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Etiquetas:   Cartas al director   -   Sección:   Opinión

Ecología humana: Aceptar la propia naturaleza

Pepita Taboada, Málaga
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@DiarioSigloXXI
lunes, 7 de septiembre de 2015, 22:51 h (CET)
Es constatable que en cada momento histórico aparecen nuevas realidades que desconciertan o pueden desconcertar a los afectados por la “novedad” y a los espectadores que lo contemplan, sin saber si se trata de algo positivo o rechazable, sobre todo para aquellas personas que desean vivir de acuerdo con la ley natural.

Para los cristianos y personas de buena voluntad existe el Magisterio de la Iglesia donde se acude para tener un criterio inequívoco del asunto de que se trate y donde se ofrecen abundantes razones para iluminar esas nuevas realidades.

En la reciente carta encíclica LAUDATO SI´ el Papa Francisco aborda magistralmente el tema sobre el cuidado de la naturaleza: “Contaminación y cambio climático, La cuestión del agua, La pérdida de biodiversidad, Deterioro de la calidad de vida y degradación social”, etc. etc. pero sin olvidar aclarar que la ecología humana entra dentro de la naturaleza “e implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno”. Cita a Benedicto XVI cuando dice que: “existe una “ecología del hombre” porque “también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo”. En esta línea -prosigue el Papa Francisco- ”cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil del dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana”. “Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma”.

Está claro que me estoy refiriendo a la cuestión sobre el deseo de cambiar de sexo en adultos jóvenes y niños: La transexualidad, presente en esta Carta-Encíclica.

El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios explica: “No se puede violar la integridad física de una persona para el tratamiento de un mal de origen psíquico o espiritual. En estas circunstancias no se presentan órganos enfermos o funcionando mal; así que su manipulación médico-quirúrgica es una alteración arbitraria de la integridad física de la persona. No es lícito sacrificar al todo, mutilándolo o extirpándole una parte que no se relaciona patológicamente con el todo…

Son muy claras unas palabras de Benedicto XVI recordando que, según la filosofía de género, “el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido (…) El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho prestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear”. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: “Hombre y mujer los creó” (Gn 1,27) No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón y mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza…”.

Quiero apostar por una cultura que sepa defender y colaborar con el cuidado de la naturaleza pero sin olvidar que “el objetivo no es recoger información o saciar nuestra curiosidad, sino tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar” (Laudato Sí, n.19).
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