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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Algunas incongruencias que pasaron inadvertidas

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 2 de febrero de 2008, 22:23 h (CET)
A mis primos Nicolás y Pili (y a sus hijas Nuria y Elsa, cuyo ordenador ando tecleando en estos precisos momentos), quienes, generosa o liberalmente, como ya es pauta de conducta o hábito inveterado en los susodichos, pues vienen haciéndolo desde hace la tira de años, nos invitaron a mi señera y señora madre, Iluminada, y a su seguro servidor de ustedes, el menda lerenda, a pasar los primeros días de febrero, con ocasión de la festividad de San Blas, con ellos, en su casa de Cornago (La Rioja); y a mi tía María y a mis primos Fina y José, Miguel Ángel y Mayka, en cuyas entrañables compañía y conversación y acogedora bodega solemos, amén de cenar exquisiteces, como cuantos son reputados por la generalidad auténticos sibaritas, pasar unas sobremesas indelebles.

Vaya por delante que no tengo nada (de nada) en contra de Jesús Rubio (a quien ni siquiera conozco) ni del “pluscuancentenario” periódico navarro (sino muy al contrario, pues, leyendo y releyendo sus páginas, he aprendido un montón de cosas y conocido otro rimero de casos).

Ayer, jueves, 31 de enero de 2008, a última hora del día, en la página 79 de DIARIO DE NAVARRA leí el artículo titulado “Un libro reivindica la figura de la navarra Julia Álvarez, líder socialista en la II República”.

Jesús Rubio, quien firma los párrafos que contiene dicho texto, arranca su urdidura de esta guisa: “Durante unos años Julia Álvarez Medrano (Villafranca, 1903-México, 1948) se convirtió en una figura bien relevante”. Si se hubiera fijado en la fotografía (y acaso aquí esté la razón del equívoco, que, seguramente, no tuvo acceso a la misma) que acompaña a su texto, se hubiera dado cuenta de que en ella aparecía el autor del libro comentado, el periodista tudelano Fermín Pérez-Nievas, mostrando la portada de un ejemplar de su obra, en la que puede leerse parte del título: “Julia Álvarez Resano” (no Medrano, como itera Jesús Rubio a lo largo de todo su artículo).

A renglón seguido, si tomamos en consideración y por ciertos los datos que nos suministra Jesús Rubio en el inicio de ese mismo primer párrafo citado, nos damos cuenta de que éstos no concuerdan con los que nos (brin)da al final del penúltimo parágrafo de su escrito: “En mayo de 1948 una hemorragia cerebral acabó con su vida a los 43 años”. Está claro, como el agua cristalina, que tendría, como pocos, 44.

Quienes nos dedicamos al arte (que a veces entraña más de un reto) de juntar palabras deberíamos hacer el denuedo de leer cuantos párrafos trenzamos tres veces, por lo menos, a fin de corregir todos los yerros en los que, por una razón u otra, hubiéramos incurrido (sin querer, por supuesto).

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