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Cogito, ergo sum o la duda metódica

Mariano Estrada
Redacción
viernes, 25 de enero de 2008, 09:54 h (CET)
El criterio de autoridad mantuvo al silogismo de pie durante veinte siglos. Gracias a él se pudo sostener sin socavones el llamado “criterio de verdad”, con el cual se confundía. En la Edad Media, cuando alguna controversia se extremaba, al defensor de lo establecido le bastaba dejar caer con más o menos énfasis: “lo dijo Aristóteles” o “eso es lo que dice la Biblia”, para zanjar inmediatamente el asunto. El cuerpo de doctrina pagano armonizaba muy bien con las creencias de la tradición cristiana y los principios generales (premisa mayor, método deductivo) se alcanzaban por la fe o quedaban avalados por la autoridad de Aristóteles o de la Iglesia ¿Quién iba a osar tocallos?

Tuvo que pasar mucho tiempo para que alguien empezara a ponerlos en duda, cosa que no ocurrió hasta principios del siglo XVII, cuando un gran filósofo llamado Francis Bacon estableció el criterio empírico (método inductivo, experiencia sensible) como criterio de verdad, y otro gran filósofo, René Descartes, apoyado en la solidez, certeza y evidencia de las verdades matemáticas, estableció el criterio de evidencia racional (claridad y distinción), en el que iba a apoyarse toda la filosofía cartesiana, llamada también racionalista.

En un primer paso, Descartes empezó a dudar de las ciencias entonces existentes (todas ellas compuestas), salvo de las matemáticas, hasta llegar a las naturalezas simples elementales: cuerpo, extensión, figura, magnitud y número. Pero estaba el escollo de Dios, que era todopoderoso y bien podía hacer que los humanos viéramos blanco donde sólo había negro, es decir, que bien podía engañarnos en cosas que nos parecían evidentes. Claro que, si Dios era bondad suma y principio de toda verdad, ¿cómo iba a hacer algo así? Entonces se sacó de la manga al famoso geniecillo maligno, cuyo poder sobre nosotros, unido a la maldad intrínseca que le confirió, le sirvió a Descartes para dudar -ya sí- absolutamente de todo.

Y cuando el escepticismo era completo, se encontró con que había algo de lo que no podía dudar, y ese algo era su pensamiento: “Pienso, luego soy”. (Soy como ser pensante, no como cuerpo con brazos y piernas y barriga). Un principio general irrefutable y absoluto, que era precisamente lo que él andaba buscando. Toda la filosofía idealista moderna se apoya en esta proposición, alcanzada, como hemos visto, por el procedimiento que conocemos como duda metódica.

Nota: recordarle estas cosas a un filósofo es como recordarle a un matemático el triángulo de Tartaglia, pero esto no está escrito para filósofos, sino, precisamente, para todos aquellos que andan muy peces en filosofía. Al fin y al cabo, lo que a mí me interesaba al escribirlo es que los peces llegaran al cogito con la lección aprendida.

Cogito, ergo sum o la duda metódica

Descartes, con su duda, puso a prueba
la espléndida sapiencia del pasado.
Llenó de tachaduras el legado
e hizo en el borrón la cuenta nueva.

Dudó del corazón, de Adán y Eva,
de Ulfilas, de Platón, del vino aguado.
Y puso en el montón lo más sagrado:
Espacio y aire y fuego y agua y gleba.

Mas fue la misma duda, su manceba,
aquella que, extremando en lo dudado,
le hizo proferir: “pensar me es dado”.

“Existo” –concluyó-, “como lo aprueba
el no poder dudar de lo sobrado.
De aquí vendrá la luz: estoy preñado”.


Del libro “Vientos de soledad” (1984)

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