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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La leyenda de Johann Orth

Nemesio Barreto (Paraguay)
Redacción
domingo, 27 de enero de 2008, 07:50 h (CET)
En marzo de 2007, según el diario noruego “Bergen Avis”, un electricista de 25 años, Henrik Danielsen, y un jubilado de 79, Johan Frantz Köhler Nilsen, ambos noruegos, se declararon herederos de Johann Orth, y están a la espera de un resultado concluyente de ADN al que fueron sometidos. Ambos reclaman el idílico Castillo de Orth, ubicado en el lago Traunsee, que en 1994 el Municipio de Gmunden (Austria) adquirió por cerca de 30 millones de dólares.

La misteriosa desaparición de Juan Nepomuceno Salvador, príncipe de Toscana, había dado lugar a muy dispares comentarios, tanto que la clase ociosa y cafetera de principios del siglo pasado se entretenía en los bares de París o de Buenos Aires, especulando sobre el incierto destino de este austriaco, quien, convertido en Johann Orth primero, y en Hugo Köhler después, habría de cometer la imperdonable ingratitud de extraviarse para siempre. Es presumible que algunas circunstancias de su vida, como el meritorio record de haber sobrevivido a dos muertes y un naufragio, hayan inspirado a Jorge Luis Borges “El inverosímil Tom Castro”, celebrado cuento que integra su Historia Universal de la Infamia. En 1906, tras la aparición de un artículo de Jorge Lecour en la revista francesa “Je sais tout”, se suponía que la enigmática vida de Johann Orth había quedado definitivamente aclarada. Pero, a juzgar por los resultados, no fue así. Según la versión de un inglés residente en Paraguay, por la misma época en que Lacour publicaba su artículo, Johann Orth habría llegado muy enfermo a Asunción y, por cuenta de la representación austriaca, entonces a cargo del ministro Norbert von Schmucker y del cónsul Christian Heisecke, se hospedó durante años en el Hotel Cosmos. “El relato de este inglés –afirmaba en 1910 la periodista sueca Ida Bäckmann- fue confirmado por muchas personas, pero hasta dónde llegaron las investigaciones del gobierno y donde se pierden sus huellas, nadie sabía. La mayoría cree que Johann Orth asimiló tan perfectamente las costumbres nativas, que ya nadie, ni siquiera él mismo, recuerda que era de origen blanco” (Blodiga dagar i Paraguay, P. 46-47). Al parecer, abrumado por la creciente dificultad de amoldarse a “su” leyenda, a la que la imaginación popular introducía frecuentes correcciones, el príncipe habría venido a Paraguay en busca de un apacible poblado indígena, llamado “Mbaeveraguazú”, donde pensaba ocultarse de sus implacables admiradores. Si estuvo o no en tal lugar poco importa, pues la gente seguía encontrándose con el “disperso” austriaco. Cierto viajero declaró haber intercambiado con él algunas palabras en una aguada de la provincia de Entre Ríos, pero después se comprobó que el pretendido príncipe no era sino un chacarero de Concordia. Sus seguidores, lejos de desanimarse por este demoledor quid pro quo, pronto le adjudicaron el envidiable don de la ubicuidad. De esta suerte, mientras el príncipe paseaba sus dolencias por los pasillos del Hotel Cosmos, cabalgaba al mismo tiempo por la dilatada Pampa argentina. Ante esta situación tan “fantasmática”, el príncipe Juan Nepomuceno decidió adulterar su seudónimo y abandonar cuanto antes la tierra roja que alguna vez le pareció divertido. Se cree que emigró hacia hiperbóreas regiones, afincándose finalmente en la ciudad noruega de Kristiansand, donde en 1911 le alcanzó “su” muerte oficial. Esta segunda muerte, más prometedora que la primera, la de 1890, le permitió al príncipe Juan Nepomuceno refugiarse en otra leyenda, más llevadera y más confortable. Desde entonces pasará a ser el laborioso litógrafo Hugo Köhler.

Si bien pueden ser ciertas muchas de las aventuras y desventuras atribuidas a este príncipe, es prudente resumir lo que hay de verificable en su biografía. Juan Nepomuceno Salvador, hijo del príncipe Leopoldo II de Toscana, nació el 25 de noviembre de 1852, en Florencia, Italia. Fue comandante de división de Pressburgo (actual Bratislava) en 1879 y mariscal de campo en 1883. Ese año Juan Nepomuceno usó su primer seudónimo: Johann Traugott, con el que escribió el libreto “Die Assassinen” (Los asesinos), para su amada “Milli”, Ludmilla Hildegard Stubel (1852-1890), una bailarina de ballet en la Ópera de Viena (Hofoper), con la que mantuvo una larga relación sentimental y con la que se casó en 1889. Posteriormente, el príncipe dio a conocer un polémico escrito titulado “Drill oder Erziehung?”(¿Instrucción o Educación?”), publicado también en francés (Dressage et éducation), que fue el origen de una larga serie de disputas con la Corte de Austria. Le retiraron del ejército por aspirar al trono de Bulgaria, posteriormente declinó su candidatura para apoyar la de Fernando de Sajonia Coburgo. En 1888, por desacuerdo definitivo con la Corte de Austria, renunció a su rango, adoptó el seudónimo de Johann Orth y desapareció sin dejar rastro. En 1890 se supo que naufragó con su buque “Santa Margarita” en el Cabo de Hornos y como nunca más regresó, se le dio por muerto. Se cree, sin embargo, que sobrevivió al naufragio y que residió temporalmente en Argentina, Paraguay y Uruguay, hasta que hacia 1906 embarcó rumbo a Escandinavia. De paso por Hamburgo habría comprado la identidad de Hugo Köhler, quien necesitaba dinero para tratarse de una enfermedad pulmonar en Egipto, donde murió poco después. Este Hugo Köhler estaba casado con una danesa llamada Clara Josefina Levin. Al morir en Egipto el verdadero Hugo Köhler, Johann Orth, convertido en Hugo Köhler pasa a vivir con la viuda Clara Josefina, como si fuera su marido, y ambos asumen ser el matrimonio Köhler-Levin. Tiempo después muere Clara Levin y Johann Orth, con su nueva identidad, pasa a ser el litógrafo Hugo Köhler, estableciéndose en la ciudad Noruega de Kristiansand. Mientras el príncipe Juan Nepomuceno Salvador (Johann Orth) se estaba habituando a su nueva identidad y a su nueva profesión de litógrafo, el gobierno austriaco, por Decreto del 6 de mayo de 1911, lo declaró oficialmente muerto. Esta breve reseña de la vida del príncipe austriaco, aunque parezca un cuento mal contado de Stevenson, corresponde parcialmente a la vida múltiple de Juan Nepomuceno Salvador, quien con sus heterónimos dio “un salto bienaventurado hacia la eternidad” (Ein seliger Sprung in die Ewigkeit).

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