siento incapaz de dar un paso más. Tengo miedo de lo que me espera. Sí, estoy decidido a acabar de una vez con este sufrimiento…” La mano que empuña la tapa afilada de la lata busca la garganta para sajársela. Una mano impide la acción suicida del muchacho. El vigilante de UNICEF le arrebataba el objeto cortante y lo cogía en brazos, mientras el niño, en pleno chock, gritaba desaforadamente: “¡quiero morir, quiero morir!

El psicólogo que lo atendió descubrió que: su madre había muerto, su padre había sido asesinado en Afganistán y que, cuando viajaba con su tío y su hermana, ésta desapareció por el camino. El niño y su tío ahora viajan hacia Alemania. ¿Cuántos niños en similares circunstancias habrán tenido su suerte y cuántos otros no habrán podido sobrevivir y habrán muerto, sin que nadie los haya reclamado? Europa es incapaz de solventar el problema en su origen, cuando los gobiernos de la UE se muestran tan pacatos a la hora de intervenir en Oriente Medio para acabar, de una vez, con la revolución del EI y se limitan a cubrir el expediente enviando aviones a bombardear posiciones, cuando es evidente y, en ello coinciden todos los expertos militares, que sin tropas de tierra nunca se va a acabar con esta invasión teocrática que, lo queramos reconocer o no, sigue avanzando, acosando ciudades y extendiéndose por Asia y África hasta que, cuando nos queramos dar cuenta, las tendremos a la vista de Almería; nos preguntamos ¿en qué mundo vivimos y quienes son los que nos gobiernan que son incapaces, aún sabiéndolo, de enfrentar el problema en toda su crudeza, limitándonos a ofrecer un asilo a unos desarraigados que, a la larga, y eso lo saben todos, va a ser imposible hacernos cargos de los millones que van a asediar Europa.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, observamos con espanto como se permite, por las naciones civilizadas, el vergonzoso e inhumano éxodo de miles de niños que se ven sometidos, a su temprana edad, a las mismas penalidades, sufrimientos, hambrunas y malos tratos que sus mayores, cuando, precisamente, están intentando huir de la barbarie de quienes los acosan en sus propios países. Una situación que, señores, ¡clama al cielo!
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