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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Carmen Ordóñez, una de las ubres que aún se ordeña

Ángel Sáez
Ángel Sáez
martes, 29 de enero de 2008, 23:24 h (CET)
“No hay malas hierbas ni hombres malos; sólo hay malos cultivadores”. Victor Hugo


Pues sí; en los programas de casquería, Carmen Ordóñez, aun muerta, sigue siendo una de las ubres que aún se ordeña.

Actualmente, a Carmina, por voluntad ajena (de quienes fueron sus anejos interesados, o sea, de cuantos crecieron, medraron y vivieron a su costa, y de los directores de los programas del corazón y otras vísceras), esto está fuera de toda duda, cada vez le encuentro más concomitancias con el ave fénix, aquel animal fabuloso e íngrimo que renacía de sus propias cenizas.

A “La divina (de la muerte)” no le dejan descansar en paz, disfrutar de su sueño infinito. Ahora, por obra y gracia de quien la halló exánime en la bañera de su casa, ayudada acaso por el mito del eterno retorno, el espíritu de quien fue hija, esposa, y madre de toreros ha vuelto a la arena del coso, acoso y derribo, al entorno o terreno de las cámaras, los focos y los micrófonos, a algunos platós (platos de pésimo gusto) televisivos.

Sí; es una verdad como un palacio o un axioma como una seo. Tanto en vida como en muerte, Carmina fue y es un negocio suculento, de jugo lento, tan lento que sólo son necesarios una absoluta falta de escrúpulos o vergüenza y un chorretón de talento para sacarle al cadáver (se repite hasta el hartazgo la tesis de que este vocablo se formó a partir de las sílabas iniciales de las tres palabras que componían la expresión latina caro data vermibus, carne dada a los gusanos, que solía inscribirse en los sepulcros romanos, pero no constan datos que así lo atestigüen y demuestren) un rendimiento (que no miento) “sucurrápido”.

Estoy completamente convencido de que, si los personajes finados (en el caso de estarlo; ojalá que no), propuestos por el programa para hacerles sendas autopsias o disecciones, fueran las madres de los colaboradores de turno o tertulianos habituales, éstos no largarían lo que suelen soltar por sus respectivas muis. Es más; tengo para mí que sólo abrirían las bocas al objeto de proferir bendiciones de sus correspondientes progenitoras y a fin de reclamar el debido respeto para quienes les dieron de mamar y les enseñaron a reír y a rezar y, desgraciadamente, finaron sus días en la tierra y ya no se encuentran entre nosotros.

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