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Los españoles a la birlonga

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 29 de enero de 2008, 23:24 h (CET)
Es evidente que en este país donde nos ha tocado vivir, no sabemos si para bien o para mal; por mucho que nos cueste admitirlo, tenemos el Gobierno que mejor se ajusta al modo de comportarse de la ciudadanía. No se crean que me he vuelto loco ni que las pocas neuronas que todavía conservo en el frigorífico de mi cerebro se me hayan declarado en huelga de pensamientos caídos o que una rara alferecía me haya hecho desvariar; no, señores, nada de esto, es pura y simplemente que los años que llevamos de paz, de bien estar y de ausencia de problemas graves a los que enfrentarnos, han tenido la virtud de crear en nuestro país una o dos generaciones de ciudadanos que están tan acostumbrados a que no pase nada, a que sus ancestros les hayan puesto a sus pies los medios para librarse de las penurias, los avatares y las desgracias que ellos hubieron de padecer por haber vivido las privaciones de una guerra civil o sus inmediatas consecuencias; que, cuando se ven abocados a una situación extrema; cuando la historia rueda sobre sí misma para repetir situaciones que daba la sensación de que nunca volverían o cuando los hados del destino han decidido que la humanidad debe pagar el precio que se le exige por permanecer en este valle de lágrimas, resulta que no están preparados para enfrentarse a ello; que son incapaces de leer en los hechos las señales de peligro que se mascan en el ambiente o que son demasiado perezosos para querer darse cuenta de ellas.

Así, cuando el Gobierno socialista ha entrado como un elefante en una cacharrería y ha puesto boca arriba las instituciones; la economía; el concepto de nación; la moral y la ética; la enseñanza; las relaciones exteriores; el modelo de Estado y de sociedad, parece que nadie se ha percatado de que entrábamos en una nueva dinámica que nada tenía que ver con aquella que nos había proporcionado el bien estar del que hemos gozado desde que, en 1976 se constituyó la democracia parlamentaria en sustitución de la democracia orgánica de tiempos del general Franco. Con ello no quiero decir que, en tiempos de Franco, no existiera bonanza económica, que sí la hubo, ni progreso, que también, sino que la etapa de la regeneración democrática llevada a cabo por Suárez, durante la transición, bajo el manto aglutinador de la Monarquía, fue, al mismo tiempo, un periodo de progreso económico y social que ayudó a elevar el nivel de vida de los españoles y a situarlos, con Aznar, al mismo nivel de muchas de las naciones europeas que, antes, nos miraban con conmiseración desde su postura preeminente. Esta abulia, desgana, pereza mental y convencimiento de que, ocurra lo que ocurra, los españoles seguirán viviendo en Jauja; ha permitido que el señor ZP y sus esbirros hayan podido poner los pivotes a un nuevo sistema político, a un revulsivo moral y ético, que ha trastocado todos los valores tradicionales de las familias españolas, para instaurar un nuevo modelo de Estado basado en un dirigismo, por parte de los gobernantes, encaminado a crear una ciudadanía sumisa a sus postulados partidistas, valiéndose, para conseguirlo, de una relajación de las costumbres tradicionales; una subversión de los principios morales y una relativización de los conceptos del bien y el mal. Valiéndose, el Gobierno socialista, de la confusión generada por un cambio tan radical, para llevar a cabo sus proyectos de federalización del país y de la perpetuación de su modelo político, al estilo del sistema soviético, por medio de un plan para conseguir la erradicación de toda oposición que pudiera encararse a sus proyectos totalitarios.

Así ocurre que, cuando el país empieza a dar muestras de agotamiento, cuando los motores económicos tradicionales que han impulsado el desarrollo de la nación, empiezan a dar muestras de cansancio y los primeros síntomas de una ralentización asoman por el horizonte; en lugar de producir en lógico movimiento de inquietud entre la ciudadanía; un toque de atención respecto a la actitud del gobierno frente a un posible desequilibrio financiero y un despertar preventivo ante las posibles consecuencias, en nuestras propias economías, de lo que pudiera ser una crisis global; observamos, estupefactos, que la gente se preocupa de cosas fútiles; de problemas marginales o de inconsistentes y oportunistas reivindicaciones nacionalistas, que a nada conducen más que a complicar, con un dilema más, la problemática general del Estado.

Ya ocurrió con la OPA de Gas Natural sobre Endesa (un verdadero atraco a mano armada desde el punto de vista financiero) El Gobierno argumentó la necesidad de preservar la españolidad de la eléctrica cuando la alemana EON ofreció el doble; pero luego se olvidó de lo que había dicho, entregando Endesa a la italiana ENEL y a Romano Prodi (aún cuando Enel estaba participada por el Estado italiano) Nadie reaccionó; nadie se preocupó porque una empresa española cayera bajo la égida italiana. Ahora se repite la jugada. EDF ha iniciado contactos con Iberdrola, auspiciado por el propio Gobierno español ¡Qué obsesión por entrometerse en la economía privada! O, ¿es que espera, como en el caso de Endesa, sacar alguna tajada? Pero, ¿saben ustedes que la empresa EDF es una empresa pública francesa? Parece que se habla de que ya tiene participación en Iberdrola y que el Gobierno español ha admitido que existen conversaciones. Si la operación se consumase (en todo caso en contra de la voluntad del presidente de Iberdrola, señor Ignacio Galán), ¿saben ustedes lo que ocurriría?, pues que tanto Endesa como Iberdrola, las dos empresas eléctricas españolas más importantes, caerían en manos de dos países extranjeros, Italia y Francia. ¡Claro, ZP le debe favores a Sarkozy y, favor con favor se paga! Pero los españoles ni “mu”, como si nada fuera con nosotros. Lo dicho: una ciudadanía cataléptica.

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