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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Desprestigio político

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 31 de enero de 2008, 08:18 h (CET)
En muchas ocasiones se auto califica esta “columneja” como de “ventilada”, y así ciertamente lo está. Sin otro obstáculo entre el ordenador y el Valle de Canencia, en el macizo central Ibérico, que algunas vacas y terneras “a su bola”, y los excursionistas domingueros, que se agradecen, aunque ahora todos vayan uniformados con chalecos reflectantes. Sopla el aire fresco constantemente renovado, y no llegan hasta aquí las trapacerias (trampas, embustes, chismes o enredos usados o promovidos por alguien) desde el lejano bullicio urbano. La serena distancia impide que se le intoxique con los asuntos de que se habla tanto, mas bien gritando, en los cenáculos y mentideros del políticamente bullicioso Madrid, por mencionar una ciudad, como podría citarse a Cuenca, Valencia, Santiponce o Logroño.

La urbe siempre es ruidosa; los cultivados saben bien que el gran poeta Marcial, nacido en Bílbilis (Calatayud), se marchó de la Roma Imperial en el siglo I en que triunfaba para volver a su pueblo quejándose ante su mejor amigo: ¡Roma hace mucho ruido!... Más, los ecos que llegan se purifican viajando por el aire, o por los hilos de cobre, y unos, por ser mentirosos, se caen por su propio peso, y otros pasan de largo como verdades eternas cual cometas por el espacio sideral. Así, no resulta difícil, ni hace falta mucho talento para separar el trigo de la cizaña. El campesino en la era levanta la mies trillada hacia el aire, la paja vuela y el grano de trigo cae al suelo en dorado montón.

Político es sinónimo de mentira y mentira lo es de político; hasta qué grado es algo que acaba de quedar científicamente demostrado gracias a un estudio del Centro por la Integridad Pública estadounidense, el cual determinó que el Presidente Bush Jr. y sus funcionarios mintieron en 935 ocasiones en relación a Irak, y esto sólo en los dos años previos a la invasión. A estas casi mil mentiras se suma otro montón igual o superior que se dijeron después de la misma.

Ahora bien, y por experiencia propia, cualquier oyente, lector, o televidente, puede afirmar que los políticos españoles son mucho más mentirosos y fuleros que el Presidente Bush y su comitiva; la diferencia es que aquí padecemos amnesia colectiva (se nos olvida todo, o estamos encaparazonados), y además no contamos aún con un Centro por la Integridad Pública que les lleve cuentas a los narigudos pinochos que ocupan el escenario nacional y que inundan a diario la opinión pública.

Esta característica no se limita a un solo partido, sino que se reparte generosa y equitativamente por todo el espectro de la geografía nacional. En nuestro medio, la mentira no es un vicio individual sino, mas bien, un síndrome colectivo en la vida pública.
La nula relación entre el discurso político y la verdad es lo que ha llevado a nuestros políticos a merecer el también nulo respeto de la población.

En diversas encuestas, la política es la profesión menos admirada según las opiniones vertidas por los ciudadanos en plena calle y tan pronto como se les pone un micrófono delante. Es tanta la desconexión entre la verdad y el discurso político, que los ciudadanos ya casi ni prestan atención a los trucos y trapisondas de los políticos, máxime en campaña electoral.

Si acaso sirven para algo esas lenguaraces descargas es para dar pie a la mofa, la burla, el escarnio y el desahogo ante la barra del café con churros de media mañana: "¿Oíste lo que dijo anoche el payaso de Fulano?", y ¿lo que ha escrito ese paniaguado de Mengano en… (y aquí pongan el medio que más a mano les venga). En el fondo, detrás de estas falsedades y embustes existe -en nuestro medio, y probablemente también en Texas o Washington- una gran soberbia que les hace exclamar chuscadas cegados por su autosuficiencia y fanfarronería. Se ve que sobran ocurrencias, y faltan ideas.

Indican, además, la pueril creencia de los políticos de que con el solo “decir” algo, dada su elevada posición, lo convierten en realidad. No importa que sea la burrada más idiota (400 euros, o llevar puerto de mar a la Alpujarra), pues mientras pongan cara de serios y lo digan con mucho énfasis, según ellos, ya resolvieron todo. ¿Quién no tiene clavado en el tímpano el escandido lenguaje de Zapatero, que separa con segundos las palabras de una frase? Súmese esta equivocación a una sistemática infravaloración del talento de los ciudadanos electores y así ahondan el hoyo del desprestigio político. Federico Reyes Heroles, gran columnista mexicano de opinión, ha publicado recientemente un rotundo artículo con casi idénticas expresiones a las aquí recogidas, y, además de agradecérselo, es de anotar que “en toda partes cuecen habas, y donde no, ¡a calderadas!...”, que decía Dolores, la sabia mujer que cuidaba de los niños de Epifanio del Cristo Martínez.

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