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Etiquetas:   Carta al director  

El exabrupto

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 8 de febrero de 2008, 04:41 h (CET)
“Aprovecha el tiempo, puesto que los días son malos”. Estas palabras del apóstol San Pablo sobrevuelan con intensidad el tiempo presente al experimentar la atmósfera atea y anticlerical que se ha despertado ante la posibilidad de que el Partido Popular pueda vencer en las próximas Elecciones Generales.

Este es el sentido único del exabrupto del actor Alberto San Juan, quien al recoger su Premio Goya pide la “disolución definitiva de esa cosa que se llama Conferencia Episcopal”. Es decir, existe el temor fundado de que el PSOE pueda perder las elecciones, y la víctima propiciatoria, el chivo expiatorio para sumar réditos electorales es la tan denostada, especialmente por los mismos católicos, jerarquía eclesiástica.

Porque oigan ustedes: ¿qué le importa a San Juan, el ateo, la Conferencia Episcopal, si ni siquiera tiene el rango de réprobo o de massa damnata? ¿Qué entiende semejante exhibicionista ideológico de disoluciones de instancias que cuidan de la fe, de la que ninguno es señor, sino servidor? ¿Qué libertad de expresión es la auspiciada desde el Gobierno, protector de cualquier mamarracho totalitario y amordazador único de los que poseen cosmovisiones diferentes a la suya?

San Juan, el ateo, es un exponente magnífico de lo que puede ser un Estado totalitario, donde la Iglesia católica quede suprimida definitivamente de la esfera pública; el escenario de una España extremadamente secularizada, donde se produzca la privatización natural y total de la religión. Ahí es donde precisamente la libertad comienza a desaparecer, porque el Estado reclama para sí la función de la ética. Afortunadamente, no existe todavía ninguna nación caracterizada por esta situación, ni en el norte ni en el centro de Europa.

Mientras tanto, José Blanco amenaza a la Iglesia contra el hábito poco saludable de que los fieles, a través del IRPF, sigan sosteniendo su actividad, y el clero deje de percibir una nómina de seiscientos euros mensuales. ¡No me digan que no es insalubre para el alma acostumbrarse por mucho más tiempo a tanta indigencia intelectual y moral!

Es un síntoma de pulcritud mental querer que las fronteras entre las cosas estén bien demarcadas. Estamos atravesando en España una verdadera crisis; es decir, una auténtica explosión del entramado de costumbres que sostenían a generaciones pretéritas. El ordenamiento jurídico de la presente legislatura lo ha provocado.

Esta crisis lleva al hombre actual a desorientarse, porque es un tiempo de confrontación y división, donde se produce el miedo incluso a la palabra. Es un cambio provocado por la cólera infame de los socialistas, que han adoptado contra el pasado una actitud beligerante, de odio y rencor, que lleva a resucitar la miseria de las dos Españas, a escindir la sociedad en dos grupos.

El sentido de la Iglesia en la cultura actual de España consiste en exponer la presencia de Dios en la sociedad, núcleo de toda cultura occidental y auténtica. En el fondo, esta presencia es la que incomoda al ateo progresista y anticlerical de nuestros días. La Iglesia no puede bajar la guardia y deberá exponer la fe de la Iglesia por entero, tanto en la doctrina, como en el culto y en la ética.

La Iglesia continuará en su empeño único de anunciar el Evangelio. El cálculo del Reino de Dios le llevará a registrar cualquier desventaja como ventaja, la humillación como un honor, la pérdida como ganancia, la calumnia malintencionada como bienaventuranza.

El desafío de excluir del espacio cultural público, de arrojar al gueto a la Iglesia, recluyendo cualquier humus religioso al ámbito privado, es un punto de partida crucial para la evangelización. En esto quizá consista aprovechar el tiempo cuando los días son malos.

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