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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Una ¿golosina? sobre "Florentina Baldamero"

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 15 de febrero de 2008, 04:55 h (CET)
“Tres cosas se pueden hacer con una mujer: quererla, sufrir por ella y convertirla en literatura”. Lawrence George Durrell

Para que una obra literaria, independientemente del género al que pertenezca (según el parecer que tenga al respecto su propio autor o vaya a ser adscrita por sus lectores críticos), alcance la consideración y estima de hito inconcuso, quiero decir, la reputación de mojón incontrovertible de esa autopista o río selecto por el que circula o discurre el canon irrefutable de las Bellas Letras, debe cumplir inexcusable e inexorablemente, a rajatabla, esta doble conditio sine qua non: de una parte, está obligada a ser una transposición lírica de la realidad, y de otra, debe exigírsele que aparente ser una suerte de charada cifrada del hombre en determinado “cronotopos”.

Puede estar seguro, desocupado lector, que, desde ahora mismo, pongo todo mi denuedo en este nuevo empeño, en que “Florentina Baldamero”, la novela cuyos primeros párrafos me comprometo a urdir en breves momentos, cumpla con creces (con) las dos imprescindibles o necesarias cláusulas mencionadas:

“Mi vida:

“Te agradezco sobremanera la mejor declaración de Amor que me trenzaron.

“El menda, que, por lo general, tiene las cosas bastante claras, ayer y hoy anda o está hecho un verdadero lío. Esconder esos sentimientos, Tina, puede ser contraproducente, porque luego la falta de costumbre puede convertirse o metamorfosearse en un problema. Gracias, por los piropos. Me tengo por una buena persona y una persona buena (en el buen sentido de la palabra, como diría Antonio Machado), siempre que no me toquen las narices. Tú también lo eres, pero, otrosí, eres madre, algo precioso, por otra parte. ¡Anda, que no me hubiera gustado disfrutar la dicha de tener un hijo contigo! Ergo, tienes muchas más ataduras (a veces las veo como lo que son, claros prejuicios) que yo. En tu caso, servidor también los tendría.

“Yo no puedo dejarte. No puedo acarrear el resto de mis días con esa cruz, un error de proporciones colosales, haber alejado de mi vida a la persona que tengo por mi alma gemela, por mi media naranja, por mi verbo, sujeto, aditamento, complemento, implemento y suplemento, y a quien amo hasta el extremo de desear fervientemente (porque eso es amar, querer estar a la vera del ser amado el resto de la vida) casarme con ella. Para mí no eres un “rollete”. Yo nunca hice el Amor con quien no amara de veras. ¿Por qué crees que voy dejando un montón de pistas alrededor de ello en mis textos?

“Haz lo posible por cumplir tus sueños. Bastantes inconvenientes, óbices o trabas nos va poniendo, un día sí y otro también, la propia existencia. Estoy dispuesto a dilapidar una mensualidad de mi pensión. Ahora bien, vuelvo a iterarte, como te he dicho esta mañana por teléfono, que nunca podría perdonarte que, salvo causa justificada, no acudieras a la cita, dejándome tirado, con un palmo de narices, como hiciera otrora la “masqueperra” escarlata, en la desangelada habitación 504 de cierto hotel de tres estrellas.

“No te puedes hacer una idea, ni siquiera aproximada, de las ganas que tengo de que las yemas de los dedos de tus manos y los labios de tu boca, antes, al unísono o después que los míos hayan hecho lo propio con tu piel, pura miel, recorran asimismo mi entera epidermis.

“Yo, cariño, a pesar del encontronazo (acaso no sea tan malo, como los dos, de naturaleza hiperbólica, hemos llegado a pensar), estoy donde estaba, manteniendo en alto y sosteniendo el mástil donde ondea la bandera de mis ilusiones (y es que un hombre o una mujer sin ellas es un cadáver). En mi caso, al menos, el riesgo que corro es inferior al deseo imperioso e impetuoso que tengo de comprobar in situ lo que estos días siento en la distancia.

“Pues, por mi parte, esos sueños tampoco se truncarán, cariño. Yo también disfruto de lo lindo haciendo el Amor contigo oníricamente.

“¿¡Cómo va a parecerme cursi leer que me quieres mucho!? Sabes que soy un homo viator, un internauta del Eros, un peregrino del Amor, que anhela dejar de serlo. Creo, de verdad, haber encontrado en ti la miel sobre hojuelas, o sea, a mi mujer ideal y a mi ideal de mujer (y hasta esposa, si quieres).

“A pesar de que el lenguaje muchas veces no expresa todo lo que sentimos o deseamos comunicar, intentarlo ya indica algo, para mí, mucho.

“Te manda un rimero de abrazos, besos y caricias de todo tipo quien te adora y venera, tu “Otramotro”,

“Félix Unamuno”.

Mutatis mutandis, parafraseando al escritor argentino Julio Cortázar, excelente bululú, quien pergeñó esa obrita maestra que es “El perseguidor”, cuento largo o novela corta, tan apreciada (por diversas razones) por quien firma abajo estos renglones torcidos, considero apropiado concluir la presente ¿chuchería?, urdidura o “urdiblanda” literaria parafraseando unas cuantas de sus líneas, en concreto, aquéllas donde escribió que “dan ganas de decir en seguida que Florentina es como un ángel entre los hombres, hasta que una elemental honradez obliga a tragarse la frase, a darle bonitamente (la) vuelta, y a reconocer que quizá lo que pasa es que quien balda a todas las damas del damero, la señora Baldamero, es una mujer hecha y derecha entre los ángeles, una realidad entre las irrealidades o pobres diablos que somos todos nosotros”.

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