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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Exhibir el propio yo

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 23 de enero de 2008, 11:00 h (CET)
“Todos quieren repicar
y andar en la procesión. Y todos farolear
cuando llega la ocasión.”


José Bergamín

El egotismo de muchos españoles es una cualidad que muchas veces sorprende y desagrada a los que visitan España. Sobre todo, naturalmente, a esas personas que por inclinación natural, o por educación, tratan siempre de evitar la exhibición de su propio yo. Lo cual no quiere decir, claro es, que a esas personas educadas y comedidas, su propia intimidad, lo que ellos son y lo que quisieran ser, no les interese o preocupe. El español no hace sino exteriorizar a gritos un sentimiento muy humano que otros, generalmente, callan. El que expresó Don Quijote al exclamar: “No hay otro yo en el mundo”. Comentando estas palabras, escribió Unamuno, extendiendo así su propio inmenso egotismo a la humanidad entera, es decir, a cada uno de los hombres aislados que forman la humanidad: “Cada uno de nosotros es único e insubstituible”. Esto es lo que el alma siente, lo que cada corazón siente, callando; y lo que muchos españoles muy a menudo dicen.

Exhibir el propio yo supone siempre la convicción -o al menos el deseo de convencer a los otros- de una cierta superioridad. Ahora bien cada español parece convencido de poseer, por gracia divina, y sin ninguna otra razón, una indefinible superioridad sobre el resto de los mortales. Unamuno expresó perfectamente ese sentimiento al escribir en El individualismo español, a principios del siglo XX: “Lo que no se comprende es que una persona sin hablar, sin escribir ni pintar, ni esculpir, ni tocar música, ni negociar asuntos, ni hacer cosa alguna, espere que por solo acto de presencia se le dispute por hombre de extraordinario mérito y sobresaliente talento. Y sin embargo se conoce aquí, en España -no sé fuera de ella- no pocos ejemplares de esta curiosísima ocurrencia”.

Hay bastantes evidencias de que, desde hace siglos, ha abundado en España ese tipo de individuos. El escritor gaditano Cadalso, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XVIII, habla también del caballero español, en los pueblos, lleno de orgullo, en medio de su pobreza; contento de sí sin motivo alguno: “Todo lo dicho es poco en comparación de la vanidad de un hidalgo de aldea. Este se pasea majestuosamente en la triste plaza de su propio lugar, embozado en su mala capa, contemplando el escudo de armas que cubre la puerta de su capa medio caída, dando gracias a Dios y a la providencia de haberle hecho Don Fulano de Tal”.

Sólo habría tal vez que agregar, para acabar el retrato de ese español, del extraño tipo de hombre que aparece en las dos citas que acabamos de hacer, que junto a la seguridad de que ese español alardea, o, más bien, por debajo de esa aparente seguridad, de esa enfática afirmación del propio yo, hay en realidad, hoy al menos, casi siempre, una profunda inquietud, una gran duda, un gran temor. Lo que sucede en verdad no es tanto que el español hoy se crea superior, sino que quiere serlo, que no se conforma con su pequeñez e insignificancia.

Bien pudiera pensarse que ese orgullo injustificado, esa soberbia extraordinaria, no es sino consecuencia de la derrota, sublimación del fracaso personal y de su país. Tal vez mucho de lo que ocurre y ha ocurrido en España, como en el alma de los españoles, pueda explicarse por el hecho de que España ha perdido hace mucho la posición preponderante que ocupó en el mundo una vez; y por el hecho de que los españoles nunca se han resignado a esta pérdida de prestigio. Aunque no dejaría de ser extraordinaria una tan larga falta de resignación. Quizás el desmesurado egotismo de tantos españoles se pueda explicar en gran parte por ser muy frecuente entre ellos lo que hoy llamaríamos un agudo complejo de inferioridad.

Si una persona se siente superior, pero no puede demostrarlo, oscuramente proyecta a veces hacia un lejano futuro, hacia un mundo distinto al de la realidad presente, el pleno desarrollo de esas posibilidades maravillosas que siente dentro de si encerradas. Eso sucede a menudo al español, y por eso su egotismo es un sentimiento que trasciende del ahora y del aquí para instalarse en un ilusorio más allá, en un día indeterminado.

Quizá todo egotismo es siempre en cierto modo trascendente. Egotismo, ese brutal querer imponer el yo propio en otros, es tal vez, en realidad, ansia de infinito, deseo de permanecer, de no ser olvidado. Es un querer ser más, querer ser todo. Y si eso no es posible aquí y ahora, habrá de ser posible luego, en otro mundo. Ese proyectarse hacia un más allá es probablemente lo que distingue este egotismo, este sentimiento -hondo y entrañable siempre, por odioso que a los otros parezca- de la simple vanidad, que es un sentimiento más superficial que busca su satisfacción sólo en este mundo, sólo ahora y aquí. Y como dijo el poeta: “Aunque llegues a lo más, / a lo más a que se llega / es a no poder llegar”.

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