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Etiquetas:   Contar por no callar   Política   -   Sección:   Opinión

Felipe González juega con cartas marcadas

No puede dar lecciones de decencia, recuerden los GAL
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
martes, 8 de septiembre de 2015, 06:56 h (CET)
Cuando en octubre del 1982 el PSOE ganó las elecciones generales las calles de España vivieron una explosión de alegría por parte de gentes que llevaban años esperando un momento como aquel. La victoria electoral de aquel joven abogado laboralista sevillano y su “clan de la tortilla” llenó de esperanza a quienes habían esperado durante largos años oprimidos por la cruel bota militar de la dictadura franquista la toma del poder por las fuerzas de la izquierda. Hubo lloros y banderas rojas por las calles de pueblos y ciudades, pero el paso del tiempo se encargó de mostrarnos la cara más dura de la realidad, no se puede dejar de reconocer que se dieron pasos adelante en algunos temas, como en una parte de los derechos civiles, pero aquella Constitución pactada en 1978 por todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria bajo la amenaza de los sables de los milicos había nacido muerta y constreñía a una parte de los ciudadanos españoles, tal y como sigue haciéndolo en estos momentos de la historia.

Recuerdo que la prensa americana en un reportaje calificó al gobierno socialista como “jóvenes nacionalistas”. Nadie dio importancia en aquellos momentos a esta calificación, pero con el tiempo ellos mismos fueron destapándose demostrando su filiación nacionalista, eran y son nacionalistas españoles y a los hechos me remito. En el País Valencià borraron toda seña de nacionalismo valencianista que pudiera haber, se plegaron ante todas las exigencias de la derecha más españolista de España e incluso intentaron hacer desaparecer de sus siglas la P y la V de País Valencià y en Catalunya en estos momentos del antiguo PSC tan sólo quedan despojos.

Ahora, ante las próximas elecciones catalanas del 27-S, han decidido sacar a la luz al “tótem” máximo de la tribu de la rosa marchita y el puño abierto, y el “sencillo ciudadano” Felipe González, que ha pasado de la chaqueta de pana de cuando era simplemente el clandestino “Isidoro” de Suresnes a vivir en la elitista zona del barrio de Salamanca madrileño, después de dimitir del Consejo de Administración de Gas Natural, donde, por aburrirse, ha estado algunos años cobrando 126.500 euros anuales, se ha lanzado al ruedo desde la primera del País para dar consejos a la ciudadanía de Catalunya al tiempo que les advertía del peligro de querer decidir democráticamente su futuro y lo que quieren ser, e insultándoles comparando la situación catalana con el nazismo y el fascismo de Alemania e Italia olvidando, no sé si deliberadamente, que quien tuvo amores y veleidades con estas dos naciones en los años 30 fue la España de Franco.

No puede dar lecciones de democracia, yo al menos no las acepto, quien amparó, al menos lo hizo su Gobierno, a una cuadrilla de asesinos, entre ellos varios policías y guardias civiles des del cuartel de Intxaurrondo incitándoles a tomarse la justicia por su mano y atacando, en más de una ocasión, a gentes que nada tenían que ver con el mundo de ETA. No puede dar lecciones de democracia, no son aceptables, quien acompañó hasta la puerta de la cárcel, mostrando públicamente su apoyo, a José Barrionuevo, su Ministro del Interior y a Rafael Vera, alto cargo de ese Ministerio, condenados a varios años de cárcel por conocer la existencia de los asesinos del GAL y amparar sus correrías. No, señor González, no puede ir impartiendo lecciones de democracia contra quienes lo único que quieren es, una cosa tan sencilla y democrática, votar para decidir su futuro y si la mayoría así lo decide tener con España una relación entre iguales y de respeto mutuo. Hasta ahora los gobiernos de España, especialmente los del Partido Popular, han tratado a los ciudadanos como súbditos y los súbditos se han cansado y, como cantaba Ovidi Montllor “ja no ens alimenten moies, ja volem el pà sencer” (Ya no nos alimentan moyas, ya queremos el pan entero). Un pan que los ciudadanos catalanes están dispuestos a repartir solidariamente, como vienen haciendo desde hace años, con quien lo necesite, pero quieren ser ellos mismos quienes lo repartan.
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