Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Margallo casi se come a besos a Oriol Junqueras

“No hay barranco sin atranco” Refranero castellano
Miguel Massanet
viernes, 25 de septiembre de 2015, 06:35 h (CET)
Muchos nos tememos que la idea de este cara a cara entre el ministro de Asuntos Exteriores de España, señor Margallo, y el líder de ERC que, a la vez, forma parte de esta lista electoral de “Tots pel sí”, un recopilatorio de personajes del amplio abanico de partidos nacionalistas independentistas, el señor Oriol Junqueras; no puede haber surgido o, al menos, haber sido aprobado directamente por el siempre timorato e incansable negociador que es nuestro presidente, el señor Rajoy. Y es que, señores, el que a cuatro días de celebrarse las elecciones autonómicas de Catalunya, (en realidad, por mucho que se quiera disimular, las que para el señor Mas y los suyos, tienen el carácter de plebiscitarias) el Gobierno de la nación tenga la humorada de preparar una confrontación televisiva en la que se enfrenten un ministro del gobierno legítimo de España y un conocido separatista y coartífice del desafío soberanista, de la autonomía catalana, a todo el resto del pueblo español; reconociéndole como interlocutor válido y otorgándole una representación de la que carece, para tratar de un tema tan delicado, de un asunto tan trascendental y de una materia sobre la que, ningún español ni miembro del gobierno español, debería aceptar poner en tela de juicio, aunque fuera sólo formalmente, por tratarse de una cuestión tan sagrada e intocable como es la soberanía de España, sobre cada una y el conjunto de sus autonomías; perfectamente recogida en nuestra Constitución y con normas específicas, recogidas en la misma Carta Magna, para poner fin y cortar de raíz cualquier intento de alterarla.

La unidad de la patria no debería ser, en ningún caso, un tema sobre el que el Estado español se aviniera a tratar, sobre el que se planteara la más mínima duda o sobre el que se admitiera la más nimia declaración que pudiera dar pie a interpretaciones que pudieran atentar contra ella. Todos empezamos a conocer al señor Margallo y no, precisamente, por caracterizarse por su firmeza, su enérgica actitud en contra de toda clase de separatismos ( hace unos días hizo unas declaraciones hablando de la necesidad de reformar la Constitución para incluir la “singularidad de la nación catalana”), y no puede decirse que les haga ascos a las negociaciones inacabables con los representantes catalanes que, si nos debemos fiar de los resultados conseguidos hasta ahora, deberemos reconocer que no han servido para otra cosa que para invertir en Catalunya, a través de obras públicas y de entregas de miles de millones mediante el FLA, de modo que el fondo presupuestado para esta ayuda autonómica resulta que se lo viene llevando, casi en su integridad, la comunidad catalana; quedando apenas un 20% para repartirse entre el resto de ellas.

Ha sido inútil que los españoles, a través de todos los medios a nuestro alcance, le hayamos recordado al Gobierno que el tema catalán no podía dejarse en barbecho, que era preciso que se les cortasen las alas a aquellos que se declararon ya hace tiempo dispuestos a enfrentarse al Estado español; primero, intentando chantajearle; más tarde mediante amenazas veladas y victimismo basados en sentirse discriminados y ser los que más contribuían a la solidaridad nacional ( por algo son la región más rica y privilegiada de España) y, finalmente, lanzando el desafío, por boca de Artur Mas, de querer independizarse del resto de España para constituirse en nación independiente.

El debate confirmó el grave error del Gobierno al situarse al mismo nivel del separatismo. El señor Junqueras, bien provisto de argucias jurídicas, de multitud de presuntas sentencias que, naturalmente, favorecían a sus intereses y empleando un lenguaje cabalístico, consiguió poner nervioso al ministro que, curiosamente, se delató empleando un tic que puso de relieve lo incómodo que se sentía ante un ataque que nunca pensó que se produjera: no paraba de beber agua cada vez que Junqueras tocaba un tema en el que no se sentía seguro, viéndose obligado a leer y releer lo que habían dicho los distintos mandatarios sobre el tema de la independencia del país catalán. Si no vació la nevera de la TV, poco le faltó.

Veamos si nos entendemos. Si el señor Margallo, en lugar de dejarse arrastrar a un terreno de arenas movedizas se hubiera limitado a esgrimir la Constitución, la imposibilidad de que una Autonomía pudiera decidir sobre algo en lo que carece de competencias y olvidarse de meterse en berenjenales que a nada práctico llevaban, si no a favorecer la táctica del adversario; sin comentar otro tema que la imposibilidad manifiesta de que Catalunya de independizarse; de que, según las normas comunitarias, quedaría fuera de España; su postura hubiera salido fortalecida. Se dejó llevar a una discusión bizantina sobre cual sería la nacionalidad de los catalanes del futuro estado catalán. Sostenía, Junqueras, la barbaridad de que mantendrían la doble nacionalidad si no renunciaban voluntariamente a la española. Quería, el ladino Oriol, mantener que no dejarían de ser españoles por separarse de España, argumentando que las leyes internacionales permiten mantener la nacionalidad del estado al que pertenecieron, durante tres años, al final de los cuales deberían elegir.

