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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Señales terrenales para los partidarios del Obispo

Luis Agüero Wagner
Redacción
viernes, 15 de febrero de 2008, 04:55 h (CET)
Pocas veces en la historia política reciente del Paraguay el poder ha dado un mensaje tan claro como el que a principios de semana los buenos entendedores pudieron leer en los hechos de Caacupé, una pequeña ciudad a sesenta kilómetros de la capital paraguaya donde tiene su sede un diminuto gobierno regional. Ante la falta de argumentos para convencer a la turba liberal de partidarios del obispo Fernando Lugo que intentaba a empellones posesionarse de la sede de la gobernación -y del dinero de los royalties que en su beneficio acababa de liberar el gobierno-, las nunca bien ponderadas fuerzas del orden se vieron obligadas a recurrir al siempre vigente método pedagógico del garrotazo.

Para colmo de males, ni siquiera la menor traza de indignación asomó en los semblantes de los ciudadanos ante el bochornoso espectáculo de heroicos representantes del pueblo como el senador neoliberal Alfredo Jaeggli, el presidente del Congreso Tito Saguier o el diputado Blas Llano –que se trasladaron hasta el lugar para participar de los disturbios- recibiendo furibundos cachiporrazos. Por el contrario, más de uno los juzgó bien merecidos.

Ya veníamos sospechando de la vacuidad de los discursos triunfalistas de nuestros incorruptibles hombres del obispo ante la falta de voluntad para desalojar de su silla al tenebroso represor que dirige el Supremo Tribunal Electoral, posición que se ganó por sus servicios en la policía política del dictador Stroessner, entre otras medidas previas indispensables para enfocar con seriedad el objetivo de la alternancia. Pero la incapacidad manifiesta de la flor y nata de nuestra oposición para recuperar una menuda gobernación rural desalojando a una patota de adictos al gobierno de cuarta línea, hizo quedar el objetivo de expulsar al partido Colorado del Palacio de López a millones de años luz.

No creo pueda negarse que el ánimo de la Alianza Patriótica para el Cambio ha caído por el suelo ante esta pequeña demostración de lo que sucedería en el lejano e hipotético caso de que el 20 de abril puedan reunir los votos suficientes para derrotar al oficialismo, algo que no lograron en las municipales con una alianza mucho más amplia (que incluía al grupo del general Lino Oviedo y a los partidarios del empresario Pedro Fadul, ambos sectores hoy fuera de la alianza), cuando toda la oposición unida fue derrotada con facilidad por la ANR en el municipio de Encarnación.

Con semejante incapacidad opositora, el gobierno del PRI mexicano aparece como el lapso de un fugaz aleteo de colibrí comparado con los años que puede reinar la ANR en Paraguay. Y eso que los colorados todavía tienen que permanecer una década para equipararse al partido hegemónico que gobernó a la nación azteca desde que Plutarco Elías Calles lo organizó en marzo de 1929 para perpetuar las reformas de la revolución mexicana, y que logró equilibrarse hasta los umbrales del tercer milenio.

Para mayor desaliento, debemos admitir que México es un país de mucho mayor desarrollo, cultura política y civismo que el Paraguay, que puede soportar desgobiernos mucho más prolongados, vale decir, sesenta años de tragedia política para nosotros no es nada.

Aunque las ocurrencias opositoras puedan estar a la orden del día, como montar un show mediático para entregar pasajes de ida a España al presidente Nicanor Duarte Frutos, quien se anuncia más dispuesto a quedarse que nunca, o promover a mesiánicos candidatos que apelan para ganar votos a temas que la gente no entiende y tampoco le interesan como la “soberanía energética”(mote con el que se conoce al principal argumento de las campañas contra el MERCOSUR que monta en Paraguay la prensa adicta al imperio norteamericano), lo cierto es que una vez tras otra se confirma la ineficacia del trabajo político de la oposición.

Puede sonar insistente, pero los opositores fueron nuevamente fieles a su costumbre de apelar a la prensa con vanas esperanzas de resolver una cuestión que no se resuelve con discursos lacrimógenos en tono falsete ante los micrófonos de medios ultraderechistas subsidiados por organismos norteamericanos de coacción imperialista como radio Ñandutí o el diario ABC color.

Mientras el senador Juan Carlos Galaverna, el verdadero poder detrás del trono en Paraguay, tocaba las teclas precisas para desalojar al efímero gobernador fadulista de Cordillera, Samuel Gómez el breve, nuestros héroes se tomaron su tiempo para aparecer en medios con su falsa retórica democrática-institucionalista y sus bellas abstracciones que sólo afloran cuando hay cerca un cronista de la prensa o un camarógrafo.

Cuando al fin decidieron abandonar el papel de estrellas de radio y televisión para volver al oficio de políticos, ya era demasiado tarde. Una bien fortificada barricada de comisiones de choque, policías y brigadas de soplones adictos al gobierno los aguardaba ansiosa, cachiporra en mano cual línea Maginot, parapetada en los umbrales de la gobernación en discordia.

Sólo puedo agregar mis deseos por que tanta insistencia por permanecer en el escenario político por parte de esta oposición, que sigue ofertando las mismas figuras de hace dos décadas en tanto el partido gobernante se ha renovado ya varias veces, se desvanezca de los ánimos después de la derrota opositora cantada del 20 de abril, y estos incapaces y sepultureros de la concertación se retiren definitivamente al lugar que hace tiempo les corresponde en el basural de la historia.

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