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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

García Margallo apedrea el techo del PP

“La imprudencia suele preceder casi siempre a la calamidad” Appiano
Miguel Massanet
sábado, 12 de septiembre de 2015, 06:47 h (CET)
Hay momentos en los que el hombre tiene necesidad de expresar sus ideas y los hay en que, antes de hacerlo, debiera meditar sobre las posibles consecuencias negativas que, el hacerlo, le pueden reportar, tanto a sí mismo como al resto de las personas con las que convive o a quienes está obligado por especiales lazos de amistad o de compromiso político. Evidentemente que, como parece ser una costumbre del señor ministro de Asuntos Exteriores, señor García Margallo, el excederse en emitir opiniones, el pretender salirse de los márgenes impuestos por la más elemental prudencia o el ignorar el daño que pudiera hacer, emitiendo según que opiniones, a su propia formación política; no le preocupa demasiado si debemos atenernos a las veces que ya lleva metiendo la pata desde que le nombraron ministro. Es obvio que, si la persona que comete un error o una imprudencia, tiene la cualidad de ser un dirigente destacado del país y tiene en sus manos la cartera de Asuntos Exteriores, las posibles consecuencias nefastas de su incontinencia verbal, pueden constituir un peligroso y desagradable acto de deslealtad (puede que involuntaria), a la nación a la que representa y, a la vez, un medio de crear confusión en los mismos ciudadanos a los que representa, amén de los problemas que puede crear al gobierno al que pertenece o al partido que lo sostiene..

No estamos, precisamente, en momentos en los que los políticos se puedan permitir veleidades y propuestas absurdas, cuando la situación de España se puede decir que viene lastrada por una serie de circunstancias que, por si solas, ya constituyen motivo de preocupación para la ciudadanía pero que, acumuladas, seguramente constituyen un peligro real de que nuestra patria pueda acabar por perder su propia identidad, con la posibilidad de que los españoles entráramos de nuevo en la dinámica que precedió al inicio de la Guerra Civil española de 1.936., volviendo a épocas en las que el orden, la seguridad y la apropia vida de las personas estaban en peligro.

Don Manuel García Margallo, a escasos días de la fecha de las elecciones catalanas, ha emitido públicamente unas opiniones que han puesto el vello como escarpias al candidato del PP, señor García Albiol, que viene remando a contracorriente para intentar que el PP, en Catalunya, mejore sus expectativas electorales, algo que viene consiguiendo a fuerza de tesón y valentía. El decir que “se debería reformar la Constitución para encajar el hecho catalán” y ceder prácticamente por completo algunos impuestos indirectos a Catalunya, y, en especial, el propio IRPF, como solución a las “reivindicaciones secesionistas”; no sólo es un cañonazo a la línea de flotación a la estrategia del PP para conseguir avanzar en tierras catalanas, sino que es darles municiones a los secesionistas para reafirmarse en que las próximas elecciones tendrán un carácter “plebiscitario” y, en consecuencia, tienen un objetivo que pasa por encima de unos comicios meramente autonómicos.

Es posible que, lo que está sucediendo estos días en la autonomía catalana, en la que todas las televisiones están haciendo un “tour de force”, dedicando todos sus programas a la promoción de la propuesta soberanista; infestando de tertulias, mesas redondas y círculos de opinión a cargo de periodistas, políticos, pensadores, articulistas y presentadores (como el ínclito señor Cuní), entregados en cuerpo y alma a defender la causa secesionista; ya constituya una ilegalidad. El hecho es que no hay periódico, revista, radio o cualquier otro medio informativo que no esté saturado de opiniones encaminadas a intentar vender a los ciudadanos catalanes los beneficios, las ventajas, las mejoras económicas y el bienestar que les va a significar una eventual separación del resto de España, la “verdadera” causante de todas las desgracias y problemas que hoy afectan al pueblo catalán, esquilmado por los “malvados madrileños”. Desgraciadamente, contra esta avalancha soberanista parece que el Gobierno no sabe, no puede, no quiere o no conoce un medio de contrarrestar, con información clara y entendible, que nada de todo lo alegado por los secesionistas se aguanta, que todo sus mentiras, trampas, falsas informaciones o intrigas para que los catalanes lleguen a odiar al resto de España algo que, por desgracia, los que vivimos en esta autonomía, podemos comprobar que va a más a medida que se acerca el día de las elecciones.