No entendemos como Margallo no supo contestarle que, una de las formas de perder la nacionalidad es cometiendo delito de secesión, no porque en sí mismo contenga este castigo, sino por la simple razón que uno que pide separarse de la nación en la que viene viviendo y goza de su nacionalidad, automáticamente demuestra que no quiere seguir bajo sus leyes, sus gobernantes, sus conciudadanos, para irse a vivir en otro estado donde se instalará y someterá a las nuevas normas y Constitución de la nación a la que se una. Es evidente que, salvo que se estableciera, según la legislación nacional, un pacto de doble nacionalidad, el individuo en cuestión sólo tendría la nueva nacionalidad como miembro del nuevo Estado. No puede uno ser, a la vez, español y catalán desde el momento en el que uno opta voluntariamente a formar parte de otra nación (Catalunya independiente) porque, lo blanco no puede ser negro al mismo tiempo, si antes y después; porque es un imposible, un oxímoron, algo que repugna a la razón. Si un ciudadano se integra en una nación pasará a pagar los impuestos en la nueva nación, a recibir la seguridad social de ella y a someterse a sus leyes sin que, al mismo tiempo tenga derecho a reclamar de la nación a la que voluntariamente abandonó, que le atienda su seguridad social y regirse por sus leyes o continuar recibiendo sus beneficios sociales; porque esto estaría en contra de las normas que rigen las relaciones entre las naciones. Esta situación, del que opta por integrarse como ciudadano de otro país, está claramente definida para que, ninguna argucia o pretendida jurisprudencia, pueda contradecirla y esto lo sabe perfectamente el señor Junqueras pero, por lo visto, la pasividad, el buenismo, los intentos de ser amable con su interlocutor y su excesiva confianza en sí mismo, del señor Margallo, le juraron una mala pasada que, naturalmente le perjudicó.

Si Catalunya abandonara España, algo que no se va a permitir porque, conviene que se deje bien claro, unos pocos no pueden pretender imponer, por muy unidos que estén, su voluntad sobre las mayorías y, en ninguna ley internacional, está previsto que una parte de la nación pueda pedir separarse de ella. La democracia, a la que tanto recurren los separatistas, para intentar justificar su locura independentista, empieza por aceptar las normas que las mayorías han impuesto, sin que valga el truco de intentar trocearla, en cuyo supuesto se llegaría al absurdo de que un ciudadano podría llegar a declarar, como estado independiente, su propia morada. Ha llegado el momento en el que el Gobierno advierta, de forma clara y sin ambages, las consecuencias de toda índole y no nos dejemos en el tintero el artículo 8º de la Carta Magna. Basta ya de llamadas al diálogo, basta de atraerse a aquellos empedernidos que sólo quieren que España claudique a sus deseos, basta ya de que los españoles tengamos que aguantar que cuatro deslenguados traidores a la patria se burlen, escarnezcan, agravien y ofendan al resto de españoles como si se tratara de una raza superior que pretendiera imponer al resto su voluntad y su tiranía.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, mucho nos tememos que la actitud enérgica, sin dudas y de defensa de la Constitución, se convierta una vez más en otro camino hacia nuevas etapas del nacionalismo; por el afán del Ejecutivo de librarse de obstáculos incómodos en su camino en busca de una nueva reelección en las elecciones legislativas de Diciembre. En todo caso, como ya he dicho en otras ocasiones, corremos el peligro de que tanto se tense la cuerda que acabe rompiéndose por el lugar que menos se espera. España no se merece que la traten así.
Comentarios
Escribe tu opinión
Comentario (máx. 1.000 caracteres)*
   (*) Obligatorio
Noticias relacionadas

¿Seguiremos soportando desplantes de la CUP y los separatistas?

¿España no es capaz de acabar, de una vez, con semejantes incordios?

Por un estado de ánimo más armónico

El ser humano tiene que despertar y hacer posible un mundo libre y responsable

Las Ramblas

Sor Consuelo: ¡Divina-mente!

Bella Rusia

Rusia está avanzando y modernizándose, pero le queda una considerable tarea en bastantes aspectos

Ambición, osadía, o ambas cosas

J. Cruz, Málaga
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris