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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Gafas para Dios

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 31 de enero de 2008, 08:18 h (CET)
A la Tierra la amenaza una terrible catástrofe. Guerras crueles siembran destrucción y muerte. Inundaciones destruyen cosechas que provocan hambrunas y diseminan enfermedades. Persistentes sequías esparcen miseria allí en donde previamente había vergeles. El calentamiento de la Tierra parece ser que producirá graves problemas ecológicos que ya se vislumbran.

Una pregunta que a menudo surge cuando se produce una calamidad que merece ocupar un espacio en los telenoticias es: Si Dios existe, ¿por qué lo permite? Un granjero de África del Sur describe de una manera muy gráfica la supuesta indiferencia de Dios hacia los problemas humanos. Durante una persistente sequía que quemaba pastos y sembrados y que condenaba a muerte al ganado, colgó un cubo de un poste del cercado que estaba próximo a la carretera. Sobre el cacharro clavó un cartel que decía: “Se aceptan donativos para comprar una gafas a Dios para que se dé cuenta de lo que pasa aquí abajo”. Normalmente pensamos que Dios nos ha abandonado a nuestra suerte. Como mucho, si se cree de labios en Él, se tiene la idea de que nos ha creado y que una vez terminada la obra se ha olvidado de ella. Si no se cree en su existencia, se da el contrasentido de acusarle de ser el culpable de todos los males que nos afectan.

Las relaciones de Dios con el antiguo Israel consistían en un pacto de vasallaje. Por el cual, el Señor se comprometía a proteger a sus vasallos, siempre y cuando sus súbditos fuesen fieles al pacto. En caso de que no quisiesen guardarle fidelidad, los destruiría. Esto es lo que le ocurría al antiguo Israel que Dios liberó de la esclavitud egipcia. Ya que su pueblo rompía el pacto Dios lo castigaba con persistentes sequías y con invasiones extranjeras que devastaban el país . Todos estos castigos ya estaban estipulados en el texto del pacto de vasallajes que firmaron. Nos guste o no, Dios existe y por creación estamos unidos con el Él por un pacto de vasallaje, por el cual, Dios se compromete a bendecirnos si cumplimos nuestra parte. Si no lo queremos tener como Señor y queremos rendir vasallaje a otros señores, legalmente tiene derecho a castigarnos. Es la ley del vasallaje.

En cierta ocasión que los judías decían que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente, Jesús relata la parábola de las minas. Un hombre de familia noble se fue a un país lejano para recibir la dignidad real para después regresar. Confió a cada uno de sus siervos diez minas con el encargo de negociar con ellas durante su ausencia. Pero sus conciudadanos que lo odiaban enviaron una embajada detrás suyo a decir. “No queremos que este reine sobre nosotros”. A su regreso recompensó a sus siervos que le fueron fieles, y añadió: “Y también aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí” (Lucas,19:11-27). Es la ley del vasallaje con toda su crudeza.

Nos apercibimos de que la cosa no funciona. Culpamos del calentamiento de la Tierra al efecto invernáculo. Ahora bien, ¿qué produce dicho fenómeno? Es cierto que las emisiones de gases tienen su parte de responsabilidad. ¿Quién las causa? ¡Si fuésemos más conscientes con la tala desaforada de árboles y del consumo excesivo de productos que en su fabricación se consume mucha energía que contribuye al sobrecalentamiento del Planeta!

Buscamos la paz en la guerra. El resultado más guerras que siembran destrucción y miseria. Un ejemplo del cinismo humano lo encontramos en el rechazo del presidente Bush a aumentar el presupuesto social para mejorar las prestaciones médicas destinadas a la infancia. Bush Justifica su negativa alegando que es muy costoso. ¿Cuánto cuesta a los norteamericanos la guerra del Irak y los otros conflictos que sostiene en «zonas calientes» del Planeta? ¿A cuánto asciende el presupuesto de defensa del país más poderoso del mundo? Cito de memoria, el mantenimiento del portaaviones Enterprise cuesta un millón de dólares diarios, Multipliquemos por X esta cifra y resulta un total astronómico con el que sería suficiente paliar la miseria que hay en el mundo. Si al presupuesto militar americano le añadimos los del resto de países, bien podemos llegar a la conclusión de que la miseria no tiene razón de ser.

Por la condición de nuestras almas somos incapaces de cambiar la situación, porque no razonamos correctamente. ¡Y tenemos la desfachatez de culpar a Dios del drama del cual somos autores y actores! Repito, Dios, por creación exige que le rindamos el vasallaje que sería para nuestro bien. Nos invita pacientemente a volvernos a El en obediencia. Como no queremos escucharle nos deja abandonados a nuestra suerte. El resultado de nuestra desobediencia lo tenemos ante nuestros ojos. ¡Somos nosotros quienes necesitamos gafas para ver!

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