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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Encuestas? ¡Vale ya!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 20 de febrero de 2008, 01:00 h (CET)
Recuerdo cuando, en mis años mozos, se hablaba de la volubilidad de las mujeres para significar la facilidad de las féminas –por entonces todavía calificadas como el sexo débil, en contraposición al sexo fuerte que era, por antonomasia, el de los varones – para cambiar de opinión, especialmente en lo que hacía referencia a sus preferencias amorosas. Por entonces las mujeres todavía vestían con faldas por debajo de la rodilla y, si bien todo el mundo sabía que en casa quien ejercía el verdadero matriarcado eran ellas, de puertas para fuera el que partía el bacalao, el que presumía de su autoridad y el que tenía el derecho al voto era el pater familias. Esta supuesta volubilidad formaba parte del encanto del sexo débil y permitía utilizar el adjetivo de casquivana para calificar a la jovenzuela en la que aquella característica se pasaba de rosca. En ocasiones esta facilidad en cambiar de pareja acababa con un “tropiezo” que era cuando la pícara y voluble damisela caía en las garras de algún “Don Juan” poco precavido y la dejaba en estado de “buena esperanza” que, por lo que respeta a la doncella desflorada, se convertía en “estado de pesadilla” cuando su padre montaba en cólera y con un dedo acusador señalaba a la descarriada la dirección de la puerta del hogar familiar.

Y ustedes seguramente se preguntarán a qué viene este rollo preliminar. Pues señores a que, al parecer, esto de la volubilidad no es sólo algo del pasado, sino que hoy en día también existe y está de actualidad. Resulta que los ciudadanos españoles cuando entramos en periodo de “buena esperanza” –que por lo que se refiere al periodo electoral sería aquel espacio de tiempo en el que esperamos que se realice el milagro de que ganen los de nuestra misma vena política – parece que sufrimos los efectos de estos continuos y disparatados cambios de humor y entramos en un trance parecido al de la Bolsa que, en estos últimos meses, también ha dado muestras más que abundantes de su díscola y caprichosa forma de comportarse; lo que, vean por donde, en términos bursátiles se le llama “volatilidad”, supongo que para indicar de una forma gráfica la facilidad con la que nuestras inversiones se volatilizan y se convierten en aire. Si, señores, me temo que hemos entrado en un estro político donde los antojos de una posible maternidad ( no sabemos si blanca o roja) hace que seamos muy sensibles a los “antojos” de nuestro subconsciente y lo mismo nos de por un cóctel de Rajoy con pipermint que pasamos a un martíni rojo a lo ZP.

Y aquí entran e liza lo que se han venido en denominar como encuestas demoscópicas o lo que es lo mismo, sondeos de opinión. Hace ya mucho tiempo que algunos espabilados se dieron cuanta del negocio fácil y productivo de intentar adivinar los resultados de los comicios mediante encuestas realizadas a diversos ciudadanos, escogidos al azar, para sí adelantar con más o menos exactitud ( unos dicen que de un 5 a un diez por ciento) los resultados de la pugna electoral. Aquí se podría discutir sobre la muestra utilizada (a mayor muestra más fiabilidad); sobre los métodos empleados; sobre la fiabilidad de los encuestadores; la confianza que nos merezcan los procesadores de las encuestas y finalmente, el cariz y la tendencia política de aquel que da a conocer los datos recogidos. Particularmente estoy convencido que nada más se trata de un engaña bobos, especialmente influido por la línea política o ideario del medio que la encarga y, por supuesto, fácilmente manipulable para hacer resaltar aquellos puntos que más interesan y reducir a prácticamente invisibles aquellos que prefieren que no tengan publicidad.

Por si no estuviera bastante convencido de la utilización con fines partidistas de estas rimbombantes mediciones de la intención de voto, les voy a poner un ejemplo de la fiabilidad que les podemos dar a estos sondeos con los que nos obsequian, un día sí y otro también, los diversos medios de comunicación que, por supuesto, no son más que portavoces de aquellos a los que apoyan y están interesados en favorecer. Hace no más de dos días el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) dio a conocer una encuesta sobre intención de voto en la que se le daba al PSOE una mínima ventaja sobre el PP de 1’5 puntos, que otros medios fijaban en sólo un punto. Pues vean ustedes a lo que me refería al principio de esta exposición, los ciudadanos somos tan volubles, tan inseguros e impresionables, tan irresolutos e inconstantes que, en solo veinticuatro horas hemos dado un vuelco radical a nuestras preferencias electorales y ahora, según un importante rotativo barcelonés, resulta que la ventaja del PSOE ha pasado a ser ¡nada más y nada de menos que de 4 puntos; o sea 2’5 puntos más que la del CIS!, ¿quién se equivoca?

Ustedes seguramente se preguntarán, admirados, ¿a qué se debe este brusco cambio en la opinión de la ciudadanía?, ¿acaso se ha producido un hecho decisivo, como el famoso 11-M, para que el electorado se haya volcado hacia el PSOE? No, no, no se alarmen que todo tiene una sencilla explicación. Es que ZP ha comenzado a “dramatizar” y a “tensar”. El periódico en cuestión es uno de los que apoyan a ZP por aquello de que saben que van a sacarle una porra de millones de euros para Catalunya ¡la pela es la pela! Y, naturalmente, la encuesta está hecha a la medida para tensar a favor de ZP. Una encuesta tan categórica puede desanimar a los del PP y envalentonar a los del PSOE, que es lo mismo que intentar desestabilizar al electorado a favor del bando que se supone vencedor (un truco nada original, pero efectivo) ¿Cómo puede ser que ocurran cosas como esas? Porque para determinados partidos totalitarios esto de “tensionar” está a la orden del día y todo está permitido, hasta fabricar encuestas con tal de conseguir un nuevo mandato de cuatro años. Lo que ocurre es que se los ve venir y, por eso, no debemos dejarnos “tensionar”, sino mantenernos firmes en nuestras trincheras, sin dejarnos influir por los que nada más practican los trucos que ya utilizaron para ganar en febrero de 1936, donde se amañaron los resultados para dar por vencedor al Frente Popular. No caigamos en aquello de: “El pueblo quiere ser engañado, pues ¡qué se le engañe! Pero esta vez no lo vamos a consentir.

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