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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Zapatero exige hostilidad

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 16 de febrero de 2008, 03:28 h (CET)
Si un hombre, como afirmaba Ortega, no es nunca eficaz por sus cualidades, sino por la energía que la masa ha depositado en él, Zapatero (es menester reconocerlo) encarna ese hombre. El presidente del Gobierno ha logrado ya que un sector notable de la sociedad ponga su confianza en él.

La masa más visible de apoyo está preconizada por la nueva burguesía modernista y anticlerical, los titiriteros agradecidos que segregan su entusiasmo por el que les ha procurado de un modo vitalicio panem et cicenses. Ha sido la tropa artística de edad más provecta quien ha hecho al presidente acreedor de su valía. Una nueva burguesía a la que no le importa un bledo la lucha contra la exclusión social, la solidaridad internacional, la precariedad laboral o las condiciones de vida de los parados. Es decir, todo eso que la sociedad civil, anulada por su dirigismo cultural y privada de conocimiento, creían estar siempre solicitando, como guardianes del débil y protectores de los más deficitarios.

Sería falso, pues, pensar que es el talento de Zapatero, unido a su talante, el que influye en la libertad de apostar por él. Por lo demás, los puestos más importantes no los ocupan los mejores, sino los más astutos. Cuanto más profundo es el hombre, mayor distancia habrá entre sus ideas y las del vulgo, y más difícil será su asimilación por la ciudadanía. Es la España herética y postmoderna, cuya ingeniería social se funda en Zapatero, la de las asociaciones laicistas más excluyentes de la sociedad, quienes abrirán, ex abundantia cordis, un nuevo margen de confianza al guerrero Zapatero.

Siempre pensé que Zapatero era un guerrero, perfectamente armado con su envidiable bonhomía y alegría de vivir, temerario vengador de su abuelo; pero un guerrero trastornado, desprovisto de lo esencial, que consiste en saber muy bien el terreno que pisas y debes ocupar, en determinar con claridad las víctimas a las que hay que hacer frente.

Aunque todo eso le importa poco al presidente, que demanda que “haya tensión” en los preparativos del combate; al cabo, él mismo ha sido quien ha hecho emerger la España de la hostilidad y la confrontación, del odio y el rencor, a través de una nefasta legislación. Es útil, viene a decir el presidente, que los ánimos estén excitados. La victoria está asegurada, pero prefiere verla unida a la satisfacción del fragor en el combate, donde se siente más fuerte que el endeble opositor Rajoy.

Cuatro años más de legislatura será un desenlace fatalmente previsto si el voto incierto y negligente lo permite. Es vergonzoso que tenga larga vida pública el hombre que no logra desasirse del sufrimiento que genera; el hombre que idolatra sus propias criaturas, a quienes cuida y vela por su bienestar.

Ahora bien, “nadie considere feliz a quien todavía tiene que morir”. Esta sentencia, dirigidas a los habitantes de Tebas en Edipo Rey, podría ser una advertencia para examinar en esta campaña electoral cada una de las palabras que pronuncia Zapatero. Porque aunque a él, libre de toda vergüenza, no le atemoriza lo que hace, ni menos lo que después se diga de sus acciones, a los españoles no les gusta que España sea, con insolencia y torpeza, vilipendiada dentro y fuera de nuestras fronteras.

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