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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Cuaresma y la caridad

Josefa Romo (Valladolid)
Redacción
domingo, 10 de febrero de 2008, 13:49 h (CET)
Aunque en los medios no aparezca, las iglesias se llenaron el Miércoles de Ceniza, como viene siendo habitual cada año. Aquella a la que yo fui, estaba abarrotada y la imposición de la ceniza se hacía eterna. Lo mismo me dijeron de mi parroquia, botones ambos de muestra de la vitalidad de la fe.

Como digo a mis hijos, la afluencia de cristianos para el rito no obligado de la imposición de la ceniza, es prueba evidente de la realidad palpitante de la vida cristiana, pese a las apariencias. ¿Habrá quienes se desanimen porque digan que somos pocos? Que abran los ojos y cierren los oídos a la demagogia. ¿ Y si fuera verdad? No se inmutaría mi fe; pero creo que se aquilataría en muchos el ardor apostólico. En cualquier caso, debemos tomar conciencia del deber del cristiano de ser levadura en la masa. ¿Y qué es eso de la Cuaresma?- se preguntarán algunos desbordados por el analfabetismo religioso-. Es uno de los tiempos fuertes del año litúrgico, particularmente apropiado para la conversión del corazón y el cambio de vida a mejor, espiritual y moralmente hablando. Muchos eligen estas fechas para sus Ejercicios Espirituales, y cada vez son más los que se retiran unos días a un monasterio, lejos del mundanal ruido, para contemplar interiormente la maravilla de un Dios que por amor se abajó para redimirnos del pecado y, en su solidaridad, se hizo pobre con los pobres y sufrió con los que sufren, de manera que nada de los nuestro le fuera ajeno. En el silencio y la paz del Monasterio o de una casa de Ejercicios, se respira paz y, en ese ambiente, es más fácil la reflexión sobre la realidad de la vida, camino con una meta que, por nuestro bien, no debemos alterar: el Cielo. La Cuaresma es un tiempo para intensificar la oración, la penitencia (ayuno, también de curiosidades y cosas vanas), la limosna. La limosna, hasta el décimo de nuestros ingresos, se ha de entregar con caridad y con sentido de justicia (salvando las necesidades de hijos y familiares); a partir de ahí, comienza la pura caridad. Por el apego que tenemos a lo material, que se nos ha dado para que lo administremos, no para nuestra exclusiva posesión, nos hacemos ciegos ante las necesidades de los demás, y duros si las vemos, y decimos: "no es mi problema", "que cada palo aguante su vela". ¿ Y así es como queremos que Dios nos mire con cercanía y nos atienda en nuestras necesidades?

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