Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Masacre de los inocentes

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 30 de enero de 2008, 07:58 h (CET)
El PSOE dice proponer un debate o una “reflexión” con el fin de buscar un amplio consenso antes de plantearse una reforma del aborto. En una sociedad pluralista donde nada se considera ya incondicional o innegociable para el hombre, donde la modernidad nos obliga a una abstención fundamentada sobre una concepción de la verdad y del bien universalmente vinculante, y donde “lo razonable” sustituye a “lo verdadero” en los procesos de debate, diálogo y deliberación, buscar la forma de favorecer la dignidad humana por medio del diálogo y el consenso entrecruzado no es, en todo caso, una mala sabiduría política.

Pero el PSOE no tiene esa voluntad política, sino que, al mismo tiempo, reconoce que modificará su programa para abrir la puerta a la reforma del aborto. Los objetivos de los socialistas se cifran en el derecho de las mujeres a una prestación sanitaria de calidad y el respeto a su derecho al aborto, así como respetar igualmente los derechos de los médicos que realizan sus intervenciones.

Lo bueno de los socialistas es que se les ve venir, que nada oculto entre ellos que no llegue a descubrirse, siempre tan vulnerables al conocer de antemano su propuesta progresista. Porque, ¿acaso sabe alguien la opinión de Rajoy sobre al aborto, en el caso de que la tenga? El PSOE, sin embargo, absolutamente previsible, en su intento de reformar el aborto pervierte al legislador al pretender matar para que otros vivan mejor.

Lo que los socialistas están ofreciendo a la mujer es un cinismo poco ejemplar consistente en ser soberana de la vida y de la muerte de su hijo. Los socialistas conceden la salvación cultural a las incautas mujeres, les ayudan a trascender su naturaleza y quedar para siempre liberadas de las sobrecargas psíquicas y de las presiones familiares, otorgándoles más derechos y libertades individuales, facilitándoles el poder decidir entre la vida y la muerte.

El actual estado de cosas sobre el aborto sólo puede calificarse de perverso. El aborto se ha movido durante mucho tiempo en la oscuridad, tolerado tácitamente por la sociedad civil por la misma abdicación del Estado. Ningún partido político se decide al restablecimiento de una normativa constitucional que devuelva a las mujeres la protección legal para sus hijos con el objetivo de liberarlas de la auténtica servidumbre y de la violencia que significa el tener que decidir entre la vida y la muerte.

Los médicos, si no reparan en la corrupción que asumen al practicar abortos, consentirán en el soborno del sacrosanto dinero. En La visita de la vieja dama, de Dürrenmatt, la señora fija un precio exorbitante a pagar a un pueblo si matan a un hombre al que a ella le gustaría ver muerto, y la gente lo rechaza con indignación. Pero, pasado un tiempo, empiezan a reflexionar: ¿cuánto nos cuesta dejar con vida a este hombre? ¿Cuántos millones? Aquí es cuando el hombre se corrompe. ¿Son estos los derechos que desean proteger los socialistas a los médicos que están dispuestos a contribuir con la realización del aborto?

En Alemania, los Verdes, que siempre se habían pronunciado por la liberalización del aborto, ahora se pronuncian abiertamente a favor de posturas más restrictivas. En España, ha llegado un tiempo en que el embarazo es una enfermedad, y el aborto su curación. La sociedad entera asume en el aborto una responsabilidad por la muerte. En el aborto, la muerte es reglamentada oficialmente, reconocida y admitida.

El derecho a la vida es una misión del Estado. El deber de impedir el aborto por parte del Estado es un deber de rango superior, pese a la notoria insuficiencia de nuestra legislación, un deber de protección constitucional. Si el Estado abdica de sus funciones, la búsqueda del beneficio individual, sin pudor ninguno ante la vileza, se convertirá en el principio de articulación del comportamiento y en el sistema de motivación vital de millones de ciudadanos.

Por su parte, una Iglesia que no revela la maldad del aborto es una Iglesia comprometida con la muerte. Un obispo o un sacerdote que no denuncie la execración del aborto ejerce una deleznable dimisión de su ministerio. Cuando están en juego vidas humanas, cualquier actuación fuera de la protección de la vida es arbitraria y manifestaría una complicidad con la masacre de los inocentes.

Noticias relacionadas

Un tejido de hábitos transformadores

No menos trascendentales han de ser nuestras propias transformaciones interiores

Opus Dei: Comentario crítico a una carta (XV)

Hay que liberar a los miembros del Opus Dei de la funesta manía de pensar

Un salabre oxidado

Un relato estival de Francisco Castro Guerra

Te invito a un Cat Café en A Coruña

Ya podía nuestra sociedad darse más cuenta de que son seres vivos

Respetar la verdad y la autoridad en la materia

Artículo de Carmen de Soto Díez, Consultora de comunicación
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris