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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Indiferencia como resultado

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 16 de febrero de 2008, 03:11 h (CET)
El llamativo final de la entrevista concedida por el Presidente del “Gobierno de España”, bajo el modesto y distante punto de vista de esta ventilada columna, es un escándalo farisaico. ¿Quién se pudo tomar como veraz la mayor parte de ella, visto su epílogo? El mutuo acuerdo entre entrevistador y entrevistado resultó de apabullar (hacer que una persona se sienta insignificante o impotente –M. Moliner-).

Se utiliza mucho en los medios lo del “insulto a la inteligencia”; si la intención era que resultara creíble, en efecto, fue una flagrante ofensa al televidente. Más, las cosas no siempre salen bien para el “manipulador” de oficio. Y bien se sabe que la acepción del término manipular más al uso, y según el D.R.A.E. es: “Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares.” Y, en este caso, la tecnología tan maravillosa de que la sociedad actual dispone, jugó un papel, que, ni pintado. La improvisada coletilla final de la charla “entre amigos”, descubrió el pastel al final de la misma. De nuevo, los micrófonos abiertos hicieron la jugarreta al Presidente.

Sucede, que, la tecnología es, en ocasiones, díscola. Y en lugar de contribuir a tapar, como se quisiera, “destapa”. ¿Quién se puede escandalizar ante la fría objetividad del imprevisto registro de una conversación? En este caso, la mecánica transparencia del medio arrojó un deslumbrante rayo de luz en la oscuridad del “compadreo”.

Si por prodigios de la técnica (todo llega), se pudieran conocer las expresiones y coloquiales charlas posteriores a la conclusión del trabajo de cuantos elaboran un Editorial, o confeccionan la primera plana de un periódico, o el material seleccionado para un telediario, destaparían, también, los habituales modos conque se pretende esparcir un infundio, estableciendo la frustración entre los más crédulos.

Sólo algún necio pudo acuñar esta frase: ¡Que no soy tonto, está claro! ¿No?... Y se quedan tan anchos con esa autoafirmación. El televidente no lo dice ni lo piensa, sino, que, callado y diestro en el uso del “mando a distancia”, cambia de canal o quita el sonido. El “zapping” es un enorme espacio de libertad que ha encontrado el ser humano, y que trae de cabeza a los anunciantes. Sin embargo, en esta ocasión, hacer uso de él hubiera sido caer en el engaño tendido por la entrevista. En los segundos finales, y sin guión, precisamente, se emitió la clave para ponerla “en su sitio”.

Insultar a la inteligencia es lo mismo que ignorarla. Una afrenta al anónimo y doméstico propietario de un aparato de televisión. La opinión pública se forma no sólo por cuanto se le ofrece “manipulado”, sino como consecuencia del razonable juicio del observador. Por eso resultó tan beneficioso aquel soplo de sinceridad que proporcionaron los indiscretos micrófonos. En lugar de generar entusiasmo o “tensión”, contribuyó al clima de indiferencia establecido entorno de este cansino preludio de la campaña electoral.

Sería deseable un invento, como el del mando a distancia, que permitiera destapar los entresijos ocultos detrás de las bambalinas. Un apasionado conversador en voz alta, para dominar el griterío ambiental, afirma rotundamente a su vecino, a la vez que, por sorpresa, se hace un silencio impresionante, de los de “ha pasado un ángel”: ¡Y-no-me-la-pude tiraaaaar!... (no se sabe el qué).

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