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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Carmen Fernández, otra "madre coraje"

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 10 de febrero de 2008, 07:11 h (CET)
(LA JUNTA CONTRA LA DIFUNTA)

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida; esos son los imprescindibles”. Eugen Bertholt Friedrich Brecht

Si yo fuera Iván o Sara, hijos de la finada Carmen Fernández, estaría orgullosísimo de ser carne de su carne y sangre de su sangre; y hasta en un tris de alardear o jactarme por haber tenido la gran suerte de que me alumbrara o pariera la susodicha, otra “Madre Coraje”. Le supongo enterado, desocupado lector, de la amarga nueva (a Gabriel Velamazán, abogado de quien merece, sin ninguna hesitación, este momento ditirámbico, este documento o panegírico y hasta un monumento, que esculpirá, Deo volente, quien sepa manejar con inconcusa maestría el cincel, la oncena victoria judicial le deparó un cóctel emocional a base de “alegría, pena y asco”), la última resolución del Tribunal Constitucional (T. C.), que rechazó el recurso de amparo interpuesto por la Junta de Andalucía contra el fallo que le condenaba a pagar 1,7 millones de euros a Carmen Fernández, por haberle retirado torticera o irregularmente la custodia de sus amadísimos hijos, Iván y Sara.

Itero. La postrera sentencia mentada hace la número once a favor de quien dedicó sus esfuerzos, esperanzas, ilusiones y salud a recuperar a sus retoños. Desgraciadamente (como todo el mundo sabe, la justicia, en España, es lenta, ergo, fraudulenta), lo resuelto por el T. C. llega tarde, pues hace un par de meses que Carmen Fernández, arruinada, sola y víctima de un cáncer, finó sus días en su peregrinaje por este valle de lágrimas.

En palabras de Velamazán, la Junta andaluza (que andaba sin luces, a oscuras), velis nolis, agravó aún más el calvario de la “Madre Coraje”. En el supuesto de que sea así, ojalá sirva de ejemplo; pues, como acertara a sentenciar Charles Dickens en el aserto que sigue, “cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender”.

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