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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Liberalismo

Antonio González (Málaga)
Redacción
lunes, 4 de febrero de 2008, 13:00 h (CET)
El pensamiento liberal emana modernamente desde el racionalismo del siglo XVIII contra el absolutismo del Antiguo Régimen, con una filosofía de libertad individual basada en los derechos naturales del hombre como principio y fin de todas las cosas. Cuyos ideales, están basados en el estudio y percepción de sí mismo como ser singular en el universo. Pero donde realmente tiene sus raíces más profunda es en la filosofía de Aristóteles que, en contra de su maestro Platón, proponía un concepto de pensamiento político y social distinto. La filosofía aristotélica concebía un modelo de sociedad en el que la soberanía radicaba en los individuos y ascendía a los gobernantes. Quizás esta es la primera concepción de la democracia.

Desde la connotación ideológica del liberalismo, sus detractores y enemigos siempre han pretendido soterrarla al ámbito exclusivo de la economía; pero el liberalismo es mucho más. Es la convicción y proclamación de la libertad absoluta elegida del individuo ante la imposición unitaria y coactiva del Estado. El hombre por encima del colectivo, como sujeto de derechos y deberes con la limitación lógica y natural del respeto a los derechos de los demás y la garantía de igualdad ante la Ley. Y ello, es cimiento que se ha ido consolidando en todo el mundo occidental basado en que sus ideales filosóficos y doctrinarios están pensados por y para el hombre. Es un conjunto de ideas que permite la aceptación e integración de los valores naturales del individuo. Asimismo, intenta armonizar libertad y orden. No impone su ideología, sino que deja que el individuo actúe según su conciencia ética, basada en los valores de la familia, la razón, la fidelidad, la lealtad, el compromiso, etc.

El liberalismo posee argumentos claros y sencillos: los liberales tienen la profunda convicción de que el Estado ha sido pensado y dispuesto para servir al individuo y no al contrario. Conciben el valor de la libertad individual como una condición básica e insustituible para alcanzar el mayor grado de progreso mediante el fomento de la iniciativa privada –para no estar a merced del Estado-. Creen en las libertades consagradas de la Declaración Universal de Derechos del Hombre y, que las mismas, deben estar sostenidas por los valores democráticos constitucionalistas. Es decir, en un sistema de gobierno democrático sustentado por una constitución que reglamente las reglas de juego político, asumiendo los principios fundamentales que garantice de que nadie pueda eliminarlas por imposición de aventuras políticas antidemocráticas.

La ideología liberal sabe, efectivamente, de la necesidad del Estado; pero lo concibe con limitaciones legalmente establecidas rechazando cualquier tipo de tiranía u opresión desde él, bien mediante algún dictador “divinizado” o, bien con la intervención “divinizante” de grupos violenta-ideológica-dictatorialmente auto impuestos que generalmente terminan en terrorismo de Estado o en tronadas colectivistas del terror, sumiendo a la sociedad en profundas miserias y hambrunas, cuando no, en terribles baños de sangre como ha quedado demostrado en el siglo pasado: comunismo, nazismo, fascismo. Quedando patente la necesidad de la libertad ante todos los anhelos de la persona y el conocimiento de que los valores democráticos exige una constante vigilancia y dedicación, para que los derechos básicos de la humanidad no sean agredidos y pueda decirse permanentemente lo que decía un notable palatino en la Dieta de Polonia: malo periculosam libertatem quam quietud servitium (Prefiero una libertad peligrosa antes que una esclavitud tranquila).

Y por esas circunstancias, para reducir al mínimo los peligros involucionistas que puede darse en cualquier sistema libre, los liberales creen implícitamente en la teoría de la división de poderes –Legislativo, Ejecutivo y Judicial- establecidos por Montesquieu en “El Espíritu de Las Leyes”. No permitiendo bajo ningún concepto la acumulación de más de un poder, porque eso lleva a la dictadura y a crueles tiranías.

Los grandes filósofos y pensadores del liberalismo –John Stuart Mill, John Locke, F.A. Hayek, Hans-Hermann Hoppe, Adam Smith, etc., han coincididos siempre en los conceptos inamovibles antes expuestos y en que la forma de sentir el liberalismo es la forma más natural del hombre. Es en sí misma, la ideología menos idealizada puesto que NO propone soluciones “a priori” a los problemas de la sociedad, ni impone autor o autores –el Estado, el colectivismo- que los resuelva mediante medidas coactivas, sino todo lo contrario, da toda la libertad al individuo para que lo resuelva por sí mismo, ya que es el que mejor conoce cuál es su propio problema y cuál es la posible búsqueda de solución al mismo. Por consiguiente, las estadísticas globales de la eficacia de libertad de mercado, prosperidad, educación y satisfacción general de las necesidades humanas sólo corresponden a aquellos países –los más prósperos del mundo- en los que ha coincidido el desarrollo social con los valores del liberalismo llevados a la práctica.

Y por último una pregunta: de todo lo expuesto tan someramente, casualmente han visto reflejado qué partido político se asemeja más en su concepción humanística de entender la vida, la sociedad, el estado y los valores democráticos que no sea el PARTIDO POPULAR en su versión española, europea y mundial.

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