No falta más que, por añadidura, empeoremos las cosas con declaraciones de tipo “conciliador”, de carácter contemporizador y de evidente signo apaciguador, como las expresadas por García Margallo, para que se sientan más fuertes, consigan más apoyos y refuercen sus argumentos en pro de su objetivo soberanista. El miedo, el pavor que demuestra el Ejecutivo en este tema catalán ya no es algo nuevo, porque lo viene demostrando desde que se hicieron cargo del Gobierno de la nación. Todos los alardes de acabar con el problema catalán con los que consiguieron que muchos españoles confiáramos en ellos, en cuanto subieron al poder, se desfondaron. Desde entonces todo han sido cesiones; falta de medidas sancionadoras ante las múltiples infracciones, contra el ordenamiento jurídico, cometidas por la Generalitat; ignorar los desafíos directos en contra de nuestra Constitución y, por si faltara poco, pretender apagar la revolución soberanista mediante continuas inyecciones, a través de la financiación directa, las actuaciones del ministerio de Fomento, la llegada del AVE y los 40.000 millones que se les han entregado a la Generalitat, en dos años, para que pudiera pagar a sus proveedores, algo que le hubiera sido imposible por sus propios medios.

A cambio, el resto de españoles, nada más han recibido que bofetadas, incumplimientos, insultos, ataques directos, acusaciones de robo y ataques contra la lengua española, como si no fuera posible que conviviera en plano de igualdad con el catalán. Porque, señores, de lo que se trata es de convertir el tema del catalán en el leitmotive de sus protesta y sus reclamaciones de tipo identitario y secesionista. La inconformidad con la financiación y ayudas que reciben del Gobierno de la nación; su protesta por lo que ellos consideran como una aportación exagerada para contribuir a la solidaridad con otras regiones; su creencia ( fruto de la campaña de lavado de cerebro de los separatistas, machaconamente repetida hasta que ha calado en la mayoría del pueblo catalán) de que si se separan de España van a continuar perteneciendo a la UE, comerciando con ella y recibiendo las ayudas y créditos de los bancos europeos; algo que el mismo señor Junqueras acaba de repetir, en un ejercicio de la más descarada cara dura, cuando ha afirmado que no existe en Europa ninguna ley que diga que la nación catalana va a ser excluida de ella. Lo que ocurre es que la disposición existe, que eso lo han repetido desde el presidente del Parlamento Europeo hasta personajes tan importantes como Merkel, Hollande, Cameron, y cualquiera que no tenga la ignorancia que aparenta tener el señor Oriol Junqueras, sobre un tema con el que no caben bromas, ya que significa el ser o no ser de la hipotética “nación catalana”.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, protestamos enérgicamente contra estos actos impropios de nuestros dirigentes, estos errores garrafales y esta falta de oportunidad demostrada por algunos de los miembros de la directiva del PP en el Ejecutivo. Los españoles que vivimos en Catalunya y somos los principales afectados por lo que pueda suceder ( tanto si ganan los separatistas, como si pierden o pretenden, de una u otra forma, declarar la independencia de Catalunya) si, como es de esperar, los soberanistas decidieran dar el paso definitivo y resuelven afrontar lo que les pueda venir desde el Gobierno o las Cortes españolas a la brava, tal y como lo afrontaron, en su momento, en las tres ocasiones en las que intentaron plantear sus reivindicaciones separatistas. Aunque, evidentemente, no cabe pensar en otro resultado que los tres fracasos que consiguieron en aquellas ocasiones, la fractura social que ello produciría sería difícil de restañar. La Justicia, como ya ha dicho el presidente del TSJC, seguirá actuando y será la encargada de juzgar a quienes infrinjan nuestro código Penal y Constitución. Esperemos que así sea.
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