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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Desgana ante opiniones

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 5 de febrero de 2008, 02:03 h (CET)
La abundante información que inunda a la sociedad contemporánea es fuente inevitable de tentaciones para, con ella, opinar “de todo”. Unas opiniones son prudentes, o simplemente, “hogareñas”, de nivel casero. Ni se proclaman en voz muy alta, ni se alardea de ellas. Otras, en cambio, se hacen oír como desde una posición encumbrada en un medio de expresión, bien sea radiada (“radial”, como se dice en Hispanoamérica), televisada, o simplemente escrita en una rimbombante columna. Más, todas las opiniones son similares, y se emiten con parecidos elementos de juicio. Un aburrimiento.

Algunos, al hacerlas públicas, hacen gala, además, de su erudición, colocando la “opinión” en un contexto cultural que parece dotarles de mayor contenido. Sin embargo ¿es más autorizada la opinión sobre Hillary Clinton, por ejemplo, de un ama de casa, o la de un engreído comentarista? Más o menos, las fuentes de información son equivalentes, televisión, radio, periódico, o Internet, dejando aparte, en justicia, los libros y el bagaje cultural que cada uno haya incorporado con su esfuerzo personal.

Todo depende del razonamiento, del sentido común que adorne a quien emite la opinión. Casi, casi… “lo demás, es lo de menos”, en este caso. Un botarate informado (por muy leído y “escribido” que esté) siempre será un botarate. Y aquí radica uno de los permanentes males de la Humanidad, porque ya se sabe, que, según consta en el bíblico libro del Eclesiastés, y repite Cervantes por boca del Ingenioso Hidalgo: “Stultorum numerus, infinitus est”, que el número de tontos, necios, botarates, y etc. es infinito. Y esto es cosa muy seria, porque “infinito” es infinito, es decir: Ilimitado, sin límites. Lo que viene a ser que “todos” los mortales estamos incluidos en esa consideración.

¿Qué hacer ante esta radical calificación de tan altas autoridades? Por muy drástica que parezca, tampoco se trata de desautorizar, por principio, a cualquiera que expresa sus opiniones; pero, sí para poner un juicioso “filtro” que evite las osadas y necias proclamas. La necedad no sólo se manifiesta en opinar, sino, también, en el modo de escuchar. Sin escepticismo, pero con prudente reserva, ¿cómo negarse a “aprender” donde exista la menor oportunidad?

De entre esa infinitud de necios, sin duda existen quienes con esfuerzo y sencilla disposición, han conseguido ser cada vez menos mentecatos, y su capacidad es digna de consideración. Más, ¿cómo conseguir ser, cada día, un poco menos majadero? Hay algunos que han llegado a tal punto de “no retorno”, que, de tanto madurar en la estulticia, llegan a creer que “ellos” no lo son, los demás, sí; patético. La toma de conciencia de la propia tontería, es una gran escuela, y, por eso resulta conveniente, que, cual pelota lanzada contra la pared de un frontón, las estupideces vuelvan contra uno. De aquí que sea de envidiar quien así lo acepte, y, de ahí también, que de lo peor que puede suceder en la vida es la lisonja inadecuada, la coba. El pelota que, boquiabierto, señale: ¡Qué bien te expresas, maestro, te has superado!... Un viejo dicho recuerda sabiamente: “¡Adula, adula!... que algo queda.”

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