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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Se quejan quienes menos derecho tienen a hacerlo

Se quejan quienes menos derecho tienen a hacerlo
Miguel Massanet
martes, 8 de septiembre de 2015, 06:54 h (CET)
No hay nadie en una nación que no se queje de pagar impuestos, como tampoco nadie acepta que los impuestos que están obligados a satisfacer a la Hacienda pública sean justos. Naturalmente, también son pocos que los que recuerdan que, en un estado democrático, los que ganan más, los que tienen más y aquellos que tienen una posición desahogada que les permita vivir de sus rentas, tienen el deber social, la obligación moral y el compromiso ético de contribuir para que los que tienen menos, los más desfavorecidos, dispongan, si es preciso a cargo de las Arcas Públicas del Estado, de lo esencial para poder tener una vida digna. Es cierto que los impuestos se aplican para todos y también lo es que, en ocasiones, podríamos poner objeciones a algunos de ellos ya fuere por su ineficacia, su inoportunidad o su calidad de repetitivos e injustos o por su cuantía desproporcionada e incautatoria, que gravan en demasía el peculio de determinadas clases sociales que, vean por donde, siempre suele ser la vapuleada clase media. Pero es innegable que, sin impuestos y la dirección del gobierno de la nación, sería imposible que los ciudadanos pudieran disfrutar de carreteras, de aeropuertos, de puentes y ferrocarriles, en ocasión sin rentabilidad económica alguna; servicios y estructuras que, si tuvieren que ser prestados gracias a la iniciativa y el capital privados, es muy posible que nunca llegaran a realizarse, por su carácter antieconómico.

Un elemental principio de proporcionalidad y justicia exige que los impuestos estén en función, en muchos casos, de la capacidad económica de cada contribuyente, para lo cual, el ministerio de Hacienda, establece un escalado impositivo que, en el caso de España y del IRPF, establece unos tramos de las retribuciones percibidas por cada persona física, sobre cada uno de ellos se aplica un impuesto progresivo según cada tramo de percepción, hasta alcanzar el grado máximo de gravamen para los beneficios más elevados. Vaya por delante que, en el caso de las personas con ingresos que no lleguen a un mínimo determinado, no existe obligación de declarar ni de pagar impuestos. Otra cosa son las tasas y los impuestos indirectos, como es el caso del IVA, que van en función del servicio prestado o del objeto adquirido. Lo que es evidente es que no existe Estado sin que los miembros que lo integran tengan un gobierno que asuma las funciones públicas y unos impuestos para que se puedan prestar los servicios, las ayudas, las pensiones, la asistencia sanitaria pública y, en fin, toda aquella clase de prestaciones que la actividad privada no está en condiciones de asumir y que son precisos para cubrir las necesidades comunes a cada colectividad humana.

Dicho esto, no podemos dejar de sentirnos asombrados cuando escuchamos a personas de prestigio, de conocida reputación, de encumbrada posición social y personajes de las altas esferas de los medios informativos o del empresariado quejarse, en muchas ocasiones sin razón, de ser los que más deben contribuir con su tributo, precisamente por ser los que mayores retribuciones acumulan, tanto en sueldos, honorarios o cuales quiera otro tipo de ingresos y por ser los que de mayor patrimonio gozan. En todo caso, nos ha afectado especialmente una entrevista que, esta mañana, se le ha hecho al señor Montoro, el ministro de Hacienda, en la cadena de radiodifusión COPE.

Al respecto y como introducción, nos tenemos que referir a un acuerdo del Consejo de Administración de dicha cadena, presidido por el señor Fernando Giménez Barriocanal, por el cual decidieron cambiar al conductor y director de La Mañana de la COPE, el señor Angel Expósito, un excelente periodista, un magnífico comunicador y con el añadido, algo muy de agradecer en los tiempos en que vivimos, de disfrutar de un sentido del humor capaz de limar las naturales asperezas que habitualmente surgen entre los distintos tertulianos que acuden al estudio de la radio. Los habituales oyentes de la cadena ignoramos las causas que han llevado a sustituir al señor Expósito por el señor Carlos Herrera, otro buen comunicador, buen periodista y veterano en estas lides de la radiocomunicación. Sin embargo, si el señor Herrera tiene méritos suficientes para la misión que le han encomendado, también tiene sus puntos discutibles y uno de ellos es su egolatría, su tendencia a situarse en el lugar de Dios en sus programas y el rodearse de la habitual camarilla de lo que, en el semanario La Codorniz, se calificaban como “pelotas”, con la evidente misión de mantener el incienso encendido para aventarlo cada vez que conviene ensalzar la figura de su jefe.

Fuere como fuere, en la entrevista de esta mañana, como era obligado, se preguntó al señor Montoro sobre el problema de los inmigrantes, se recordó el incumplimiento de la promesa de bajar los impuestos, incumplida por el PP y, ya en plena controversia, se le achacó al ministro que no se bajaran más y que hubieran incumplido su promesa de disminuirlos. El señor ministro intentó, interrumpido en varias ocasiones, dar una explicación sobre la herencia recibida del PSOE de Zapatero ( un 50% de deudas superiores a las que declararon tener cuando cedieron los bártulos a sus sucesores del PP) justificando la necesidad de aumentar los impuestos, precisamente, para impedir el desastre que hubiera supuesto para España y los españoles el tener que acudir al “rescate” de la CE si, como ya se daba por cantado, se hubiera tenido que recurrir a tan gravosa medida. Lo cierto es que, la tensión aumentó en el estudio tal y como si el señor ministro, en lugar de una entrevista en la COPE hubiera sido entrevistado en cualquier radio comunista en la que se le hubiera querido desprestigiar y darles la razón a todos aquellos, de las izquierdas, que no tienen otra intención que librarse de él.

El señor Herrera, visiblemente alterado, insistió, una y otra vez, en que los impuestos habían aumentado mucho y en que, si bien ahora habían disminuido (reconoció que, en su caso, le habían bajado en tres puntos) existía suficiente margen para que lo hubieran sido más. Cometió el presentador un desliz, porque para que su contribución a Hacienda le hubiera disminuido en tres puntos, significa que su salario o las retribuciones que viene declarando, son muy elevados lo que significa que debe ser de los contribuyentes que alcanzan el tramo más elevado del impuesto. En todo caso, el ministro argumentó, con toda la razón, que si los impuestos subieron en su día, lo hicieron cargando, en especial, a los que más ganaban y que, en el caso de los que menos afortunados, también se subió el mínimo exento, debajo del cual ningún ciudadano está obligado a declarar ni a pagar impuesto. Lo cierto es que tuvimos la sensación de que, en lugar de que el ministro se encontrase en una cadena amiga o, al menos, imparcial, se encontraba sujeto a un tercer grado por parte de presentador y de los contertulios que le acompañaban que, conviene decirlo, no parece que sean los mismos a los que se invitaba en la etapa anterior.

Y es que el utilizar los medios de comunicación, no para informar a los ciudadanos de lo que sucede, las causas de lo ocurrido o los motivos por los que no se tomaron otras decisiones, si no para quejarse, lamentarse y pedir explicaciones de unas medidas que, es evidente que afectaron, al bolsillo del señor Herrera más de lo que le hubiera gustado; ni es correcto, ni forma parte de la labor del comunicador, ni está bien visto y, en especial, delata una falta de perspectiva política suficiente para comprender que, en aquellos momentos de cambio de gobierno y las especiales circunstancias que se daban en aquellas fechas, no dejaban al nuevo ejecutivo otro camino que incumplir sus promesas y actuar de la forma en que lo hizo. Podemos comprender el disgusto del señor Herrera al ver disminuido su peculio a causa de sus obligaciones con Hacienda, sin embargo mucho nos tememos que, en su caso, el descalabro sea de tal magnitud que le impida tener una vida cómoda, viajar y tomarse unas copas con sus amigos. Otros, señor Herrera, no pueden decir lo mismo y tienen que conformarse con menos aunque, en este caso, no deban pagar nada a Hacienda.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos admiramos de que, en momentos en que los que no queremos ni el comunismo ni el separatismo de Catalunya, seamos los que, vayan ustedes a saber el por qué, parece que disfrutamos tirando piedras a nuestro propio tejado. Y es que los hay para todo, incluso para pifiarla.
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