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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La deformación de la realidad

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 1 de febrero de 2008, 12:04 h (CET)
“Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía: también la verdad se inventa.”


Antonio Machado

Cuando se miren retrospectivamente estos primeros años del siglo XXI que están todavía pasando, se advertirá que ha habido una distancia mayor que la normal entre la realidad y su imagen pública, entre lo que había y pasaba y lo que se decía. Podemos tener ya una prueba de ello: los grandes “temas” que han ocupado el centro de la atención en estos últimos años se han ido olvidando a medida que ha ido pasando su oportunidad, que han rendido el beneficio que de ellos se esperaba. Casi nadie quiere recordar lo que ha dicho hace muy pocos años, porque es insostenible, y de ese modo se descubriría la constante deformación de la realidad que se ha estado cometiendo; se prefiere confiar en la mala memoria, que suele venir en ayuda de la mala conciencia.

El fabuloso crecimiento del mundo hace posible esta maniobra. La letra impresa representa volumen tan colosal, que es imposible repetirla, reproducirla, recordarla; añádase a esto lo que significa la radio, y más aún, la televisión; la palabra hablada pasa, después de hacer su efecto, y en la práctica se desvanece y vuela, en una total impunidad. El viejo dicho “calumnia, que algo queda” ha alcanzado dimensiones planetarias; y, si no me engaño, es el primer obstáculo que va a encontrar la humanidad para salir al mar abierto.

Pienso que habría que inventar nuevas técnicas para iniciar la aproximación a la realidad, sin la cual no puede hacerse nada decente ni eficaz, algunos medios para escapar a la asfixia cuantitativa de la palabra y llegar a las ideas claras que un día pueden engendrar creencias verdaderas, de las que pueden vivir sin engaño los hombres innumerables, sin temor a que choquen con una realidad inexorable, descubriendo entonces -demasiado tarde- la falsedad de sus vidas. Es lo que ocurrió a los que se dejaron llevar por el vendaval de mentira que desencadenó el 11-M, y temo que vuelva a pasar a una o dos generaciones de nuestro tiempo, si no despiertan pronto de la pesadilla ambiente.

La lentitud característica de nuestro tiempo -que se cree el siglo de la alta velocidad- me preocupa. No sé si de aquí a las elecciones, es decir, en un plazo de algo más de un mes, va a desembarazarse el pueblo español de la madeja en que ha sido envuelto y va encontrar un línea clara para orientarse.

Es absolutamente urgente que alguien presente a los ciudadanos una imagen válida del país, no deformada por la idealización ni el partidismo, ni contagiada de la compacta difamación difundida por el mundo, casi sin excepciones. Ortega gustaba de recordar la frase de Fichte: “La política consiste en expresar lo que es”. Los medios de publicidad vienen, desde los tiempos del franquismo, presentando una imagen absurda de nuestro país; mejor dicho, una serie de imágenes contradictorias, inconciliables entre sí, que se abandonan y se sustituyen, porque no interesa su fidelidad, sino su utilización. Esto es en sí mismo un problema muy grave. Pero lo que aquí me interesa es que en esas imágenes no se puede fundar una política, si esta ha de “expresar lo que es”.

De vez en cuando aparece en alguna declaración, en algún discurso, en algún artículo o libro, una impresión de realidad, algo que tiene que ver con las cosas que son. Pero es infrecuente y no suele tener muchas consecuencia. Por el contrario, la impresión causada por casi todo lo dicho en los últimos años es de incoherencia con la realidad, la falta de respeto por ella.

Creo que este habrá de ser el primer paso, si no queremos vivir en una fantasmagoría que resulte una pesadilla: volver a la realidad, nos guste o no, para hacer con ella lo que queramos; todo menos una cosa: despreciarla y volverle la espalda. Y es que, como dijo el poeta: “La verdad más evidente, / si los ojos no la ven / el corazón no la siente”.

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