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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La tensión de vivir cada día

Víctor Corcoba
jueves, 3 de septiembre de 2015, 06:46 h (CET)
Andamos en una tensión permanente, pero esto no es malo, es la vida, lo nefasto es que no entremos en diálogo, permanezcamos pasivos, y que germine el conflicto donde nadie respete a nadie. La ciudadanía en ocasiones es pura contradicción, pero otras veces también está crecida de sensatez. Sin duda, pues, el desafío para todos nosotros radica en buscar la conjunción de sentimientos, y así, poder emanar climas más armónicos y habitables, incluso en tiempo oscuros, en los que impera la sinrazón y la inmoralidad. Indudablemente, lo fundamental es potenciar la cultura del entendimiento a través del orbe creativo del encuentro. Es una evidencia, el mundo se ha desintegrado de su propio pulso, el de la supervivencia, y precisa integrarse más con el alma, que con los vínculos del interés o utilidad.

Ya se ha incorporado a nuestro lenguaje hablar de la tragedia de los migrantes, de los niños abandonados, del incumplimiento de los derechos humanos, hasta convertir al mundo en una verdadera selva. Desde luego, no es bueno acostumbrarse a este tipo de paisajes y permanecer insensibles a sus voces desconsoladas. También han crecido los actos intimidatorios. Yo diría que nos desbordan en un planeta de rica diversidad étnica; lo que evidencia la importancia del intercambio de ideas entre culturas, sin murallones ni cortafuegos, para promover el conocimiento y el enriquecimiento recíproco. Ya está bien de que cohabite un mundo privilegiado frente a un mundo de rechazos. Si reflexionásemos más, puesto que todos los ciudadanos nos merecemos vivir seriamente por dentro, quizás entonces empezaríamos a vivir de otra manera por fuera.

Naturalmente, sería saludable tener claro y convenir, que vivir no es únicamente respirar, es también compartir esa respiración, obrar en sintonía con los demás, hacer repaso de lo vivido e inventario de lo que llevo consigo. El día que hagamos realidad, lo de "vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero", de la imperecedera escritora mística Santa Teresa de Jesús, habremos entendido que son las relaciones de uno consigo mismo y con las personas, lo que da sentido a nuestro proceder. Por consiguiente, más allá de nuestro estado anímico, requerimos de la quietud, tal vez fabricando más sueños y menos armas.

Hay algo tan necesario como el aire que respiramos y es el equilibrio natural entre lo que soy y lo que aspiro a ser, sin otro abecedario que la bondad como tacto, el respeto como acción y la clemencia como horizonte. Asumir este camino de vida, no sólo comporta empatía intergeneracional entre culturas diversas, sino también metodología de escucha y sistemática de espíritu comprensivo. Por eso, espero ardientemente que se instauren en el mundo espíritus libres encaminados a ayudar a la gente a vivir, despojados de cualquier condicionamiento ideológico, manteniendo vivo el sentido del amor auténtico. La cuestión no es sólo dar pan para el sustento, que es el más básico de los derechos, sino también ayudar a redescubrir el valor del camino como reencuentro y, el del caminante, como vía de asistencia que todos necesitamos.

Tras sorprendernos que somos y existimos, con la tensión de vivir cada día, debiéramos pensar al igual que en otro tiempo ya lo hizo un científico, Albert Einstein, que "solamente una vida dedicada a los demás merece ser vivida". Dicho lo cual, hemos de recapacitar y no desterrar de nuestro horizonte la marginación de quien piensa y vive de manera distinta a la nuestra. Difícil de entender esta cuestión si mostramos indiferencia y desgana por nuestro análogo, y aún más complicado poder avanzar, si continua creciendo el número de niños y adolescentes sin escolarizar, y otros que sí lo están, apenas dominan lo más básico en lectura y escritura. Así no se puede construir un mundo en el que cada persona sea capaz de participar en el destino de su existencia. Desde luego, el futuro al que debemos anhelar empieza por formarse para poder convivir, adquirir conciencia de lo que significa vivir, templando el alma para sobrellevar las tensiones que la propia vida nos injerta a través del asombro. Convencido de que una humanidad que sabe asombrarse ante las maravillas que se encuentra, pienso que sabe resistir a los ídolos del mundo, y, sobre todo, plantar cara a todo aquello que no sea un acto de amor y camine por la vida.
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