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Una España llena de contradicciones

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 25 de enero de 2008, 09:26 h (CET)
Alguien pudiera pensar que los meridionales no estamos hechos para la democracia. Los ejemplos de España e Italia serían un claro ejemplo de que los pueblos mediterráneos, si bien se muestran dispuestos de boquilla a lo que todo el mundo entiende como gobierno del pueblo por el pueblo, sin embargo, en la práctica, tienen una tendencia ignata a un cierto anarquismo que, si bien no reviste el extremismo de las seguidores de Bakunin, sin embargo, si muestran un carácter rebelde y díscolo propicio a rebelarse contra el dirigismo del poder, en este caso representado por el Estado. Es por ello que por mucho que se haya querido ocultarlo, la historia de nuestra nación nos ha revelado que los periodos de prosperidad de nuestro país siempre han coincidido con momentos históricos en que nuestras libertades (entendiendo por tales la posibilidad de dar rienda suelta a nuestros instintos naturales) han estado restringidas por un poder dictatorial.

Muestra de ello la tenemos en la ocupación romana de la península; la invasión árabe caracterizada por una época de florecientes manifestaciones culturales; la unificación llevada a cabo bajo la época de los Reyes Católicos, que pusieron freno a las veleidades de los señores feudales; y ya más recientemente, como islas en medio de mares revueltos, las dictaduras de Primo de Rivera y del general Franco. Se podrá objetar lo que se quiera desde el punto de vista de las libertades, se podrá disentir desde la visión política o se podrá repudiar desde la perspectiva de un estado moderno de derecho; pero de lo que no hay duda es que, en estos periodos de restricciones de los derechos políticos de los ciudadanos, el país experimentó un evidente progreso económico y se disfrutó ( por parte de aquellos que no estaban involucrados en actividades subversivas) de una bonanza que vino a contrastar con etapas de gran agitación en el resto de Europa.

La prueba de que en España tendemos a dejarnos llevar por el extremismo la tenemos en que, a periodos de estabilidad se suceden, sin que aparentemente exista justificación alguna ­-como si en la normalidad y el bienestar no nos encontramos bien y estuviéramos condenados a una especie de maldición, propia de nuestro especial carácter -, llevados, quizá, por atavismos incontrolados que nos impulsan a menospreciar la paz y el bienestar de que gozamos, para , impulsados por resentimientos y viejas rencillas, castigarnos a nosotros mismos metiéndonos en aventuras fraticidas que acaban, inevitablemente, en la división y enfrentamiento entre los españoles. Esta es, al menos en estado larvado, la situación en la que nos encontramos en estos momentos de nuestra historia. Puede que, de puertas para afuera, no se perciba, por unas generaciones que no vivieron lo que fueron los enfrentamientos de clases que dieron lugar a nuestra Guerra Civil de 1936-1939, los peligros solapados que entraña el que, por parte de algunos presuntos profetas, de ideas mesiánicas, se haya querido torcer el camino de la democracia ­­- aquella que, con tanta habilidad, supo encarrilar Adolfo Suárez con la complicidad de don Torcuato Fernández Miranda y otros dirigentes del antiguo régimen- haciendo que el pueblo español, que ya tenía superada aquella triste etapa, haya vuelto la mirada atrás y se haya nutrido otra vez de los viejos rencores que quedaron de la guerra, retroalimentando viejos odios y reviviendo historias que ya debieran de ser cenizas en lugar de objeto de innecesarias reivindicaciones.

Esta es la situación a la que nos ha llevado el señor Rodríguez Zapatero valiéndose de que la situación económica, hasta ahora, le ha sido favorable -sea por la inercia del gobierno del señor Aznar o por la situación de bienestar de que se ha gozado estos últimos años en los países de occidente – Ha hecho creer a muchos españoles que el paraíso de las recetas socialistas, de las supuestas libertades, del retorno al sistema del Estado Protector era la fórmula mágica para este país y que. la magnificación del dirigismo totalitario, es la receta para que la sociedad sea más igualitaria; más independiente y, por ende, más libre y dueña de sus actos. La moral y la ética, en virtud del relativismo que proponen, se la hace cada cual a su medida y por ello, no existen reglas ni limitaciones. Así se ha llegado a la situación actual en la que no se sabe donde empiezan nuestras libertades y dónde acaban las de los demás y viceversa. Lo malo es que, al no existir vara de medir, se produce a menudo la colisión de derechos sin que exista nadie que establezca los límites de cada uno de ellos.

Lo realmente preocupante es que no ha preparado a España para las vacas flacas; que ZP no ha tenido en cuenta la posibilidad de una recesión económica y no ha sabido rodearse de socios válidos, inmerso como ha estado durante todo su mandato en aliarse con las naciones más afines a su propia ideología enfrentándose a los países que defienden la cultura occidental. El resultado empieza a mostrarse, ahora que los vientos de la economía empiezan a zarandear la economía de occidente. A dos meses de las elecciones este gran chamán del viejo socialismo se empieza a dar cuenta de que los cimientos en los que ha edificado su gran mentira son de arenas movedizas y de que, a pesar de todo su aparato de propaganda y de las gansadas que dicen sus ministros la dura, implacable y acusadora realidad se empeña en desmentir su fingido optimismo y que, cada día que pasa, a medida que las economías domésticas se resienten de la crisis, son más los que miran al futuro y lo que ven en él no es el clavel socialista, sino los negros nubarrones de un situación para la cual el actual gobierno ha sido incapaz de prepararse. Lo dije y lo vuelvo a repetir, el talón de Aquiles del gran montaje, de la gran mentira de Zapatero, lo tiene en la economía, y ésta situación de recesión le ha llegado, precisamente en el peor momento, en vísperas de elecciones. ¿Será un castigo de Dios?

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