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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Eliminar las barreras

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 7 de febrero de 2008, 03:38 h (CET)
“Golpeé con mi voz, con mi palabra
-no sé dónde, ni lo sabré jamás-: nadie me abrió.”


Emilio Prados.

La Unión Europea estima en un siete por ciento de su población, el colectivo de personas que padecen algún tipo de déficit funcional, si a dicho colectivo se le añaden todas aquellas personas que padecen discapacidades transitorias ( personas accidentadas en recuperación...) y todas aquellas otras que presentan una movilidad reducida (ancianos) entonces la proporción se eleva al quince por ciento. En España la cifra se eleva a seis millones de personas.

Algo tan sencillo para una gran mayoría de la población como es dar un paseo o sacar dinero de un cajero automático, puede convertirse en una auténtica proeza para las personas discapacitadas. Son muchas las actividades que están vedadas para estas personas por culpa de las barreras arquitectónicas. Un bordillo de acera, unos hermosos escalones que impiden el acceso en la mayoría de los edificios públicos y privados, puertas de entrada tan estrechas que hay que pasar de canto. Todos estos obstáculos hacen casi imposible que el colectivo de personas que sufren discapacidades pueda moverse por su cuenta por nuestras ciudades sin la ayuda de alguien, lo que condiciona de manera significativa su integración en la sociedad.

La multitud de barreras arquitectónicas y sociales con las que viene enfrentándose desde hace tiempo este colectivo ha contribuido a que en un alto porcentaje no haya podido acceder a la educación y se haya visto abocado al analfabetismo. En algunas comunidades autónomas, las tasas de analfabetismo y de paro de la población que sufre problemas de discapacidad son patéticas.

Muchos parlamentos de comunidades autónomas han aprobado normas que contemplan la integridad de las materias que afectan a los minusválidos. Sin embargo, la aplicación de dichas normas no eliminarán todas las barreras. Aún persistirá una, tal vez la más insalvable, que hace extremadamente difícil la plena integración de este colectivo: la barrera de los prejuicios sociales, de la incomprensión y de la intolerancia.

De nada sirven los vados en las aceras para facilitar la circulación de las personas que se desplazan en silla de ruedas, si la falta de sensibilidad hace que numerosos conductores estacionen sus vehículos frente a ellos. De nada vale colocar rampas de acceso, si las puertas que disponen de ellas son las que permanecen siempre cerradas. De nada servirá poner plataformas elevadoras en los transportes públicos si luego no estuviéramos dispuestos a respetar ese espacio para los que sólo pueden disponer de él. No tendrá ningún sentido adaptar los edificios de viviendas o las instalaciones de los clubes deportivos o recreativos, para hacerlos accesibles a las personas con discapacidad si luego no estuviéramos dispuestos a compartir con ellas esos espacios.

Se abre ante nosotros una nueva etapa, que permite imaginar nuevas ciudades más accesibles y próximas, a las diferentes necesidades de los distintos ciudadanos, más ricas en cuanto a la diversidad de las personas que las habitan, más respetuosas para con el individuo y su peculiar “normalidad”. Pero para ello, necesitamos de un gran esfuerzo colectivo, de una mayor dosis de sensibilidad y respeto hacia los demás y, sobre todo, de las voluntad de solidarizarnos con su problema. El gran reto para estos primeros años del siglo XXI es eliminar todas las barreras. Y como exclamó el poeta: “Señor, Señor de todos, ¿se hará el milagro ahora?”

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