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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Fiestas populares

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 4 de febrero de 2008, 13:00 h (CET)
“En el tablado del paseo
alzado a la gloria de Orfeo, los músicos municipales,
si no con gran ajuste, con el mejor deseo, soplan en los metales.”


Salvador González Anaya

La fiesta es un complejo cultural universal y un fenómeno social. Considerada por muchos como un paréntesis en el acontecer de las sociedades; sin embargo, aparece cada día más como un fenómeno de excepcional importancia en el que las características de la sociedad, incluso las más ocultas, quedan reflejadas a niveles reales o simbólicos.

Las fiestas congregan, como ninguna otra activad, a los miembros de una comunidad, en unos espacios concretos y determinados en los que las clases, los grupos de edad y los sexos desempeñan sus roles durante varias jornadas.

La importancia que se le presta en la actualidad viene dada, también porque en las fiestas influyen muy diversas facetas de la vida social. Por otra parte, las fiestas son siempre un acontecimiento en que los aspectos económicos de la vida pasan a primer plano de muy diversas formas. Hay familias que equilibran sus presupuestos con los beneficios de las fiestas, muchas fiestas mayores por otra parte, han sido anteriormente ferias o mercados anuales.

Finalmente, las fiestas son la mejor ocasión y, a veces la única, en que la vida social se desarrolla en su plenitud, acuden ganaderos y agricultores desparramados todo el año por la sierra o el valle, regresan los emigrantes, se reúnen las familias extensas dispersas, se actualizan las relaciones de amistad, se reconfirman los “status” y los ciudadanos se identifican con su pueblo o ciudad.

Es también la fiesta ocasión en que aparecen claramente situaciones ocultas o disimuladas de rivalidad, intento de predominio y autoestimación con respecto a las demás comunidades.

No podía faltar a la fiesta el componente político, entendiendo éste como las actitudes que generan en la comunidad los sucesos políticos del país, así como las relaciones entre comunidades. Entre las funciones sociales destacaremos, en primer lugar, la de servir como elemento de identificación de la comunidad y reforzar la existencia de la misma. Cada unidad de agrupamiento tiene su fiesta; puede llegar a decirse que un pueblo existe cuando tiene fiesta propia y deja de ser cuando la pierde.

Para algunos, la fiesta impide el cambio y refuerza el orden establecido, para otros, en la fiesta hay implícitos aspectos progresistas que pueden llegar a producir cambios radicales en la sociedad.

Frente a la teoría de la fiesta como mantenedora del orden social, sólo hay que recordar la existencia de numerosos casos que hablan de la sistemática persecución a que han sido sometidas ciertas fiestas populares. El carnaval ha sido objeto de regulación, canalización y prohibición desde el siglo XVI hasta casi nuestros días. A pesar de ello, la celebración de los carnavales, antes de 1936, era muy amplia en España, y para sobrevivir tuvieron que modificarse hasta extremos irreconocibles, como ocurrió en el Carnaval de Cádiz, camuflado durante años bajo el título de Fiestas Típicas Gaditanas.

El pueblo es elemento indispensable para la realización de una fiesta. Sin gente no hay fiesta popular. La fiesta, a diferencia del espectáculo, es participación. La presencia de las gentes es para muchos el único elemento calificador que permite hablar de una fiesta como muy alegre o muy animada. Este ser indispensable del pueblo no significa, en manera alguna, que sea tomado en cuenta. “La feria consiste –decía un jornalero malagueño- en la mitad del pueblo divirtiéndose y la otra mitad mirando a la primera mitad”.

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