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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La poesía social

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 2 de febrero de 2008, 22:12 h (CET)
“Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos, pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?


Miguel Hernández.

La poesía no se hace sólo con el corazón –llamando corazón al sentimiento-; tampoco se piensa sólo con el cerebro. Piensa el sentimiento, siente el pensamiento, nos repitió don Miguel de Unamuno. El poeta en la poesía social incorpora a su obra sus preocupaciones y sentimientos tan legítimos poéticamente como cualesquiera otros: amorosos, religiosos, estéticos. Su postura ante la realidad del mundo en que vive le lleva a convertir esas experiencias, y precisamente ésas, en materia poética. Quizá es, en el fondo un moralista, porque ya hace tiempo que para muchos el fundamento de la moral es la justicia. Quiere decirse que la poesía social es protestataria, se alza contra una situación que considera injusta y es revolucionaria, porque va motivada por un deseo de que se transformen determinadas estructuras sociales.

La queja del poeta social es siempre frente a un estado de cosas humanas y cambiables. Y se puede hacer poesía social desde posturas ideológicas diferentes, pero sólo desde aquellas ideologías que postulan la dignidad de la persona humana sin distinción alguna y que reconocen la igualdad y la libertad como principios. Una poeta social podrá escribir desde una ideología marxista, o desde un credo cristiano, o desde cualquier otra creencia que condene la explotación del hombre por el hombre.

Es ya un axioma que la poesía española contemporánea parte de tres nombres ejemplares: Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno y Antonio Machado. Los tres coinciden en el Modernismo y pueden entrar en la generación del 98.

El conformismo y la pereza mental de la poesía burguesa, con retórica amanerada y mediocre gusto, fueron sacudidos por lo que Juan Ramón Jiménez definió como “movimiento de entusiasmo y de libertad hacia la belleza”. Si la influencia de Unamuno ha sido grande en muchos de los aspectos de nuestra actual poesía y es un antecedente de la poesía social, mayor aún es la Antonio Machado, el cual defendió siempre, en prosa y en verso, un sentido temporal y un contenido humano para la lírica. El “piensa el sentimiento, siente el pensamiento” de Unamuno, y el “quien no habla a un hombre no habla al hombre, quien no habla al hombre no habla a nadie”, de Machado son dos postulados esenciales para la concepción de la nueva poesía.

Alberti abre lo que podemos llamar periodo contemporáneo de la poesía social. Su “Elegía cívica”, cuyo título completo es “Con los zapatos puestos tengo que morir”, está fechada en 1930, y editada en 1934, por la editorial de la revista Cruz y Raya, de José Bergamín. Tampoco puede faltar aquí el nombre de Lorca, uno de los representantes de la generación del 27, sobre todo su libro Poeta en Nueva York, reacción contra un mundo mercantilizado, deshumanizado, que aplasta con el progreso industrial masificado lo primitivo y puro de la vida. Otros poetas de la misma generación que contribuyeron con sus poemas, con su actividad literaria y con su postura personal a la incorporación de la poesía a fines sociales fueron Serrano Plaja, Aleixandre, Neruda, León Felipe, Altolaguirre, Prados, Cernuda, Bergamín, Rejano, César Vallejo, César M. Arconada, Dámaso Alonso, Garfias, Moreno Villa, Guillén, Salinas, Sánchez Vázquez.

Pero donde la poesía va a tomar un carácter social muy cualificado y desde donde va a ejercer notable influencia, es en la obra de Miguel Hernández, que pertenece ya a la generación del 36.

Entre los poetas de postguerra de este signo citaremos a Garciasol, Crémer, Celaya, Otero, Ángela Figuera, Hierro, Eugenio de Nora. La preocupación social continúa en la siguiente promoción de poetas, la que podría llamarse del cincuenta. Entre ellos citaremos a Carlos Sahagún, Ángel Crespo, Eladio Cabañero, José Ángel Valente, Ángel González, Gil de Biedma, Rafael Morales, María Elvira Lacaci, Félix Grande.

Estos poetas dan una réplica a quienes, en una pobre idea del arte, suponen que la poesía no tiene más fin que ella misma, y parecen temer que se evapore si sale a la calle y recibe el aire libre en pleno rostro. Estos poetas han expuesto la poesía a las más duras pruebas. Le han hecho descender a las minas, subir a los andamios, acompañar a los hambrientos –de pan y de lo otro-, pisar el lodo de los suburbios, entrar en las cárceles, mancharse en la grasa de los talleres, respirar el olor de la miseria, conocer el rostro de los que sufren persecución por la justicia... Y la poesía no sólo ha resistido, sino que se nos antoja más viva, más auténtica, más humana. Su compromiso con la verdad no le ha restado ni libertad ni hermosura. Al contrario: es la libertad misma, fuera de laberintos retóricos, y tiene la hermosura de lo humano, la hermosura de la vida –aunque sea difícil-, en cuya defensa se crece y se hermosea. Y como dijo el poeta: “... libertad, humano tesoro / primera y última / conquista de la luz, día y diadema / del mundo”.

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