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Ambigüedad política

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 2 de febrero de 2008, 01:00 h (CET)
Cuanto España está atravesando desde hace meses, y agudizado en los últimos días a medida que se acerca la cita electoral, demuestra de qué está hecha nuestra “clase” política. Se esfuerzan por aparentar estar siempre optimistas, así, como súper seguros de tener la solución para los problemas y males del país, y, da lo mismo que se encuentren en la responsabilidad de gobierno, que en la oposición. Más, ocurre, que, “el horno no está para bollos” -ni el nacional ni el mundial-, y hace falta algo más que las proclamaciones, ofertas electorales, o críticas a base de acusaciones mutuas de mentir que se les oye proferir tan pronto tienen un micrófono delante, o ven que les apunta la lente de una cámara.

El mundo se adentra hacia tiempos, que, sin ser pesimistas ni contribuir al alarmismo, se entrevén como “complicados” en el mejor de los casos. Para afrontarlos no hace falta ser ningún “fenómeno”, y deducir que se van a requerir actitudes de información objetiva, de programa estratégico, de toda clase de cálculos -con la “calculadora”-, y de honesta administración, y, por encima de todo, disponer de amplia visión y recio carácter. Hacen falta políticos serios con entidad, y no los ambiciosos y de vista corta que las reglas democráticas premian con la comodidad de una poltrona del partido para los próximos cuatro años en los escaños gubernamentales, o en la oposición.

La tarea que les aguarda es desafiante, tanto en el interior del país (nacionalismos, economía, terrorismo, etc.), como en lo exterior, a escala europea o mundial. Las vicisitudes estadounidenses en lo económico y en lo político, quiérase o no, tienen su influencia en el resto de los países. ¡Qué se va a hacer!... la globalización no es una simple idea especulativa, sino que es consecuencia de que todos los hombres son remeros en la misma galera. Es el momento histórico crucial del mundo. Las instituciones nacionales del Estado, necesitan perentoriamente recuperar su prestigio -desde la justicia hasta la educación, pasando por la energía-. Lo mismo que sucede con el desprestigio que los partidos se están ganando a pulso.

Si hubiera políticos “de verdad” el reto les apasionaría, como a un buen arquitecto le fascina que le encarguen el edificio más alto del país. La vocación y preparación política se pone a prueba en cómo encarar problemas de envergadura, no sólo para tener un sueldo apañado y toda clase de comodidades con las que distraer los años de legislatura. Muy al contrario, parecen, tan sólo, al acecho de “la caza y captura” del voto con el que permanecer a la orden del partido para capear los siguientes cuatro años. Para la desgracia de España, los que abundan son estos últimos, es decir, de “tres al cuarto”, expertos en la negociación y el cambalache, y no son capaces de elaborar las reformas de consistencia que eviten transformarnos en un país sin relevancia ni respeto mundial. “En el concierto de las naciones”, que se dice… y valga el tópico.

La ciudadanía necesita ver que ese modo de hablar tan “firme” de los políticos, o su expresión en ocasiones sutil y ambigua, sirve para algo en momentos adversos con medidas eficaces para distintos frentes, a cual más delicado. Necesita ver que tienen algo más dentro de su cerebro que las triquiñuelas para atacar al adversario y prometer. Eso sí, y “prometen” una vida regalada a quien le vote. Más… ¿les votarán?

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