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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

En torno a Carlota, la "masqueperra" escarlata

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 25 de enero de 2008, 09:26 h (CET)
“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Artículo primero de la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”

Ja, ja, ja. Permítame, desocupado lector, que me agarre la barriga y los cartílagos, para no herniarme ni desternillarme de la risa.

Hace un año cabal, por estas fechas, a una forera habitual de cierta casa de debate (aunque a veces parece de otra cosa, verbigracia, de váter) otro participante le soltó por el teclado de su ordenador (fuera éste de su propiedad, alquilado o prestado) que era una puta. Ignoraba entonces (mas hoy no desconozco) si la así lamentablemente mentada y motejada de tal comerciaba o no sexualmente con su cuerpo; poco me importaba. Ahora bien, a cuantos se solidarizaron de buena fe con la susodicha, me gustaría preguntarles lo siguiente, en el supuesto de que se demostrara fehacientemente que la citada mercaba con su body (allá cada cual con cómo cobraba los servicios que prestaba; allá cada quien con cómo pagaba los favores o placeres que recibía) serrano, ¿mudarían su opinión, criterio o apología al respecto? Tengo para mí (hipotéticamente hablando, por supuesto) que, si se probara con documentos el hecho, lo lógico y normal sería que todos trataran a la tal de lo que es, una iza, rabiza o “colipoterra” (no obstante el último término aún no ha sido admitido en el DRAE), según solía llamar (sin menoscabo) a la prostituta Camilo José Cela, condición que le cuadraba a Carlota, la “masqueperra” escarlata.

Lo que precede viene a cuento, pues tiene que ver con lo que continúa. Durante un año justo, he tenido la bendita (que ha devenido maldita) oportunidad de conocer (por las razones que me eran suministradas a diario, directa e indirectamente) a la susodicha tiparraca (dícese de la mujer despreciable, que trama una farsa, como la de la falsa Maribel y cuatro nombres más, con el ominoso objetivo de jugar con las emociones, los pensamientos y los sentimientos, lo más granado o preciado de una excelente persona, quiero decir, donde hinca sus raíces o tiene su sitial la dignidad, de mi amigo del alma Emilio González; “Metomentodo”, que, en el caso al que me refiero, pero paso de narrar, mitad por generosidad, mitad por pudor, ha estado ciego –nada extraño o del otro mundo, como cualquier enamorado-) de las de aúpa u órdago a la grande, a la que no sé si todavía le gusta ponerse a cuatro patas y succionar penes hasta que éstos vomitan sus espermas, pero… (como me considero un caballero, prefiero dejarlo aquí).

Siguiendo la enseñanza de Winston Churchill (“Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”), he intentado convencer a mi desconsolado (en extremo) y dilecto (ídem) amigo, para que le extraiga el máximo beneficio o rendimiento al estupendo material que ha acopiado y resultado de la añada (que ha vivido, engañado, sí, mas ya ha finado o pasado) que ha durado dicha relación “emiliar”. Mutatis mutandis, acaso tenga medio escrita “Carlota, la ‘masqueperra’ escarlata”, una novela epistolar al estilo de “La Serafina”, de José Mor de Fuentes (en realidad, y Pano).

Evaristo Gómez, “Meteoro”

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