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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La estrategia electoral del Ejecutivo contra la Iglesia (II)

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 26 de enero de 2008, 11:52 h (CET)
El segundo desatino de la vicepresidenta es creer que lo bueno para ella es distinto de lo bueno para mí. Lo bueno para un hijo es que honre a su padre, y que éste lo cuide, eduque y proteja. Lo bueno es que la verdad triunfe sobre la mentira, la generosidad sobre la avaricia, y el amor sobre el egoísmo. Lo bueno para ella y para mí es defender la vida y buscar la paz. Existe una naturaleza en el hombre y una razón que hace legítimo hablar de una familia humana, no tan heterogénea como pretende De la Vega.

El Gobierno de un Estado democrático no debe ignorar intencionadamente los planteamientos de la Iglesia católica en una nación donde hay muchos católicos; y menos todavía seguir por el camino del enfrentamiento, sino más bien a la búsqueda de la cooperación, el diálogo y el consenso del que se envanecen de un modo infundado los partidarios del escepticismo nihilista y del talante ilustrado, los postuladores de una ética de mínimos.

El tercer exceso de la vicepresidenta es proponer una razón ilustrada, autónoma, replegada sobre criterios estrictamente humanos; presentar una razón ideológica, informada de laicismo, donde la Iglesia no existe como interlocutor válido para la arquitectura social o el discurso público. La razón a la que apela el Estado, según De la Vega, es una razón desnuda - la idolatría de la razón -, una razón sin historia y sin contenido, donde la Iglesia no parece estar capacitada para intervenir “razonablemente”, o sus proyectos sobre el hombre y la sociedad están fuera de lugar.

No hay nada tan razonable como una razón informada por la fe; nada tan razonable como creer en Dios. La fe no está en contradicción con la racionalidad. En todo caso, es la forma más elevada de racionalidad. Existe una fe moral razonable. El pluralismo hace imprescindible que la razón encuentre su contenido también y sobre todo en la fe.

Si Aristóteles levantara la cabeza y contemplara en Bilbao a la vicepresidenta del Gobierno de España pronunciando una Conferencia sobre la vida buena a la que debe aspirar el ciudadano, se replegaría, como San Benito a la soledad del Subíaco, al descubrir que un Gobierno desea y manifiesta sin ningún pudor el destierro de la Iglesia católica al gueto. La vicepresidenta propone no sólo desconectar la felicidad de la ciudadanía de la religación religiosa, algo que no le importaría al Estagirita, sino también desvincular la razón del bien y de la virtud, algo que Aristóteles repudiaría en su concepción de vida buena.

¿Es moral que la Iglesia y los católicos voten o tengan un comportamiento electoral positivo hacia el actual Ejecutivo, enfrentado públicamente a la jerarquía eclesiástica? ¿Es moral una política gubernamental laicista, envenenada de relativismo ético, destructora de las formas de vida tradicionales, donde la más noble propuesta o piedra angular contra el supuesto fundamentalismo de la jerarquía eclesiástica católica y otras religiones consiste en una grotesca Alianza de Civilizaciones, capaz de facilitar el diálogo interreligioso?

No advierto ninguna excelencia en el actual Ejecutivo. Después de mirar las personas y el ordenamiento político-jurídico a que nos vienen sometiendo las mayorías y el subjetivismo, si el pueblo español sigue confiando en el Gobierno padece una ceguera secular para distinguir lo mejor, siquiera lo menos malo.

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