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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Que no quiere ser banquera…

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 27 de enero de 2008, 07:30 h (CET)
Por pura osadía, esta ventilada columna, se siente capaz de emular al pueblo aragonés que en 1808, sitiado por los franceses de Napoleón, se inventó la jota que tanto se ha popularizado: “La Virgen del Pilar dice… que no quiere ser francesa… / que quiere ser capitana de la tropa aragonesa.” Y, envalentonados con esa arenga resistieron y resistieron, y los Sitios de Zaragoza pasaron a la Historia egregia de España. Los franceses al final, entraron, pero cuando ya no quedaba más que una “débil” mujer capaz de disparar el cañón con sus servidores muertos o maltrechos: Agustina de Aragón.

La burda audacia de un banquero ha conseguido lo que no consiguió el francés. No sólo entrar en el Pilar, que como a todo el que quiera acudir se le abren las puertas, y además, encontrará siempre un paciente confesor dispuesto a absolverle sus pecados, sino que, en su bastedad, ha llegado a retratarse ufano junto a la legendaria sagrada Columna. Es ese un lugar mundialmente conocido por ser la característica imagen representativa de Nuestra Señora del Pilar. Antes de seguir, sepa el lector, que el motivo del escándalo que sobrecoge, es, nada menos, que la fotografía tomada al banquero Botín en el mismísimo reducido recinto reservado a los monaguillos que venturosamente “pasan” a los inocentes niños, recién bautizados, para que rocen los diversos mantos que la devoción nacional e internacional ha ido regalando.

Tan escandalosa es la noticia, que lo que no consiguieron las tropas napoleónicas, y que, años después, tampoco alcanzó el avión de la Segunda República que en agosto de 1936 lanzó tres bombas sobre el templo justo en ese misma área y que no llegaron a explotar -extraña circunstancia imposible de explicar, y que es generalmente atribuida a una milagrosa razón-, ha sido hollado por la indelicadeza. Sea como fuere, por el vigor de la jota mencionada, o por el portento de que aquellas bombas no explotasen, y, que, todavía pueden ser contempladas sobre las paredes del templo, nadie había deshonrado tan sagrado lugar que, como dice, otra famosa jota: “Cada aragonés lleva en su pecho”.

La zafiedad de un tosco banquero es harto conocida, y a nadie se le van a caer “los palos del sombrajo” a estas alturas de la Historia del hombre. Lo mismo se incorpora con una foto a la imaginería mariana, como sería capaz de hacerse un monumento a sí mismo en el Cerro de los Ángeles. El elefante en una cacharrería es una tierna libélula a su lado. Más, ¿es que no hubo, en esta ocasión, quien defendiera tal lugar de semejante profanación? Aquí es donde está la cuestión, porque bien se ve en la Historia que resulta deseado por cualquier alimaña. Los huesos de Agustina, de Palafox, y de tantos otros héroes, seguro que se agitarían en sus nichos si hasta ellos llegase la noticia, seguro.

La cuestión es, entonces, ¿cómo está cuidado ese lugar por la jerarquía catedralicia responsable? Los malpensados responderán con aquel manido saber de “poderoso caballero es don dinero”. Más, mejor pensemos en su acreditada astucia. Este columnista quiere pensar que la citada empresa bancaria, ofreciera regalar un “manto”, naturalmente con su emblema; uno más, y no todos ofertados con limpias intenciones (“Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, hombre soy, y nada humano me es ajeno, que escribió el dramaturgo latino Terencio). Como todo ha de actualizarse, y metidos a osados, este columnista, aragonés “por los cuatro costados”, como afirma Arturo Fernández con respecto a su indudable heterosexualidad, se atreve a sugerir la siguiente puesta al día: “La Virgen del Pilar dice/ que no quiere ser banquera/ que quiere ser capitana/ de la pobreza aragonesa”.

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