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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La verdadera emancipación

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 14 de febrero de 2008, 03:32 h (CET)
“¡Yo no me quiero sorda
al clamor de la vida!”


Susana March.

Cuando Simone de Beauvoir, de quien en este año conmemoramos el centenario de su nacimiento, se pregunta: “¿es suficiente cambiar las leyes, las instituciones, las costumbres, la opinión pública y toda la estructura social para que las mujeres y hombres se conviertan realmente en semejantes?”, ella misma tiene que contestar que no es suficiente, y, sin embargo, no encuentra salida al problema de la desigualdad: “no debe creerse que basta modificar su condición para transformarla, aunque ese hecho ha sido y sigue siendo el factor primordial de su evolución. Pero en tanto ese factor no entrañe asimismo consecuencias morales, sociales, culturales, etc., que anuncia y exige, la mujer nueva no podrá aparecer”.

Efectivamente la mujer nueva no aparecerá mientras sea un producto cultural con un valor de uso y cambio de una sociedad que está fundamentada sobre la posesión. Esta sociedad, que es la del individualismo posesivo, podrá evolucionar y de hecho así ha sucedido durante los últimos cien años, hacia fórmulas más libres en los campos de la moral o de las costumbres sociales, hacia el reconocimiento de los más variados derechos en el terreno político, etc., pero todo eso es insuficiente para resolver el problema de la desigualdad.

Seguirán existiendo mujeres abandonadas y solitarias, como aquellas de las que decía Beauvoir que no eran nada y que no tenían nada: “Si se le pregunta; ¿cómo vivía usted antes?, ni de eso se acuerda. Cuando una mujer -añade Beauvoir- se ha consagrado diez o veinte años a un hombre en cuerpo y alma, y cuando éste se ha mantenido firmemente erguido sobre el pedestal que ella le ha alzado, su abandono es una catástrofe fulminante. “¿Qué puedo hacer -preguntaba una mujer de cuarenta años-, qué puedo hacer si mi marido ya no me ama? Se vestía, se peinaba y pintaba con minuciosidad. Pero su rostro endurecido, deshecho, ya no podía suscitar un amor nuevo. ¿Podía ella misma amar a otro después de veinte años pasados a la sombra de un hombre?”

No cabe duda que ni incluso en un sistema de libertad ideal, un arreglo de las condiciones políticas, económicas o sociales, solucionaría el triste destino que tiene la mujer. Será necesario, pues, reclamar como primer paso del devenir que esperamos, no tanto una igualdad legal ni social como una igualdad ontológica entre el hombre y la mujer. Este puede ser un principio verdaderamente revolucionario. La igualdad ontológica sentaría las bases de otras igualdades y ridiculizará muchas de las que hoy se conocen como ventajas femeninas, tales como, la reserva de puestos en un porcentaje determinado en las listas que confeccionan los partidos políticos.

La verdadera emancipación sólo conoce un camino: apropiarse rigurosamente de todas las formas del saber y desarrollar con rigor una ontología sobre lo que significa ser mujer. No en vano dijo la poeta: “Me di cuenta de repente / que para ti el verbo ser / no tiene tiempo presente”.

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