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El silencio “popular”

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 14 de febrero de 2008, 03:20 h (CET)
Cuando el griterío ambiental se hace ensordecedor, la gente no se atolondra, tal vez, por el instinto de conservación. Lo normal es que continúe con lo suyo, aunque haya de seguir haciéndolo con el “mundanal ruido” entorno de él; aquel al que se refirió líricamente como deseable -para alejarse de él-, Fray Luis de León. Afortunadamente, también se sobrevive en medio de él. Y, esto no es una aspiración ni un consejo, sino consecuencia de calmadas observaciones desde el ventilado catalejo que es la ventana de esta columna.

Es un valor y, a la vez, condición natural del ser humano. Si el estruendo envolvente es armónico, se hace un silencio respetuoso para escucharlo, como por ejemplo, el concierto de Año Nuevo. Más, si sólo es superposición de sonidos desafinados, griterío de lenguaraces, o altavoz de charlatanes, se establece una silenciosa distancia con el mismo. Viene a ser parecido a lo que le ocurre a la nuera de Epifanio, que ya está esperando el tercero, y que sólo conserva audición por un oído: “Oye, lo que quiere”, dice su marido. Lo cual es, sin duda, una muestra del gran talento de ella. Del mismo modo, la gente debe decirse para sus adentros: “Para lo que se ve, y lo que se oye… mejor es no mirar ni escuchar”, y con cuantas menos palabras, más sensato.

A veces, las cosas no suceden de tal modo ni con tan afortunadas consecuencias. Existen griteríos que contagian, o cuando menos, enervan. Es la función propia de las marchas militares que consiguen enardecer no sólo a la tropa que a su compás desfila, sino al público que desde las aceras les observa pasar sin indiferencia. Lo mismo sucede con el “cuerpo de jota” que se le pone al personal con alegres acordes.

¡Qué más quisieran los que alzan la voz con impertinente destemplanza que conseguir trasmitir sus intenciones, y, en consecuencia, cosechar entusiasmos!... Aquí es donde surge salvador el “instinto de conservación”, que por algo es el instinto más poderoso de todos los seres vivos, y sobre el que se asienta el de supervivencia. ¿Abstraerse es una forma de resistir la agresión del griterío y poner más atención en lo que se lleva entre manos? Existe un restaurante en la costa del Levante español que se ganó merecidamente la fama de que disfruta ofreciendo el mejor “arroz a banda”. Pues bien, los crecientes decibelios que se organizan a medida que es consumido en las diferentes mesas, resultan insufribles. ¿Se dejaba de devorar ese arroz (síntesis de la cultura mediterránea, Gregorio Marañón dixit), por quienes aturdidos todavía no habían terminado su bandeja? ¡No, todo lo contrario!... la concentración sobre el plato, con o sin la compañía del “alioli”, se intensificaba, deseando terminarlo para salir al “carrer” (calle en valenciano) cuanto antes, y olvidarse de la algarabía para atender a su digestión.

Mientras unos gritaban con el estómago repleto de los sabrosos y amarillentos granos de arroz, un silencio “popular” seguía instalado entre quienes aún no habían saciado su apetito. No era cuestión de que una parte del público allí recogido fuera más educada o respetuosa que el resto. Se trataba de concluir con un plato codiciado y con el ánimo predispuesto durante días anteriores –la ilusión lo hace todo-. De tal modo, el afán de supervivencia estaba asegurado desentendiéndose de todo aquello que no fuera introducir el tenedor sobre el bien aceitado plato de “arroz a banda”.

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