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Requerimientos

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 18 de febrero de 2008, 02:25 h (CET)
Suele afirmarse que las expresiones de uno, no acaban de configurarse hasta su recepción por parte de los demás. Si uno permaneciera totalmente SOLITARIO, sin ningún acompañante, sus gestos remedarían al muñeco recluido en un trastero; nadie los percibe, como si no existiese. Admitida esta realidad, como unos entes totalmente aislados, careceríamos de significado; siendo, además, un imposible existencial. Nadie dispone de un mundo exclusivo para él; ni tiene sentido, ni dispone de formas útiles. No es factible ese tipo de solitario.

Pues bien, ¿Cómo esperamos nosotros a los demás? ¿Las actitudes de recepción por parte de ellos, serán las mismas? ¿Cómo suelen desarrollarse estos comportamientos? Partamos de una base, son variadas las circunstancias, numerosos los protagonistas, por lo que se vislumbra de todo. En esto no se logra ser exhaustivo, ¡Tantas son las variantes!, que si profesionales, relaciones amistosas, erotismos, intereses económicos; casi todas las apetencias progresivamente surgidas de la vida. Los puntos de vista proliferan, al socaire de tantas posibilidades. Por lo tanto, no se tratará nunca de encajar etiquetas a nadie, son reales todos los factores mencionados, y aún son, sólo un tímido avance. Sin embargo, de ese maremágnum me interesa el reflejo de dos actitudes contrapuestas, de uso común; como veremos, la una es habitual y la otra no tanto. A ello me refiero a continuación.

Si bien son formas de actuación manifestadas en diversas facetas de la vida, como en otras numerosas ocasiones, serán los poetas, quienes expresen bien esos dos extremos, que saco a colación ahora. De una parte, la disposición más tradicional y concurrida para recibir a los demás, es aquella que quisiera hallar en el otro pasividad y sumisión. “La forma de querer tú / es dejarte que te quiera” de Pedro Salinas, o bien, “Me gusta cuando callas…” de Pablo Neruda. Especialmente maravilloso, eso del encuentro con gente pasiva, SUMISOS a las apetencias reinantes en las mentes de estos receptores. Confrontada a esta, la otra sensibilidad se expresa de esta guisa, “Me gusta cuando hablas” de J.A. Goytisolo. Esta segunda es más propicia al verdadero encuentro, por que actuan dos realidades auténcias y en activo. Aquí hay disposición de comprensión y colaboración. De tan distintas, no requieren de complejas explicaciones. ¿Por qué será predominante el intento de relacionarse con gente sometida y pasiva?

A la vista de esta bipolaridad y de sus evidentes repercusiones, parece que uno se inclinaría al repaso de los razonamientos tenidos en cuenta, sería una forma de profundización en el meollo causante de semejantes relaciones. En cambio, con una cierta dosis de sorpresa, observaremos que son otros los indicadores, sobre todo los índices de AUDIENCIA, con el recuento de participantes en cada evento. Cuantos simpatizan o apoyan alguna de las tendencias. Lejos de una promoción de las autonomías personales, de la persona como un ente peculiar; domina la propensión a un catálogo de adscripciones. Por consiguiente, proliferan las normativas globales, con una escasa preocupación por las particularidades. Se trata de una elevación de las matemáticas y estadísticas, hacia unas ubicaciones inapropiadas. Números y cifras, donde debieran sopesarse las cualidades, criterios, razones y sensibilidades. Los requerimientos abusan de lo numérico.

En una primera aproximación teórica, pensaríamos en unas solicitudes preferentes hacia los sujetos, que somos todos; aquellas preguntas más lógicas de cara a la convivencia posterior. ¿Qué nos podría interesar con mayor intensidad, de cada persona? Con sencillez, quizá también con ignorancia, APTITUDES y QUERENCIAS parecen dos pilares esenciales para la toma de consideraciones sobre una determinada persona. Es decir, sus cualidades, sus apetencias; en una palabra, sus peculiaridades. Como parece coherente, después de una valoración semejante, resultará difícil el hallazgo de dos personas coincidentes en los detalles, las apreciaciones sobre ellas siempre se diferenciarán en algún matiz. Con las características mencionadas, en cada caso debiéramos comportarnos con una apertura consecuente y receptiva, captando lo valioso de cada persona. Por el contrario, y fuerte contrario, se percata uno de otras tendencias, encaminadas a una valoración de sujetos por datos externos a él; dinero, partidos políticos, ideas sectarias o pertenencias a estamentos concretos. La persona queda desdibujada.

No voy a decir que se trate de una postura universal, generalizada; pero, las evidencias perfilan una actitud desdeñosa hacia los demás. Al otro, se le prefiere más bien calladito, metido en el fondo de sus madrigueras, sin levantar la voz. Preendemos de ellos, SILENCIOS, para beneficiarnos nosotros. Aquí se pone de manifiesto ese “gen Egoísta” que todos llevamos dentro, intensifica sus atribuciones y nos conduce por un tobogán solipsista; en éste, nos estorban los compañeros de fatigas. Como podemos colegir, se genera una gran espiral de despropósitos; no sólo se minusvaloran las cualidades de las demás personas, se insiste en dejarlas con mínimas posibilidades, convertirlas en acompañantes de poca consistencia. Como no se les puede anular del todo, quedaría tanta lucha, como la provoquen las reminiscencias de cada sujeto. Nos gustaría una gran avenida humana, exclusivamente privada, y los demás, meros comparsas. De todas formas, hay silencios buenos, otros cómplices, y los más desagradables, los obligados.

Con lo dicho queda esbozada esa perenne algarada de los encontronazos, en épocas antiguas y modernas, entre pretensiones, designaciones y rebeliones. Se generan indefinidamente vivencias de los CONTRASTES, profundas, superficiales, toscas o finas. Tambien convendría una precisión, es muy bueno que cada quien se pronuncie y ejerza como persona. No parecen apropiados los tiempos de seguimientos ciegos. Ni una curia paternalista obsoleta; ya que la entidad de una persona no es posible delegarla, y menos, con la facilidad pretendida. Tampoco parecen propios de este siglo, unos gobiernos mefistofélicos con la pretensión de regular a su gusto donde se deben vivir las creencias. Algo similar podemos observar referido a las tendencias sexuales, abortos, diversión, mercados o subvenciones. Bien acogidos sean los contrastes; sobre todo ante tantos dirigismos con mala intención y perversos disfraces.

La forma adquirida por esos requerimientos dirigidos a los demás, se convierte en un fiel espejo; allí se manifiesta la buena gente y los diabólicos. Nos va calando una suma de desdichas, una brusquedad en el ambiente, con trazas de un predominio progresivo de los elementos menos solidarios.

Exageración o visión certera, a cada cual nos corresponde una valoración inicial, seguida de una toma de posturas coherentes. ¡Buen momento este, entre tendencias y campañas!

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