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Jerarquía fundamentalista

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 6 de febrero de 2008, 02:08 h (CET)
La palabra “fundamentalismo” procede de un movimiento protestante americano que sostenía, frente a la arbitrariedad del protestantismo liberal, que la Biblia debe ser tomada literalmente. Más tarde este concepto se politizó. Hoy se designan como fundamentalistas a los terroristas o a personas que sencillamente están convencidas de algo. Según lo dicho, el selecto católico ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ha identificado a los obispos con los terroristas. Al menos, los ha asociado conceptualmente.

Las convicciones se asocian con la intolerancia. Esto es así en teoría. Es decir, las convicciones son teóricamente intolerantes, pero la intolerancia teórica no implica una intolerancia práctica. Si la Conferencia Episcopal Española (CEE) recomienda a un católico que no vote al PSOE, y es algo que éste no quiere hacer, no le puede obligar a hacerlo.

Moratinos ha dicho que la jerarquía eclesiástica es fundamentalista. Y el fundamentalismo, per se, lo que hace es entrar en colisión con el Estado democrático, con el pluralismo religioso, moral y cívico, que sólo puede ser teóricamente defendido desde un Estado laico. Lo que dice el ministro de Exteriores (si es que sabe lo que dice) es que la Iglesia es totalitaria, que no acepta el Estado democrático ni la legitimidad de la independencia del Estado y la Iglesia.

Pero mientras Moratinos juzga el carácter neointegrista y neoconservador de la jerarquía (algo que produce vértigo, porque en cuanto uno tiene convicciones ya lo tachan de intolerante y dogmático), Zapatero no pierde el tiempo y, en línea con Alfonso Guerra, que solicita la revisión de los Acuerdos entre la Iglesia y el Estado, se muestra amenazante: “no me reconocería a mí mismo si mi reacción por la campaña antigobierno que hace la CEE contra el PSOE fuera privarles de la financiación”.

¿Por qué se permiten este tipo de provocaciones al presidente de una nación mayoritariamente católica? ¿No es anticonstitucional esta formidable dictadura de las buenas maneras y del talante? ¿A qué se refiere, asimismo, el ministro de Justicia (con otro talante) cuando anuncia una “respuesta contundente” a la nota de los obispos?

Hay un hecho sorprendente en la actualidad en la sociedad española: el advenimiento de la Iglesia al centro de la vida pública; que no es sólo vida política, sino intelectual y moral, económica y religiosa. La actualidad pública de España se caracteriza por un permanente ataque del Gobierno a la Iglesia.

La opinión vulgar ve en semejantes provocaciones sólo un tumor inesperado y casual sobrevenido a última hora; una cortina de humo, en todo caso, para postergar los alarmantes problemas en que se encuentra sumida la sociedad. No es así. De hecho, Zapatero piensa que identificar a los obispos con la derecha produce réditos electorales, moviliza un voto de izquierda anticlerical irracional y atávico.

Actuando así, el PSOE hace incompatible su apoyo con la fe católica. Los socialistas no admiten la posibilidad de concurrencia entre la democracia laica y la religión pública. Para ellos es impensable establecer algún tipo de sinergia entre la Iglesia y el Gobierno.

Lo que el Gobierno intenta mostrar a la sociedad es que la jerarquía católica se encuentra polarizada en el clericalismo del poder, una autoridad capaz de arrogarse el influjo de la política desde criterios eclesiales.

Por su parte, la indocilidad política al Gobierno que ha manifestado la Iglesia en su Nota para orientar el voto católico no sería grave si no proviniese de una más decisiva indocilidad intelectual y moral, una insumisión jurídica y normativa. Cuando no hay subordinación es porque se carece de excelencia. Cuando la subversión moral alcanza a la política, ha recorrido ya todo el cuerpo social.

España se ha quedado sin moral. Sufre al menos el riesgo de una grave desmoralización, que se manifiesta en el ordenamiento jurídico, y tiene su origen en un Gobierno mediocre, ingente productor de ampliación de derechos y poco exigente con el esfuerzo y las obligaciones.

España aspira desde el Gobierno a vivir sin supeditarse a moral o instancia superior alguna. Y cuando esto ocurre, lo que triunfa es lo más fácilmente asimilable; es decir, lo más rematadamente estúpido. Cuando una nación se desmorona es porque cada miembro se cree soberano de sí mismo.

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