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La ciencia y la sabiduría

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 7 de febrero de 2008, 03:29 h (CET)
La gente suele creer firmemente, aunque no lo entienda, todo aquello que se presenta como científico, a pesar de que la ciencia solo ofrece sobre las cosas verdades provisionales, sujetas siempre a revisión, pero como la ciencia aliada con la técnica muestra su poder y su eficacia al crear una multiplicidad siempre creciente de objetos materiales, hemos hecho de ella un ídolo que nos incita: todo esto te lo daré si me adoras y ¡consumes!

Hay quien se ha dado cuenta de que una aceleración del consumo puede acabar con nuestro mundo y habla de desarrollo sostenible y propone complicadas medidas para que las ejecuten gobiernos y organismos internacionales, aunque pienso que sólo hay una manera de terminar con esta civilización del despilfarro y es volviendo a las viejas virtudes de la sobriedad y la austeridad. No es fácil convencernos de que podemos prescindir de tanto invento y tanto cachivache que se queda rápidamente obsoleto para hacernos sentir la necesidad de reemplazarlo por otra cosa que nos va a hacer más felices, pero seguiremos igual de insatisfechos. Aunque consiguiéramos poseer todas las cosas que nos ofrecen, nunca quedaríamos saciados. Las necesidades pueden ser saciadas, los deseos nunca.

En la era de la información masiva podemos saber cada vez más sobre las cosas pero menos sobre nosotros mismos. La obsesión por el desarrollo y el progreso material nos ha hecho olvidar lo esencial, nuestro origen y nuestro destino. Si creemos que estamos aquí por azar y sólo nos espera la nada, todo carece de sentido. Si nos paramos a reflexionar, es decir si nos miramos por dentro, nos encontraremos que hay algo en nuestro interior absolutamente descuidado: nuestra alma, nuestro espíritu, que no puede saciarse con las cosas. El abandono de la trascendencia nos ha llevado a un vacío interior que pretendemos llenar como sea.

El saber sobre nosotros mismos, la sabiduría que puede ayudarnos a encontrar una plenitud de sentido a la vida es el reconocimiento de que nuestra existencia nos ha sido dada, regalada, y que tenemos que responder a tal regalo con la apasionada búsqueda de Aquel de quien proviene todo lo bueno, lo bello y lo verdadero. Todo lo contingente nos resultará efímero y engañoso, siempre necesitado de ser sustituido por otra cosa que también resultará engañosa y efímera. Desde lo más profundo de nuestro ser tendemos hacia lo Absoluto. Si entramos dentro de nosotros mismos nos daremos cuenta de que no podemos aceptar que los verdugos triunfen sobre las victimas y, aunque sea de forma intermitente, tenemos que escuchar un latido de esperanza o de miedo cuando pensamos en que hemos de morir y ¿después qué?

Es necesario cuidar el alma, la verdadera esencia de cada uno, con tanta o más atención que la que dedicamos a nuestro cuerpo al que tratamos de nutrir con comida sana y tonificar con el ejercicio, mientras que alimentamos nuestro espíritu con basura y lo dejamos languidecer sin ejercitarlo. Tenemos que aprender a prescindir de todo aquello que no sea esencial para poder gozar de la contemplación de la belleza que se nos ofrece gratis en la naturaleza, esa naturaleza que estamos destruyendo con nuestra insaciable voracidad de progreso y desarrollo.

No debemos seguir adorando a un ídolo, ni aceptando como dogmas irrebatibles todo lo que nos cuenten los científicos, ni dejarnos deslumbrar por la eficacia de sus resultados que, a menudo, ocultan los nuevos problemas y necesidades que nos crean y nos van encadenando.

El conocimiento científico, valioso en sí, no debe nunca sustituir a la sabiduría, conocimiento del alma y mucho menos tratar de expulsar a Aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos, el único que puede mantenernos en la esperanza y darle un verdadero sentido a la vida.

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