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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

El dolor, anticipo de la muerte

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 23 de enero de 2008, 08:24 h (CET)
“Nos condenáis sin oírnos, porque sabéis que, si nos oyerais, no podríais condenarnos”. Quinto Séptimo Florente Tertuliano

“Las enfermedades del cuerpo nos las da Dios en este mundo para la salud del alma”. Aunque acaso marre, diré que la primera vez que escuché proferir con verdadera atención las palabras que contiene la frase que precede, de marras, ignoraba que las hubiese dicho o dejado escritas San Francisco de Asís (asimismo, airearé que tengo la indócil o renuente impresión de haber mudado aquel Dios cruel de entonces por otro, más humano, a quien hoy tengo o veo casi, casi, como pedagogo). Y, no obstante siga equivocándome de cabo a rabo (sin querer, por supuesto), continuaré aseverando que salió de la mui (por lo general, comedida) de quien estaba más experimentado que el menda en las mentadas lides, mi piadoso, señero y señor padre, Eusebio. Seguramente, todo ello acaeció en la clínica Ayensa, de Tudela, estando servidor, a la sazón, convaleciendo de alguna reciente operación quirúrgica, llevada a cabo por las expertas manos del doctor, amén de en otras disciplinas medicosanitarias, en Humanidad y Cariño, don Jorge Martínez Monche, de quien guardo un gratísimo recuerdo.

El sufrimiento (que no miento) es una experiencia necesaria, una conditio sine qua non o, si usted, desocupado lector, lo prefiere, el requisito imprescindible, indispensable, para que cualquier ser humano pueda llegar a compadecerse aquí y ahora (o en cualesquiera otros “cronotopos”) de su semejante. Pues el argumento es de cajón; quien nunca sufrió carece de las bases, fundamentos y razones para entender el padecimiento ajeno. Ergo, conviene no desechar la experiencia del dolor corporal y de las penas espirituales, porque tanto el uno como las otras van erogando por doquier muestras incontrovertibles, evidentes, de su vocación propedéutica, o sea, nos preparan para el momento que va a coronar nuestra existencia, la muerte.

Lo tengo claro, cristalino. Cuando todo funciona estupendamente, cuando todo marcha a pedir de boca, cuando todo va a las mil maravillas, la realidad que culmina toda vida terrenal, para la que muy pocos se preparan, es más difícil de aceptar, sin duda.

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