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El molcajete y la licuadora

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
sábado, 9 de febrero de 2008, 10:40 h (CET)
De nuestros ancestros españoles y mexicas heredamos la fascinación por las cédulas y los códices. Lo que no está escrito no existe. Entre más minuciosamente detallado es mejor. Las palabras se las lleva el viento. El cambio va en contra del orden universal. Todo debe seguir según lo dispuso Huitzilopochtli, su Real Majestad Católica o el Servicio de Administración Tributaria. Los herejes deben ser arrojados al fuego. Los guardianes del status lo son también de las virtudes.

Me abruma esta resistencia al cambio. Con la pequeña parte moderna de nuestro cerebro y temperamento damos la bienvenida a las innovaciones. Con el 90% restante urdimos mil maneras de rechazo. Somos como los nativos del África ecuatorial que sentían que los aparatos fotográficos atrapan el espíritu y debían ser destruidos junto con sus operadores, en un ritual de espanto y fascinación.

Hace años, en la revista que fundé se cambió de un sistema arcaico de diseño a uno moderno. Empujar a las formadoras a la actualización fue como lidiar con anguilas enjabonadas. Bajo la mirada del jefe abrían el programa nuevo. Apenas quedaban sin vigilancia volvían al antiguo, conocido, confiable y obsoleto procedimiento. “Es como tener el molcajete junto a la licuadora”, dijo una. “Por si las moscas”. La modernidad debió ser inducida a manotazos y con el borrado de los discos duros.

Fui invitado a dar la conferencia inaugural de un congreso de comunicación en la Universidad de California en San Diego. Al término de la ceremonia una señorita me presentó una forma y un generoso cheque en dólares. En el escrito se asentaba que no era yo empleado de la Universidad y que no tenía adeudos con el fisco nacional. Fue todo. Desde luego invertí los honorarios en mis centros de recreo favoritos. Más tarde, en México, el IMER me convidó a un taller. Llené no menos seis formularios, con más casillas, folios, transcripciones de leyes y reglamentos que el decreto real con el que los de Anenecuilco justificaron una revolución. Hube de entregar copias de identificaciones oficiales y de cuentas bancarias y una declaratoria jurada de que no estaba yo en la nómina de ninguna dependencia estatal. Con el tiempo recibí un exiguo cheque –menos el importe de una torta y un refresco que compré para el viaje a la Gran Ciudad porque la nota no reunía los requisitos fiscales- que tardé meses en cambiar.
Más. Volé a Nottingham a un congreso de periodismo y literatura. Por internet aparté y compré el pasaje aéreo. En el mismo sistema adquirí pasajes terrestres desde Gatwick al pueblo donde, dicen, vivió Robin Hood. El conductor del autobús apenas si miró el impreso que le mostré. Ah, pero acá, cuando compro un boleto electrónico en el ADO para ir a Xalapa, en la ventanilla me piden, primero, la credencial del IFE para asegurarse de que soy yo y no un impostor el que pretende usar el billete de 114 pesos para tomar por asalto la Atenas del Golfo. Después debo firmar original y dos copias de un impreso que repite todos los datos de la tarjeta de crédito –que ya descargó el importe a las cuentas de la empresa- y que durante los próximos 150 años reposará en una bodega con otras cinco mil toneladas de papel. ¡El molcajete y la licuadora! No vaya a ser la de malas.
¿Otro ejemplo? Llevé a Bancomer de la avenida Juárez de Puebla el cheque de 500 dólares que una línea aérea me otorgó en compensación por dejarme en tierra. El gerente tomó el documento con mano cauta, como si fuese papel contaminado. Lo examinó largos momentos, ceñudo, y pronunció la sentencia: “¡Esto no es un cheque!” Sugerí tímidamente que lo cursara por cámara de compensación y, en caso de no ser lo que con grandes letras decía en el anverso, la institución fundada por Espinoza Iglesias me podría llevar a los tribunales bajo cargos de fraude. Me miró incrédulo. ¡Un cliente que cuestiona! Analizó una vez más el documento. ¡Ajá! ¡Está falsificado! Aquí, aquí mismo, en donde dice usted que está su nombre, una “s” fue alterada para convertirla en “z”. ¿Resultado? El sujeto se quedó con copia del documento y de todas mis identificaciones para iniciar el trámite que primero sus superiores debían aprobar… en caso de que certificaran la autenticidad del documento. Eso fue hace seis meses. Otro banco reembolsó el dinero mientras en Bancomer siguen dándole a la mano de su molcajete con la licuadora apagada y en su caja, no se vaya a gastar. Pero Banamex no es mucho mejor. Esta misma tarde, en la sucursal de la avenida Juárez, un atento empleado me dijo que debo esperar cinco días hábiles para que el supercentro de computación del banco me otorgue un número de cliente. Es decir, lo van a buscar a mano… con la mano con que mueven su propio molcajete.
Hoy amanecí dispéptico. Esta antimodernidad me ahoga. En mi Universidad, el formulario para el servicio social comunitario es como la solicitud para dar de alta un laboratorio médico; en la fonda donde como, la empleada, después de consultar con el dueño, me hizo saber que el plato de mole se sirve con bolillo y no con tortillas porque así está en el menú. Dios me ampare.
El día que murió la música
Don MacLean fijó para siempre aquella fecha en “American Pie”: Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. Richardson (22, 21 y 24 años) murieron en un accidente aéreo hace 49 años y nos dejaron sólo la promesa de una música que fue el telón de fondo de mi generación, crecida con el rock lento y la devoción musical de “Peggy Sue”, “Temprano por la mañana”, “Corazonada”, “Donna” y “La boda del Big Bopper”. En su recuerdo, en la prepa 2, adoptamos el nombre de “Los soñadores”. Mucho después caímos en la cuenta de que fue el ritmo rockero de Ritchie el que nos acercó, adolescentes citadinos, a “La Bamba”, y no los albos cantores del Sotavento.

En algún lugar seguirán componiendo y cantando. Recordemos hoy en su memoria el verso de MacLean:

But February made me shiver, / With every paper I´d deliver, / Bad news on the doorstep... / I couldn´t take one more step. / I can´t remember if I cried / When I read about his widowed bride / But something touched me deep inside, / The day the music died.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla (México).

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