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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

El sistema de oposiciones

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 8 de febrero de 2008, 04:41 h (CET)
“Saber de verdad es saber
que la ignorancia es lo único que no se puede aprender.”


José Bergamín

Esta tierra tiene mitos incólumes que se mantienen a través de los tiempos. La inseguridad en el juicio personal del que manda o el riesgo de que el mando se convierta en favoritismo inventó el sistema de oposiciones. Medio país, pues, agoniza tras unos “cuestionarios” que, ante el dominio de la demanda sobre la oferta, son pura y simplemente “carreras de obstáculos”. Los tribunales examinadores respiran satisfechos cuando, pasado el primer “ejercicio”, descubren que de los tres mil aspirantes que iniciaron las pruebas, para obtener quince plazas, ya han “caído” más de dos mil quinientos.

La maldad del sistema no procede de su estructura, sino de la terrible necesidad en que se halla una gran parte de la sociedad española de acudir a los escalafones del Estado. Es una verdad inconcusa que las regiones de mayor desarrollo económico proveen de menos funcionarios que aquellos cuyas parvedad económica no puede “acolchar” a sus habitantes. Con ser las oposiciones un sistema calamitoso, una mejor proporción entre el número de “plazas” y el de “aspirantes” acabaría por darles un aire humano e inteligente que permitiría, al fin, convertirlas en un aceptable instrumento de selección.

El sistema tiene su origen en la desconfianza. Nadie quiere creer que un organismo oficial pueda elegir sus colaboradores con la limpia eficacia con que los elige una empresa privada. Por tanto, quien aspire a un puesto, que “oposite” a él.

Las oposiciones suponen un método entre inquisitorial y taurino. Inquisitorial, porque la averiguación de los saberes toma el aire implacable de los métodos del Santo Oficio cuando intenta averiguar las cotas exactas de la sabiduría del aspirante y aún, al parecer -después de leer los recientes debates parlamentarios-, el color de que se tiñen esas sabidurías. Taurino, porque a la arena de la discusión académica desciende el bravo lidiador para sortear las acometidas del difícil toro de los cuestionarios.

En una y otra metáfora no queda ausente un cierto concepto de lo espectacular. Hay “aficionados” a ver los toros desde la barrera del público y suelen presentarse con la apariencia docta de los enterados que saben cuando, en un momento determinado, la oposición se convierte en “trinca” -otro resabio de la España medieval y teológica- asegurando el espectador en cierne que la sesión se presenta llena de dramatismo, susurrándose, incluso, al oído del curioso, que lo más probable es que “haya cogidas”.

En estos casos el buen opositor, a la manera de los grandes diestros, brinda su faena a los tendidos y trabaja con un ojo puesto en el tribunal y otro en el público, que, sólo por la fuerza de la inercia, habremos de denominar “respetable”.

A tan pintoresco ejercicio se entrega bravamente una gran parte de la juventud española, agravando por el exceso de la demanda y la escasez de la oferta un sistema que, en cualquier caso, presenta bastantes de los riesgos de los juegos de azar.

Esta lid permite desde hace muchos años al talentoso del pueblo más escondido sentar plaza de memorión ilustre y obtener los votos para la consecución de un puesto en la máquina del Estado. De esta manera hacemos, y esto es otra curiosa historia, sinónimos la memoria y la inteligencia. Sin que, de modo alguno, intente desvalorizar la primera, ya que lo memorístico es pieza clave para el juego de las ideas, es evidente que el empollón número uno, el que llega a obtener rápidamente el consenso y el aplauso popular es aquel que tiene la virtud, ciertamente admirable, de trasegar las papeletas de los temas y devolverlas, con sonora precisión, ante los tribunales examinadores. El memorión tiene, efectivamente, tan buen cartel que en la tabla valorativa de las gentes se le otorga mayor laurel que a la inteligencia.

La estimación de los valores intelectuales sufre; pues, con el sistema de las oposiciones otro evidente menoscabo. En otros países de Europa se dice habitualmente de un pintor, escultor, de un cantante, de un artista cualquiera que “tiene talento”. Es decir, que el secreto último de la importancia de esas formas expresivas se deriva del riesgo de la inteligencia que se supone rectora de toda actividad espiritual.

Ni la inteligencia ni la sensibilidad adquieren primacía absoluta en los ejercicios de competición de uso en nuestro país. Lo memorístico prima por la sencilla razón de que es “mensurable”. Iniciado el galope de la carrera de obstáculos lo más sencillo es utilizar como índice de valoración un sencillo reloj de arena. El opositor cubre íntegramente el tiempo que se destina o no lo cubre. Es materia juzgada. Y como dijo el poeta: “El tiempo tiene su tema / como si estuviera loco. / Si tú no le das razón, / él no te la da tampoco”.

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