Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Aquella noche de amor

José García Pérez
viernes, 4 de septiembre de 2015, 22:47 h (CET)
Destinado como Maestro Asesor en la cabila de Beni-Bu-Ifrur, pasaba la mayor parte del tiempo, exceptuando el dedicado a la enseñanza, a recorrer las minas de Uixan y Setolázar y jugar alguna partida de cartas con compañeros de estudios destinados en aquellos parajes del Protectorado de España en Maruecos.

La casa-escuela se encontraba situada en Afra, una pequeña diseminación de chabolas en las que, en precarias condiciones, vivían grupos de ciudadanos marroquíes; entre Nador y Segangan, la CTM, compañía de viejos autobuses, hacía una parada, y en ella bajaba para recorrer cerca de cinco kilómetros; para ello me introducía en una especie de vereda, salpicada de chumberas y pequeñas chabolas, que conducía hasta las dos unidades escolares, con sus correspondientes casas para maestros, que se convertían en el único foco de cultura occidental del triángulo formado entre Tahuima, Uixan y Setolazar.

Ya por la noche, un antiguo quinqué alumbraba algo el libro de matemáticas en el que el capítulo dedicado a variaciones, permutaciones y combinaciones se había convertido en mi viacrucis particular; mi única tarea, durante ese intento de matar el tiempo a falta de amistades con las que hablar, era intentar aprobar oposiciones al Cuerpo de Maestros Nacionales.

Escuché unos tímidos golpes en la puerta de acceso a casa, y con el quinqué en la mano abrí la misma; con el rostro tapado por un pequeño velo, se encontraba Fatma, hija de Buarfa, el hombre de confianza del comandante Bedoya; ambos habían participado en la guerra civil española en el bando nacional.

Los ojos de ella eran negros como el azabache y su cuerpo desprendía un aroma a janna y olor a mujer. Se despojó del velo, y el quinqué encendió la apagada luz de su rostro; era salvajemente bella y estaba dulcemente asustada. Sonrió o, al menos, intentó hacerlo. Dejó que se deslizaran sus ropajes y mostró toda su hermosura escondida a los ojos de los demás.

Apagué la mecha y me abrazó con la dulzura de la gacela, mientras me acariciaba la cara; no sabía besar, pero aprendió en un instante. No son necesarios programar cursos de amor para la práctica del mismo; ambos cuerpos se fundieron en uno, y un mismo jadeo y suspiro inundó la oscuridad del recinto; nos amamos hasta quedar exhaustos.

No había existido palabra alguna de por medio, pues ninguno de los dos hablábamos el idioma del otro. Se puso sus ropajes, escondió su rostro en el velo, abrió la puerta, me miró y sus ojos se quedaron durante toda la noche conmigo, mientras me decían algo que no supe descifrar.

Todo un sueño.
Comentarios
Escribe tu opinión
Comentario (máx. 1.000 caracteres)*
   (*) Obligatorio
Noticias relacionadas

Amigos para siempre

¡A saber cómo vamos a salir de esta!

Que viene, que viene. El ministro Catalá

Y llegó el ministro Catalá, con Lesmes, al desayuno de Nueva Economía Fórum en el hotel Ritz

El progreso de estos tiempos

18/10/2017 00:00:23

El olvidado crimen de lesa patria

Entre el PP y JxSí están haciendo de este país un total desastre

¿De qué depende la auténtica calidad de vida en la vejez?

La esperanza de que las cosas podrían mejorar alguna vez, va esfumándose sobre todo entre los jóvenes
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris