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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Votar es algo que requiere responsabilidad

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 24 de enero de 2008, 07:37 h (CET)
Muchas veces los ciudadanos nos perdemos en disquisiciones sobre la bondad o inconvenientes de un determinado sistema político, de una tendencia u otra en las diversas modalidades de gobierno o de las simpatías que un pensamiento determinado motiva a los ciudadanos acerca de lo que consideramos más justo o conveniente para un grupo o la totalidad de la comunidad de un país. El simplificar el problema, el querer optar por lo que, aparentemente, pueda parecer más conveniente para la ciudadanía o el dejarse llevar por impulsos, más o menos gratuitos, de compasión para los desheredados de la fortuna o por nuestras propias conveniencias, puede que nos impida contemplar con objetividad las ventajas de uno u otro sistema político a corto, medio o largo plazo. Es evidente que, en unas elecciones legislativas, uno debe saber separar el trigo de la paja y no dejarse deslumbrar por la oratoria de aquellos que intentan venderse al pueblo ni por las falsas promesas que, si bien, pueden coincidir con lo que nosotros esperamos de un gobierno; sin embargo, en la mayoría de casos, si no están basadas en el posibilismo y la realidad económica y social del país; no son más que espejismos, falsas expectativas que, en ocasiones, sólo conducen a crudas decepciones que pueden conducir a una nación a una situación contraria a la que nos habían hecho concebir aquellos orates que nos convencieron. En román paladino: que no es oro todo lo que reluce y que antes de votar a una determinada formación política debemos hacer balance de los pros y contras y de si, aquello que nos prometen, entra dentro de lo que razonablemente se puede esperar que se pueda cumplir.

Es por eso que las izquierdas, duchas en esparcir la demagogia, nunca suelen entrar a fondo, cuando exponen sus programas sociales, en las bases en las que se apoyan para poder ofrecer lo que alegremente les prometen a sus votantes. Me explico. Es muy fácil y, muy rentable políticamente, proponer a los ciudadanos mejoras que, aparentemente, les pueden solucionar la existencia; hacer hincapié en doctrinas igualitarias; prometer menos horas de trabajo y más ocio; subvencionar viviendas y otorgar ayudas para favorecer a los más desfavorecidos; incrementar los salarios mínimos y alargar los tiempos de vacaciones; asegurar más asistencia sanitaria y adelantar la edad de jubilación. Son propuestas que suelen calar en las clases necesitadas, aquellas que creen que el Estado todo lo puede y que, además, esperan de él que actúe como Robin Hood, quitando a los ricos para dárselo a los pobres.

Lo que ocurre es que, por desgracia para los que se dejan llevar por esta fácil demagogia, la vida real; la que no cree en milagros; la que se rige por leyes económicas inmutables y por los principios de oferta y demanda; no entiende de caridades, regalos, donaciones y subvenciones, sino que se rige por principios mucho más duros, y por ende, menos vendibles al gran público. El mundo no funciona por impulsos de idealismos; no ha medrado y se ha modernizado a cuenta de las actitudes contemplativas de sus moradores ni se ha desarrollado y adquirido el grado de desarrollo intelectual y técnico del que gozamos en la actualidad por generación espontánea. Por tanto, el que piense que, rascándose la barriga bajo una sombrilla y escuchando el relajante murmullo de las olas del mar, rompiendo suavemente en la arena de la playa, todo continuará funcionando por si sólo, ¡va aviado! Vamos, que no tiene idea de lo que se lleva entre manos. Todo aquel que no entienda que sólo a base de esfuerzo, estudio, trabajo, preparación, iniciativa privada, afán de superación, excelencia, y productividad, se consigue el bienestar y el progreso individual y de una nación, es que no tiene idea de lo que es la realidad, el funcionamiento de la economía y del único sistema efectivo de conseguir erradicar la pobreza de una nación.

Es muy fácil, y en esto son verdaderos maestros estos progresistas de ahora, criticar a los empresarios con latiguillos como “explotadores del proletariado” o “enemigos de la clase obrera”. Todo está muy bien hasta que nos damos cuenta que, sin personas emprendedoras que arriesgan su dinero para montar un negocio, una fábrica o una empresa de cualquier tipo, no hay trabajo. Esta idea tan sencilla, que por obvia parece indiscutible, no obstante, parece que no entra en la mentalidad de algunos que no se dan cuenta de que si no hay iniciativa privada, si no tenemos empresarios emprendedores y sin entramado industrial, una nación no funciona, no se crean puestos de trabajo ni se genera riqueza. Todo intento del Estado de suplir a la iniciativa privada y erigirse en empresario, patrón y factotum de la economía ha sido baldío y ha llevado al país a la pobreza. La igualdad de los hombres y la pretendida justicia social ha quedado reducida a que los ricos se han convertido en pobres, en que los pobres han seguido siéndolo y que sólo una élite de mandamases, gestores burocráticos y dictadores se han llenado las faltriqueras hasta que han sido derrocados por otros que, a la vez, han seguido su ejemplo. El paradigma de las economías dirigidas en los países del este ha sido la demostración más palpable del resultado del sistema intervencionista del comunismo y el socialismo en la economía estatal.

Sólo disminuyendo los impuestos a las empresas se consigue que inviertan más y puedan resultar competitivas con las de otros países con los que debemos competir para vender nuestros productos. Sólo con la expansión de nuestras ventas, con la competitividad de nuestros productos y con el aumento de productividad se pueden crear nuevas empresas, nuevos puestos de trabajo y nuevas expectativos individuales. Sólo con personal preparado, con una buena educación y unas buenas y eficientes universidades, se consigue que las nuevas generaciones consigan por si mismas, acceder a puestos de trabajo, con posibilidades de competir en situación de igualdad con los técnicos, especialistas y científicos de otras naciones. Estamos en la UE y no se puede pretender que España se sitúe al nivel de los demás países componentes de esta unión, si no estamos a su altura en preparación, enseñanza, competitividad y desarrollo científico. Olvídense de alumnos que pasan de curso con cuatro cates; de aquellos que les aprueban por presiones o de aquellos que lo único que han aprendido ha sido indisciplina, a vaguear o a salir diplomados en Educación para la Ciudadanía. Las cosas son como son y, antes de votar, es nuestra obligación el decidir cuál es el futuro que les deseamos a nuestros hijos, que puede ser: uno basado en el esfuerzo y la preparación, pero con posibilidades de medrar por ellos mismos o, por el contrario, otro utópico, de ideas muy hermosas, de sentimientos progresistas y faranduleros pero, a la postre, de miseria y paraísos de tipo comunista, como la historia, tristemente, se ha encargado de mostrarnos.

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