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La hora de los sinónimos

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 24 de enero de 2008, 07:37 h (CET)
Nada refleja de manera más diáfana la confusión que propaga el bullanguero griterío en los medios de comunicación actuales, como la permanente apelación a términos homólogos. Los “profesionales” de la noticia agotan hasta la extenuación los sinónimos. Una sola idea, propia o ajena, es suficiente para llenar miles de cuartillas, titulares, y voces altisonantes. ¿Quién da más?, parece decirse, y en un esfuerzo de “originalidad” esgrimen una nueva palabra que viene a ser lo mismo. Los diccionarios de sinónimos y antónimos están entre los libros más buscados del castellano, y no sólo por los aficionados a crucigramas.

La crisis bursátil del lunes 21, ha constituido un buen ejemplo. Caída, caída libre, derrumbe, desplome, caos, batacazo, o pánico, sirven para exagerar un traspié, un percance “normal” en la vida de las Bolsas. Se sabe, por esencia, que su recorrido es el de subir y bajar, como síntoma del pulso financiero de la vida económica de cualquier país medianamente desarrollado, y, naturalmente, tiene sus quiebros. ¿Es imaginable una bolsa “parada”? Además, por poco experto que se sea, se sabe que “a río revuelto, ganancia de pescadores”, y ¿qué otra cosa abunda más en los patios de operación bursátil que los “aprovechados”, los “listos”? Y, también, por poco que se sepa, se conoce que comprar cuando están en baja los valores, y vender cuando suben, es el meollo de este negocio en su aspecto especulativo más detestable.

En ocasiones, la búsqueda del sinónimo conduce al eufemismo para desfigurar el verdadero significado de una idea, o intención, a ocultar. Este último término, desde ser una “expresión conque se substituye otra demasiado violenta, grosera o malsonante”, es, con frecuencia utilizado como encubridor. La aplicación más clara de este tergiversado uso es la interpretación errónea de la conocida “interrupción del embarazo”. Sólo se interrumpe aquello que se puede proseguir más adelante. El lector, puede interrumpir la lectura de esta ventilada columna –si es que ha llegado hasta aquí-, para proseguir dentro de un rato, o cuando le venga en gana, que muy dueño es.

Más, el curso de la vida, sólo se suspende con la muerte. Así de fuerte, o, ¡Jo, qué fuerte!… que diría Carmen, la pequeña de Epifanio que ya tiene cuatro hijos. Sería para argumentar “cuando nace” el hombre, pero es indiscutible que no podría hacerlo si el embrión, consecuencia de su concepción, no se hiciera feto, y éste no llegara a ser viable para un feliz alumbramiento. Esta es la secuencia, quiérase o no, científica, o simplemente, natural. ¿Quién es capaz de “detenerla”, de interrumpirla, para continuar al mes que viene? Pues, ha de aceptarse que la mencionada interrupción, ni siquiera trata de ser eufemismo, sino, de desfigurar. De “dar una interpretación errónea, intencionadamente, a palabras o acontecimientos”, como aclara con rotundidad el Diccionario.

Lamentablemente, aunque todo esté tan claro, la inclinación a servirse de la mentira para beneficio propio es parte de la naturaleza humana, y el deslizamiento sinónimo-eufemismo-tergiversación es irremediable. No tiene, tampoco, nada de novedoso en la historia del hombre, al menos en España. Hasta tal punto, que la sabiduría popular –sabia por vieja-, ha acrisolado el archiconocido refrán de “Al pan, pan, y al vino, vino”. Es deseable una relación social en términos claros; el sinónimo ha de ser, tan sólo, una riqueza del lenguaje, o lo más, lo más… un adorno de erudición.

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