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El infierno está lleno

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 11 de febrero de 2008, 08:50 h (CET)
El pasado miércoles con la imposición de la ceniza en la frente la Iglesia católica recordó a sus fieles lo perecedero de esta vida: “polvo eres y en polvo te convertirás” dice el sacerdote mientras va ungiendo la frente con la ceniza. Y con esta sencilla ceremonia comienza la época de Cuaresma, un tiempo en el que los fieles seguidores de la doctrina católica deben dedicarse a la oración y la meditación a la vez que deben cumplir con los ayunos y abstinencias para así poder purgar sus pecados y llegar impolutos al Cielo.

Pero con los ajetreos de la vida moderna y el abandono masivo de los templos por parte de la ciudadanía los rituales cuaresmales han quedado únicamente supeditados a las ceremoniales procesiones de Semana Santa cada día más un evento turístico que un acto de afirmación y penitencia religiosa. Desde hace algunos años la mayoría de las gentes están esperando la llamada Semana Santa para poder dejar el trabajo cotidiano durante un largo fin de semana propiciado por las fiestas cuaresmales. El campo, la playa y la visita a las ciudades con tradición procesional serán el destino de la mayoría de los españoles durante la próxima Semana Santa y Pascua de Resurrección mientras las visitas a las iglesias van cayendo en desuso.

Tal vez por este pertinaz abandono de las prácticas religiosas por parte de una mayoría de los bautizados la máxima autoridad en la materia, es decir el Papa, ha decidido tomar cartas en el asunto y sacar a pasear el espantajo del miedo infernal. En la infancia, especialmente la de algunos de aquellos que se educaron en colegios religiosos, era el miedo lo que movía a los niños y adolescentes a cumplir con los mandamientos de la Iglesia, el miedo al fuego eterno, a aquel “crujir de huesos y rechinar de dientes” que día si y día también nos anunciaban los sacerdotes desde aquel pulpito del que no salían más que amenazas para todos aquellos que desoyeran la llamada de Dios. Mi generación creció en el miedo a un Dios vengativo y cruel.

Durante un tiempo y a raíz del Concilio Vaticano II, auspiciado por aquel Papa bonachón y orondo que fue Juan XXIII, aquel Dios vengativo pareció cambiar de cara, las amenazas infernales ya no eran el pan nuestro de cada día e incluso algunos afamados teólogos se atrevieron a pontificar sobre la no existencia del Infierno como lugar real. El Papa Pablo VI, nada dado a veleidades ni modernidades, meses antes de su muerte y en unas jornadas destinadas a hablar del Cielo, el Purgatorio y el Infierno dijo que “El cielo no es un lugar físico entre las nubes” del infierno opinó que más que un lugar físico “es la situación del que se aparta de Dios” e incluso se atrevió a indicar que “Satanás está vencido, Jesús nos ha liberado de su terror”. También el teólogo suizo Urs Von Balthazar, amigo del aquel entonces Cardenal Ratzinger, rechazaba que en el Infierno hubiera gente.

Pero Benedicto XVI siguiendo con su política de retroceso en el mundo eclesial ha dado un puñetazo encima de la mesa y ha recordado a los sacerdotes romanos, y con ellos al resto de la cristiandad, que el Infierno existe y que no está vació. Así que cuidadín con lo que hacemos que, a la más mínima, cuando dejemos este mundo cruel tendremos reservado y sin hipoteca un apartamento con calefacción de fuego central en la urbanización de Pedro Botero. El antiguo Cardenal Ratzinger no se ha contentado tan sólo con volver a las misas tridentinas y a los antiguos latinajos, ahora ha tomado el báculo papal como vil vara de mando y nos está amenazando señalándonos con él el camino del Averno, nos está mandando, como hicieron casi todos sus antecesores en la silla de San Pedro, a las puertas del infierno, allá donde según el Dante “dejaremos toda esperanza” y en donde arderemos por los siglos de los siglos.

Pero no se preocupen ni duerman intranquilos por el Infierno. Ya lo dice el Papa, no está vacío, así que tal vez a nuestra llegada el overbooking infernal haga que los diablos encargados nos envíen hacía el paraíso, ese que según una serie televisiva no existe sin “tetas”, y en el que una pleyade de señoritas siliconadas nos dará la bienvenida. La Iglesia siempre encuentra soluciones para todo, si usted no quiere hacer ayuno y abstinencia adquiera una “bula” documento eclesiástico que le permitirá comer carne cada viernes cuaresmal y si ha pecado y ve cerca de sí el Infierno no se preocupe, pelillos a la mar, acuda al confesionario y le darán una visa para el Cielo.

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